Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

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Por monseñor Mario Alberto Molina

Las opiniones expresadas en este espacio no necesariamente reflejan la postura del Instituto Fe y Libertad y son responsabilidad expresa del autor.

La liturgia del Domingo de Ramos pasa del júbilo inicial a la sobriedad de ánimo en la lectura de la pasión. La conmemoración jubilosa y festiva de la entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén da paso a la reflexión sobria y agradecida sobre su pasión y muerte en la cruz. Este domingo tiene un nombre complejo que refleja esos dos momentos: Domingo de Ramos en la Pasión del Señor. 

Este año las precauciones sanitarias para prevenir contagios del Covid-19 nos han obligado a omitir la procesión festiva conmemorativa del ingreso de Jesús en Jerusalén. Hemos recurrido a la conmemoración en forma de ingreso solemne al principio de la misa. Reconocemos a Jesús como nuestro Salvador y Mesías. Lo aclamamos como nuestro Redentor y Rey. Anticipamos su futura venida en majestad y gloria, cuando vendrá para llevarnos consigo en su reino. Entonces también lo aclamaremos: ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! Las palmas en las manos sirvieron para aclamar a Jesús durante la lectura del evangelio que narraba su entrada mesiánica. Jesús viene a nosotros en la palabra del evangelio y nosotros lo acogemos con fe. Las palmas representan nuestra fe en Jesús, son expresión de la ofrenda de nuestra voluntad de ser sus discípulos. Si las llevamos a nuestras casas es para que nos sirvan de recuerdo de que Jesús es nuestro Mesías, nuestro Rey y nuestro Salvador. Personalmente no sé qué sentido dan a las palmas quienes las buscan después de la misa, sin haberlas utilizado para aclamar a Jesús que viene a nosotros para salvarnos. ¿Para qué palmas, si no las utilizamos para aclamar a Jesús durante la liturgia inicial de la misa? 

Los evangelios nos dicen que después del ingreso en Jerusalén, Jesús estuvo enseñando y predicando por varios días en el área en torno al templo de Dios en Jerusalén. El relato de la pasión que hemos escuchado hoy iniciaba con una indicación temporal: faltaban dos días para la fiesta de pascua y de los panes ázimos. De parte de las autoridades religiosas se gestan los planes para matarlo. Judas traiciona a Jesús y colabora con ellas para entregarlo. Entre tanto, Jesús recibe en la cabeza la unción con un perfume carísimo. Otros evangelistas dicen que la unción fue en los pies. Pero la unción en la cabeza es el signo humano de su unción mesiánica. Mesías significa Ungido y Ungido significa Rey y Señor. Pero Jesús declara que la unción de la mujer es preparación de su cuerpo para la sepultura. Es decir, mientras Jesús está todavía vivo, la mujer realiza las unciones que se hacían a los cadáveres antes de la sepultura. Jesús será nuestro Mesías y Salvador, nuestro Rey y Señor a través de su muerte en la cruz, cuando resucite de entre los muertos. 

Comentar el relato de la pasión es una tarea que desborda el tiempo de la celebración de la misa. Pero hacer un repaso de la segunda lectura es útil y posible dentro de las limitaciones que impone la celebración. San Pablo en su carta, exhorta a los filipenses a la humildad. Para reforzar su exhortación aduce el ejemplo de Cristo Jesús, el Hijo de Dios.

Él existía como Dios, Él era Dios. Sin embargo, consideró que no debía aferrarse a las prerrogativas de su condición divina. En vistas de la misión redentora que debía realizar, no se escudó en su condición divina para sustraerse a la misión; no apeló a su condición divina para evitar la encarnación. Por amor a nosotros se encarnó. Tanto amó Dios al mundo, que le envió a su Hijo único. Por amor a nosotros no se aferró a su condición divina. Por el contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo. Es decir, se hizo pequeño, se hizo humilde, se hizo nada. A pesar de que era Señor, se hizo esclavo; a pesar de que era Dios, se hizo creatura, a pesar de ser supremo, se bajó hasta nuestra condición humana. Se hizo semejante a los hombres. Para rescatarnos de la muerte y del pecado Jesús debía hacerse semejante a nosotros, para que nosotros pudiéramos unirnos a él, asemejarnos a él. Así, hecho uno de ellos, se humilló a sí mismo y por obediencia aceptó incluso la muerte, y una muerte de cruz. Por obediencia: porque Cristo se hizo hombre para cumplir una misión. Su vida humana se desarrolló en constante referencia al Padre del cielo para acatar siempre su voluntad. Como humano, estaba sujeto a la muerte; pero como Hijo que nos ama, se sometió a la forma más cruel de la muerte, la cruz. En su muerte Cristo expió nuestros pecados, estableció la alianza de misericordia, derrotó a la muerte como destino inexorable del hombre, al vencerla por su resurrección. 

Por eso, por su actitud humilde y obediente, Dios lo exaltó sobre todas las cosas. Al resucitarlo de entre los muertos lo constituyó Señor de cielo y tierra, salvador de toda la humanidad, mediador de todo perdón y de toda gracia. Le otorgó el nombre que está sobre todo nombre. Es decir, le dio al Hijo encarnado la categoría de Dios, le dio el nombre propio de Dios: Señor. El Hijo, antes de la encarnación, era Dios, en su condición de Dios. Al humillarse y encarnarse, su condición divina quedó escondida en su humanidad. En la resurrección también su humanidad participó de la gloria de Dios. De este modo, al nombre de Jesús, todos doblen la rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos. Pues él es Señor, él es Dios. Y todos reconozcan públicamente que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre. 

Que esta Semana Santa, mientras hacemos memoria de la pasión, muerte y resurrección del Señor, también doblemos ante él nuestra rodilla, también reconozcamos por la fe que él es nuestro Señor y Salvador, también declaremos con nuestra voz que él es quien da firmeza, sentido y alegría a nuestras vidas. Meditemos su pasión, asombrémonos de su muerte en cruz, acompañémoslo en su sepultura, alegrémonos con él en su resurrección.