Por los caminos del lenguaje

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Cuando una comunidad política se enfrasca en la discusión de sus leyes fundamentales (entiéndase, su constitución política) puede suceder que, paulatinamente, sin caer en la cuenta, empiecen a construir una comunidad ideal que poco tiene que ver con la vida real de sus integrantes. Si bien es cierto que las leyes señalan el «deber ser», tal «deber ser» parte de una realidad, no de definiciones.  La trampa nominalista ―si la podemos llamar así― consiste en creer que el hombre, al nombrar y definir realidades, las constituye. La postura realista, por el contrario, sostiene que primero el lenguaje debe adecuarse a la realidad.

Pongamos un ejemplo: la discusión sobre el aborto. Podemos partir de la percepción común de la gente de que abortar, en principio, es algo indebido. El sentido común señala que debería dejarse a la vida seguir su curso natural, y que lo que procede de padres humanos es un ser humano. Quienes procuran la despenalización del aborto siguen los caminos del lenguaje, la vía nominalista: pretenden que comencemos definiendo qué es un feto, qué es vida humana, qué es persona. Si logran convencernos de que un feto no es una persona, habrán logrado su objetivo: matar un feto no puede ser un crimen, porque no se está matando a una persona (inocente). Las definiciones sustituyen la realidad. La realidad se construye a partir del lenguaje, la construimos los hombres.

Otro caso, bien conocido, es el de «género». Cuando era niño, las personas teníamos sexo, y las palabras, género. Pero a alguien se le ocurrió una brillante idea: reservar el sexo para la fisiología (se nace con él) y el género para la opción de la voluntad con respecto a la preferencia de compañero o compañera. Así se definió y se creó una nueva realidad: con el sexo se nace, el género se elige. Y pronto el género sustituyó al sexo…

El Diccionario de la lengua española (antes, DRAE, o Diccionario de la Real Academia Española) se limita a registrar los significados que los hablantes atribuyen a los términos. Actualmente, el matrimonio se define como «Unión de hombre y mujer, concertada mediante ciertos ritos o formalidades legales, para establecer y mantener una comunidad de vida e intereses», pero a renglón seguido se aclara que «En determinadas legislaciones, unión de dos personas del mismo sexo, concertada mediante ciertos ritos oformalidades legales, para establecer y mantener una comunidad de vida e intereses». No sería de extrañar que al cabo de unos años se elimine toda referencia al sexo (perdón: al género). 

Quienes buscan cambiar la realidad utilizan la estrategia nominalista: hacernos creer que la realidad la constituimos los hombres cuando definimos. Por eso hay que recordar que la constitución política de una nación debe partir de la realidad y no de definiciones.