Si me cuido, te cuido

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Por Moris Polanco

Las opiniones expresadas en este espacio no necesariamente reflejan la postura del Instituto Fe y Libertad y son responsabilidad expresa del autor.

Entre los mensajes dirigidos a la población guatemalteca para tratar de frenar la expansión de la pandemia de covid-19, este me llamó la atención. Me pareció que era una consagración del pensamiento del fundador de la economía, Adam Smith, por cuanto él proponía que la mejor forma de cuidar del orden y del progreso social era dejar que cada individuo buscara su propio bien, como él lo entendiera. En su obra habla (solo dos veces, ciertamente) de que el orden social y económico es conducido «como por una mano invisible» para lograr un óptimo resultado, y que lo peor que podemos hacer es intervenir ―con leyes y decretos― en las libres decisiones de los hombres. A esto se le ha llamado «orden espontáneo», y es muy conocida la Escuela Austriaca de Economía por defender precisamente esa idea: la no intervención en el orden espontáneo. 

Este dictum podría parecer la consagración del egoísmo; al menos, así lo pensaba yo, hasta que una conversación, primero, y una «encuesta», después, me hicieron ver las cosas desde otro punto de vista. En la conversación, mi interlocutora me dijo que ella lo veía justamente al contrario de como yo lo interpretaba. Es decir, «porque te quiero cuidar, me cuido», o «si quiero cuidarte, debo cuidarme». Confieso que esa interpretación nunca se me hubiera pasado por la cabeza, pero pronto admití que era plausible. Más tarde, en una de mis clases, pregunté a mis alumnos quiénes interpretaban la afirmación en cuestión en el primer sentido (el «mío») y quienes en el segundo (el de mi amiga). Para mi sorpresa, la mayoría interpretaba el «si me cuido, te cuido» de la forma en que lo interpretaba mi amiga.

Esto me enseñó dos cosas: primero, que por muy seguros que estemos de la forma en que interpretamos los textos, siempre conviene contrastar nuestra interpretación con otras interpretaciones. El lenguaje humano no es unívoco. Lejos está el ideal positivista de «limpiar» el lenguaje del elemento subjetivo y valorativo, para lograr un lenguaje aséptico, puro y unívoco. Ni siquiera el esperanto logra ese objetivo; y, además, ¿para qué queremos eliminar la ambigüedad de nuestro lenguaje? Es propio del humano insinuar, hablar con indirectas, «adornar» la expresión. El lenguaje literario y el poético, en gran parte, se fundan en esa posibilidad. 

Segundo: que existe una forma de compatibilizar el interés propio con el interés por los demás, y que, a lo mejor, pensar primero en el interés de los demás sea la mejor forma de cuidar de nuestros intereses. Esto se ve, por ejemplo, en el caso de los emprendedores que tienen éxito en sus negocios. Como piensan auténticamente en servir al prójimo, les entusiasma poder resolverles un problema o cubrir una necesidad suya, y si lo hacen, a la larga, la gente termina recompensándolos… para que les sigan sirviendo bien. 

Sea cual sea nuestra interpretación del «si me cuido, te cuido», la experiencia que he tenido me confirma la validez del «principio de caridad», que consiste en buscar siempre la mejor interpretación posible de los textos y los argumentos. De lo contrario, nos arriesgamos a cometer la falacia llamada del «muñeco de paja», que se da cuando alguien, maliciosamente, buscar la peor interpretación de nuestras palabras o la parte más débil de nuestro argumento y la presenta a los demás como si fuera toda la interpretación o la interpretación justa y correcta. Eso le permite a quien comete esta falacia, atacar la posición así creada por él y destruirla con facilidad, haciendo creer a los demás que ha destruido nuestro argumento o ha demostrado que la posición nuestra es insostenible.