¿Existe un futuro para el fusionismo?

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En los años desde la Guerra Fría, los conservadores han perdido de vista la relación entre la libertad y la responsabilidad personal. 

Artículo por Stephanie Slade, publicado por Reason en la edición de marzo, 2021. Https://reason.com/2021/02/10/is-there-a-future-for-fusionism/

Traducción por Carroll Rios de Rodríguez

Existe una historia trillada sobre el conservadurismo moderno de Estados Unidos: esta dice que el movimiento, tal y como lo conocemos, surgió a mediados del siglo XX como una coalición «fusionada» entre libertarios, en lo que respecta a la economía, y tradicionalistas religiosos. Estos grupos, cuyas metas y prioridades eran distintas desde un principio, se mantuvieron unidos principalmente por dos razones: el carisma puro del fundador de National Review, William F. Buckley Jr., y el enemigo en común que representaba el comunismo global.

En tanto durara la Guerra Fría, prosigue la historia, cada ala estaba dispuesta ceder algún territorio a la otra ala. A la luz de la amenaza que representaba una Unión Soviética atacante, la cual era tan militante en su ateísmo como era militante en su anticapitalismo, las diferencias entre libertarios y tradicionalistas no parecían tan grandes. Sus intereses, por lo menos, estaban alineados. 

Sin embargo, la caída de la URSS significó el colapso del enemigo en común que había sostenido la alianza fusionista. Fue capaz de seguir andando, por un rato, energizada por una reserva de buena voluntad, pero, desde hace ya un tiempo, opera sobre humo. En los últimos años, las tensiones inherentes de la alianza han surgido a la superficie. Cada vez es más común escuchar que cualquier valor que pudo haber existido de la cooperación durante las décadas de los cincuenta, sesenta, setenta y ochenta, la era de buenos sentimientos conservadores ya terminó.

Para muchos libertarios, los años del gobierno de Trump revelaron las hipocresías y el oportunismo de sus aliados tradicionalistas, quienes estaban demasiado anuentes a traicionar los ideales fusionistas al servicio de un aspirante a dictador. Los conservadores han comenzado un descenso, no demasiado lento, hacia el autoritarismo, sugieren algunos de este grupo; si la filosofía tiene un futuro, debe involucrar la construcción de puentes hacia la izquierda, no la derecha.

Un número de tradicionalistas, por su cuenta, han estado tropezando unos con otros en su prisa por celebrar el fin del fusionismo. Lo que exige el siglo XXI, dicen, es un estilo político diferente, más «muscular», practicado por un partido Republicano que finalmente se deja de preocupar y aprende a amar el estado. Estos conservadores «postliberales» creen que pueden restablecer el deteriorado carácter judeocristiano de Estados Unidos si logran pasar leyes más fuertes, y así, salvar al país de sí mismo.

Esto representa un cambio sustancial con relación al republicanismo de Reagan de hace unas décadas. En ese entonces, la mayoría de personas en la derecha insistía en que el gobierno limitado y la responsabilidad personal eran las claves del conservadurismo. Ese consenso ahora se ha roto. 

De la literatura, a la filosofía, a la religión, es difícil pensar en un tema menos original que la seducción ejercida por el poder. Ese, después de todo, es el cuento de Frodo y su anillo; de Lord Acton y el «poder absoluto que corrompe absolutamente»; de Satanás y la tercera tentación de Cristo. Una de las lecciones recurrentes más grandes de la historia es sobre la importancia de mantener restringido ese deseo, tanto en nuestros corazones como en los gobiernos. Por eso es tan exasperante observar a tantos conservadores, quienes se autoproclaman herederos del axioma que «el ejemplo es la escuela de la humanidad», siguiendo la frase de Edmund Burke, sucumbir en tiempo real a la fantasía que ellos serán la excepción de esta ya constatada regla. 

II.

En opinión de los conservadores postliberales, la preocupación de los libertarios por proteger la libertad los ha cegado a la importancia de promover la virtud (y una constelación de valores relacionados, incluyendo la fe, la familia, la comunidad y el patriotismo).  La versión más moderada de este argumento sugiere que los libertarios han ejercido demasiada influencia sobre la agenda de políticas públicas de centroderecha, y clama por inclinar la balanza hacia preocupaciones tradicionalistas. Una versión más radical juzga al libertarianismo de encontrarse en la bancarrota filosófica, y llama a los guardianes de la llama conservadora a tomar el mazo y destruir la coalición fusionista de una vez por todas. 

David Azerrad, de la universidad de Hillsdale, afirmó claramente esta segunda postura en un ensayo para The American Conservative, publicado en julio de 2020. «Hace ya ratos que desvaneció el enemigo común que justificó la alianza con los fundamentalistas de libre mercado», escribió. «Hoy, los libertarios están activamente del lado de nuestros enemigos: promueven las fronteras abiertas y las cárceles vacías, y fortalecen la mano de China a través de sus políticas económicas enfocadas en el consumo. Nuestro conservadurismo es principalmente de países y fronteras, de ciudadanos y familias, nada de lo cual puede enraizarse en la estéril tierra del libertarianismo, de los individuos atomizados y los mercados globales».

La agenda postliberal se tipifica por desear un mayor involucramiento del gobierno en la vida de las personas. Como escribió Ross Douthat de The New York Times, en 2019, este grupo busca «intervenciones estatales más fuertes en la economía para alcanzar fines socialmente conservadores». O, como lo expresa Azerrad en su ensayo, «la derecha debe sentirse cómoda al maniobrar las palancas del poder estatal».

Económicamente, el postliberalismo rechaza la doctrina de mercados libres «no intervenidos», al favorecer tarifas, una «política industrial» cuya finalidad es apuntalar a los fabricantes estadounidenses de cara a la competencia de empresas extranjeras, los subsidios salariales, y otras cosas por el estilo. En cuestiones sociales, apoya todo lo que va desde las leyes contra el vicio hasta la abolición de las leyes del divorcio express, así como de restricciones más robustas a la expresión verbal en aras de la moral pública (esto es popular especialmente entre uno sector de católicos radicales) y la imposición de un estado confesional y quizás hasta de un monarca cristiano.

Existe poca evidencia de que los postliberales están hablando en nombre del republicano promedio, y menos aún del estadounidense promedio. Pero los vientos de la élite sí parecen soplar sobre sus espaldas.

El locutor de Fox News, Tucker Carlson, fue otrora el avatar del fusionismo, pues apoyó a Ron Paul como candidato presidencial, tanto en 1988 como en el 2008, y dijo a Reason en el 2010, «yo odio las leyes que le dicen a las personas que no pueden hacer ciertas cosas porque no es bueno para ellas». Sin embargo, ya para enero del 2019, pronunciaba monólogos al aire de 15 minutos, lamentando los fracasos del capitalismo. «¿Alguien aún cree que nos harán felices los iPhones más baratos y más entregas por Amazon de basura plástica importada de China?» preguntó Carlson. «Los libertarios nos dicen que así es como funcionan los mercados: los adultos dan su consentimiento y toman decisiones voluntarias sobre cómo viven sus vidas», continuó, refiriéndose específicamente a los prestamistas del día de pago. «Okey. Pero también es asqueroso».

Dos meses más tarde, la revista cristiana First Things publicó un manifiesto, firmado por quince intelectuales conservadores, condenando un «consenso muerto» que favorece «la autonomía individual» a expensas de «las verdades permanentes, la estabilidad familiar, la solidaridad comunal, y mucho más». Cuatro meses después, el teórico político Yoram Hazony organizó una conferencia, con una concurrencia impresionante, promoviendo el nacionalismo conservador. En nombre de los presentes, aprovechó la oportunidad para «declararse independientes» del neoliberalismo, el liberalismo clásico y el libertarianismo.

En noviembre de 2019, el senador Marco Rubio (R-Fla.) sorprendió a no pocas personas cuando dictó un discurso en la universidad Católica de Washington, D.C. en el cual rechazó «la noción de que el mercado resolverá nuestros problemas si se le deja sin guía». Hizo un llamado, en su lugar, a favor del «capitalismo del bien común» que es capaz de restaurar el «balance entre las obligaciones y los derechos del sector privado y los obreros estadounidenses».

Esto, argumentó Rubio, se puede lograr solamente a través de una cantidad de dirección estatal. «Promover el bien común requerirá de políticas públicas que conduzcan a inversiones en industrias clave», afirmó, «porque los puros principios de mercado y nuestros intereses nacionales no están alineados». Afortunadamente para todos nosotros, el senador veterano del estado soleado vino equipado con planes para, entre otras cosas, «una cooperativa nacional que garantice la inversión» en el sector de minería de tierras raras».

El fervor por el conservadurismo de Rubio, que ha hecho las paces con un gobierno central más poderoso y grande, ha sido compartido o excedido por algunos de sus colegas. Por ejemplo, el senador de Missouri, Josh Hawley, quien sirve su primer período, y hasta recientemente la cosa más brillante y joven del partido Republicano, parece no haber encontrado una regulación entrometida tecnológica o «profamilia» que no sea de su agrado. «Debemos poner a un lado las ortodoxias cansadas de años pasados», dijo en un discurso ante el senado en mayo de 2019. «No necesitamos solo una economía más grande sino una mejor sociedad». 

Durante la primavera del 2020, apareció en línea un nuevo centro de investigación llamado Compás Americano, «una organización dedicada a ayudar al conservadurismo estadounidense a recuperarse de su caso crónico de fundamentalismo de mercado», según lo expresó Oren Cass en un anuncio publicado por el National Review. Entre las políticas favorecidas por el grupo se encuentran los subsidios para fabricantes estadounidenses, la reducción a «casi cero» del número de visas otorgadas a estudiantes universitarios chinos, y el requisito legal para que las corporaciones privilegien el bien común a la búsqueda de ganancias, quizás mediante la exigencia de que incluyan a representantes obreros en sus juntas directivas, y así «hagan cortocircuito a los supuestos de cajón sobre la primacía de los accionistas, al incluir a los obreros entre las personas a quienes debe responder la gerencia».

Es llamativo el parecido entre esta última sugerencia y la iniciativa de ley del 2018 introducida por la senadora progresista Elizabeth Warren (D-Mass.), la cual requeriría a las empresas estadounidenses a «considerar los intereses de todas las partes interesadas de la corporación», incluyendo mediante la concesión del derecho a los obreros de ocupar el 40 por ciento de los puestos de la directiva. Warren ha sido la enemiga pública de la derecha política por cerca de una década. Sin embargo, los medios conservadores han amontonado aclamaciones sobre los esfuerzos de Cass y lo han señalado como el futuro del movimiento.

Este sentimiento culminó en agosto recién pasado, con un ensayo largo por el columnista David Brooks, del New York Times, que contenía unos brillantes miniperfiles de Hawley y Rubio y que citaba extensamente a Cass. «En el largo plazo», concluyó Brooks, «una versión del Republicanismo de la Clase Obrera redefinirá al Gran y Viejo Partido (G.O.P.)».

En 2018, Samuel Hammond, un investigador en el centrista Centro Niskanen, argumentó de forma persuasiva que la propuesta de Warren representaba una «catástrofe corporativa» en proceso. Hoy, él es un colaborador en el blog de Compás Americano, donde no hace mucho exhortó a los lectores a pararse e insistir: «Los conservadores creen en apoyar a las familias directamente. Y, si eso involucra una pizca de redistribución, ¡que así sea!»

¿Existe una contradicción aquí? Hammond piensa que no. «Yo realmente los exhorto a separar la propuesta específica de Warren», dice, «de una investigación más amplia» que dirige Cass para ver cómo se debe ayudar a la clase obrera. Al final, «la derecha tendrá que asumir una orientación que sea más escéptica respecto del comercio, más escéptica respecto de los grandes negocios, y más curiosa sobre las políticas protrabajadores y profamilia».

III.

El movimiento conservador postliberal es un artefacto retorcido de la actual visión del fusionismo, ya convencional, como una camaradería de conveniencia entre dos grupos que tienen sistemas de creencias divergentes y hasta contradictorias: los libertarios, que priorizan la libertad individual sobre todas las cosas, y los tradicionales, que conocen lo mejor.

Esta comprensión está sutilmente, pero crucialmente, equivocada. El fusionismo, correctamente entendido, no es un matrimonio de dos grupos. Es el matrimonio de dos conjuntos de valores. Un fusionista es alguien que ve como importante tanto la libertad (en el sentido clásico, el de ser libre de agresión, coerción o fraude) y la virtud (en el sentido judeocristiano del sometimiento a los mandamientos de Dios). El fusionismo es por tanto una orientación filosófica distintiva en sí misma. Lo que es más, históricamente ha sido la orientación dominante de la derecha en Estados Unidos.  

Remontándonos por lo menos hasta la fundación del país, los conservadores han creído que la virtud y la libertad se refuerzan mutuamente, y que ninguna podía sobrevivir por mucho tiempo sin la otra. La sociedad libre depende de una población virtuosa. («Nuestra constitución fue hecha solamente para un pueblo moral y religioso», escribió John Adams. «Es totalmente inadecuado para el gobierno de cualquier otro [pueblo]»). Pero lo opuesto es también cierto: La virtud, el ser virtuoso, debe ser una elección libre.  Como lo expresó elocuentemente el fallecido editor literario de National Review, Frank Meyer, usualmente identificado como el padrino del fusionismo: «La verdad se marchita cuando la libertad se muere, sin importar qué tan justa sea la autoridad que la mate; y el individualismo libre no informado por el valor moral se pudre desde su centro y pronto se entrega a la tiranía».

Los postliberales tienden a ver la libertad y la virtud como fatalmente en desacuerdo. Ser una buena persona implica aceptar algunos límites a las elecciones propias, después de todo. ¿Acaso no debe uno de los dos pilares fusionistas supeditar al otro?

No se puede negar que las exigencias de la moralidad, entendidas tradicionalmente, halan en contra del ideal teórico de la libertad en ausencia de toda injerencia. El fusionismo reconcilia esta tensión al insistir que el estado debe proteger los derechos fundamentales en lo que respecta a la seguridad de la persona y la propiedad, dejando así a los individuos, y a las varias asociaciones que ellos formen conjuntamente, con el espacio más amplio posible para perseguir sus metas superiores. Dentro de la esfera gubernamental, la libertad es efectivamente el fin último. Pero dentro de la esfera infinitamente más extensa, fuera del gobierno, este es solamente el principio: una vida bien vivida consiste en usar la libertad personal para hacer lo correcto. El claro reconocimiento de que estas esferas son separadas, y tienen roles separados al interactuar para el bien común, es el genio del proyecto fusionista.

Los conservadores postliberales de hoy parecen pensar que ellos se distinguen de los demás porque confían en que la virtud importa. Se comportan como si su desacuerdo toral con los fusionistas tiene que ver con el hecho de que los seres humanos tienen obligaciones morales que van más allá del ímpetu de dejar a los demás solos para hacer lo que se les antoje. Esto no podría ser más equivocado. Cualquiera que enarbola la tradición judeocristiana, tal y como lo hacen los fusionistas, por definición, acepta que tenemos múltiples obligaciones hacia los demás. El desacuerdo es sobre si el gobierno debe tener el trabajo de hacer valer estas obligaciones morales. 

Para un fusionista, la respuesta a esta pregunta debe ser no, por razones pragmáticas tanto como por razones profundamente morales.

El peso de la evidencia a lo largo de la historia es que el poder gubernamental concentrado, en el mejor de los casos, conduce a la incompetencia y al desperdicio, mientras que en el peor de los casos se degenera con velocidad hacia la tiranía. El gobierno limitado ha demostrado ser, en la experiencia real, el mejor medio disponible para alcanzar su fin, así sea que su preocupación principal sea el enriquecimiento material, o la protección de los derechos humanos.

Discutiblemente, es incluso más importante la doctrina judeocristiana de la dignidad inherente e igualdad de los seres humanos. Como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica, «Dios creó al hombre como un ser racional, y le confirió la dignidad de la persona que puede iniciar y controlar sus propios actos». Y más tarde agrega: «Cada ser humano, creado a imagen de Dios, tiene el derecho natural a ser reconocido como un ser libre y responsable. Todos nos debemos, los unos a los otros, el deber del respeto». Por eso es que el poder estatal es una materia tan grave, cargada de peligro, no solo para la sociedad, sino para las almas que lo ostentan. Solo cuando es absolutamente necesario, es decir, para frenar a una persona que inicia la violencia contra otro, es moralmente justificable pasar por encima del derecho de una persona de vivir su vida como ella elige. 

Comprender qué es fusionismo, y qué no es, es más importante de lo que parece. Un arreglo en el cual los tradicionalistas y los libertarios son meros aliados puede fácilmente convertirse en un juego de tira y afloja en el cual cada bando presiona para asegurarse que, en la balanza, predominen sus propias prioridades. Si un lado se encuentra del lado perdedor demasiadas veces, podría razonablemente tomar pasos para disolver la alianza del todo.

Sin embargo, si el fusionismo es una visión mundial discreta, y una que de hecho es penetrante, con una genealogía que corre a través de la fundación de Estados Unidos y está a la raíz de la Biblia Hebrea, entonces el postliberalismo luce infinitamente más radical. Recuerde: los nuevos conservadores no solo claman por que nos volvamos a comprometer colectivamente con la persecución de la virtud en la esfera privada; ellos están insistiendo que el poder puede ejercitarse en la esfera gubernamental, con el afán de reorientar a la sociedad hacia el bien común.

Tales desplazamientos apuntan a un rechazo de uno de los dos pilares del fusionismo, que viene siendo lo mismo que rechazar al fusionismo como tal. Qué supremamente irónico que las personas que se dan palmaditas en la espalda por defender la tradición, hayan abandonado la herencia filosófica de la derecha política estadounidense, tan arduamente ganada.

IV.

Todo esto deja una pregunta seria sin responder: si una sociedad libre requiere de una población moral, ¿qué debe de hacer un fusionista comprometido en una era poco virtuosa?

Los tradicionalistas presentan abundante evidencia de que vivimos en tal era. La religiosidad en Estados Unidos va en descenso, con un número significativamente menor asistiendo a servicios religiosos semanales (incluso desde antes de la pandemia por el coronavirus) que en cualquier otro tiempo en el siglo pasado. Las adicciones y los suicidios se han disparado, seguramente motivados por un sentido de alienación. Las enseñanzas tradicionales sobre la moralidad sexual parecen ridículamente anticuadas en contraste con la modernidad. La tasa de divorcio ha bajado, pero también la tasa de matrimonios, y cientos de miles de abortos se llevan a cabo cada año.

Algunos libertarios se preocupan menos por tales asuntos. Muchos prefieren enfocarse en cómo la calidad de vida ha mejorado dramáticamente debido a los avances tecnológicos producidos por el mercado. Otros van más allá, argumentando que la amplia aceptación de una mayor diversidad de estilos de vida convierte esta era en la mejor era para estar vivos. La virtud está sobrevalorada, podría decir este grupo, o por lo menos, malentendida, y, si Usted todavía lee esta revista, quizás se incline por estar de acuerdo. Si las personas ahora usan más drogas (vea, por ejemplo, la carátula de la edición de este mes) al tiempo que tienen menos hijos, eso está bien, siempre y cuando sea su elección.

Estos libertarios no son fusionistas, aunque ellos pueden y suelen trabajar felizmente con sus hermanos fusionistas cuando se trata de proteger los derechos y las libertades en la esfera gubernamental. Al mismo tiempo, a muchos libertarios sí les inquieta el secularismo y la desintegración de las comunidades. Como una católica que practica su fe, yo ciertamente formo parte de esta categoría, y me aflige el azote del aborto, sufro por una cultura que percibo como demasiado sexualizada y excivamente consumista, y me angustio porque el hombre moderno ya no desea sacrificarse en nombre de algo que es más grande que él mismo. No soy la más estereotípica libertaria, pero aún dentro del movimiento de la libertad, no estoy sola. Y en la derecha política más amplia, tales temores están omnipresentes.

Frente a problemas de esta magnitud, es quizás comprensible el atractivo de las medidas desesperadas. Una justificación común para el viraje postliberal es que no podemos esperar que se reparen por sí mismas la cultura y las instituciones, una vez se han roto. Se requiere de ayuda externa. El estado puede proveerla, a través de leyes que restringen la conducta de las personas pero que también enseñan a la población a valorar las cosas correctas: la fe y la familia, la comunidad y la patria.

Lamentablemente, las lecciones de la historia no dejan de ser ciertas meramente porque son inconvenientes. No se puede imponer la virtud a la fuerza a las personas, y, en la práctica, un régimen legal coactivo no es más propenso a instilar los buenos valores que a empeorar los problemas subyacentes. 

Por un lado, no existe una garantía de que las personas que realmente ostentan el poder, ahora o en el futuro, estén de acuerdo con usted sobre cuáles son los valores correctos (o sobre cuánto poder se requiere para hacerlos valer). Más aún, las políticas públicas siempre se acompañan de consecuencias no intencionadas. Incluso cuando asumimos un código legal que se alinea perfectamente con las verdaderas demandas de la virtud, no podemos saber anticipadamente cuáles serán sus efectos. Quizás los ciudadanos absorberán un sentido mejor de lo correcto y lo incorrecto. O quizás, liberados de la necesidad de tomar decisiones pesadas por sí mismos, sus músculos morales se atrofiarán, y se tornarán menos capaces de perseguir las cosas elevadas de la vida.

Antes de que adivine cuál de los dos resultados es más probable, considere el impacto que décadas de las políticas de bienestar, bien intencionadas, han tenido sobre las comunidades pobres. Conforme los incentivos financieros para el emprendimiento y la formación de familias se evaporaron, los receptores de ayuda aprendieron a verse a sí mismos como faltos de agencia. La ingenuidad de barrio, manifiesta por medio de esfuerzos privados de caridad y asociaciones de ayuda mutua, fueron desplazados por «soluciones» gubernamentales ordenadas de arriba hacia abajo, que resolvieron poco. A pesar de un gasto cada vez mayor a nivel estatal y federal, las tasas de pobreza oficial casi no han variado, y cada vez hay más pequeños pueblos y condados rurales que se unen a las ciudades del interior como áreas de desastre económico. Todo lo anterior sugiere que nuestros mejores esfuerzos han fracasado en dirigirse a las causas del problema y pueden ser exacerbadas por ellas.

El discernimiento central del fusionismo es que el bien común se alcanza mejor cuando el estado se mantiene enfocado en la protección de los derechos y las libertades, dejando que el resto lo hagan los individuos y las asociaciones voluntarias. Para ser claros, no hay nada fácil en esta respuesta. 

La tentación postliberal es creer que el poder gubernamental puede ser un sustituto para el trabajo arduo de construir instituciones y de efectuar el cambio cultural. No lo es. La solución debe empezar en casa, en el patio de enfrente, alrededor de la mesa de la cocina, y frente al espejo. La ley no es una varita mágica. No hay varitas mágicas, y no hay un atajo para llegar a la sociedad buena.