Por qué la tradición hispana no prospera en el mundo moderno

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Introducción

Siendo hispanohablante, originario del oriente de Guatemala, me siento —y me sé— heredero de una tradición que configura mi manera de ver la vida y el mundo. Desde que en sexto grado de primaria descubrí el mundo griego y romano sentí una fascinación especial por su historia, por los sus logros y su forma de vida, por las vidas de sus héroes, por su mitología. Por otra parte, ya en esa época me sabía bautizado en la religión católica: para mí, era lo más natural del mundo. Luego de un breve período de escepticismo juvenil, tan propio de la adolescencia, en mi época universitaria reafirmé mi herencia, y desde entonces una pregunta ha rondado mi cabeza: ¿por qué nuestros héroes son anglosajones?

A decir verdad, no me siento y nunca me he sentido cómodo con la forma de vida moderna. Y en lo que sigue diré o señalaré qué aspectos de mi herencia hispana contrastan con la forma de vida moderna. No es añoranza del pasado, o tradicionalismo. Trato simplemente de contrastar una forma de ver la vida y el mundo con otra.

1. Liberalidad: mentalidad de abundancia (no de escasez)

Tal y como yo lo veo, el hombre de la tradición hispana era derrochador, pero en el buen sentido de la palabra. Si se daba, se daba sin tasa. Era generoso, liberal. Si le pedían dos, daba diez. Cierto, no pensaba en ahorrar: su ahorro eran sus amigos. Esa actitud ante la vida la vi ilustrada en la película El festín de Babette —por cierto, dicen que favorita del papa Francisco—.

Babette era una mujer madura francesa que, huyendo de la revolución en su nativa Francia, va a dar a una pequeña aldea danesa, gobernada por las hijas de un pastor luterano. Allí todo era austeridad y ahorro. Las mujeres vestían de negro riguroso y comían pescado seco en mesas sin mantel. Babette, que venía acostumbrada a la buena vida —al saboir vivre—, se sentía desolada. Un día, le avisan que se había sacado la lotería. Sin parientes a quienes heredar y ya en el ocaso de su vida, decide darle a los daneses una lección de vida: invierte todo su dinero en lo que sabía hacer: cocinar, y prepara un festín que hace a aquellas personas exclamar: ¡esto es el cielo! Babette era católica, y veía la vida como la lotería: un regalo de Dios que había que gastar, con generosidad, sin reservarse nada.

Los latinos derrochamos tiempo platicando con nuestros amigos. Derrochamos dinero en cosas aparentemente  superfluas… Para muchos, es simple vanidad. Lo cierto es que nos cuesta ahorrar. ¿Por qué? Porque el ahorro nos habla de la vida futura. ¿Y a quién se le ha prometido el día de mañana?

2. La elegancia, aunque nos salga caro

Haga lo que haga, hágalo con elegancia. Cuide las formas. Podemos ser pobres, pero nunca inspiremos lástima. Nunca se rebaje, conserve en todo la dignidad.

Recuerdo la impresión que me causó aquel mendigo a la salida de una iglesia madrileña, el primer domingo que pasaba en Madrid. Serio, limpio, con una barba cuidada hasta donde podía, guardando la verticalidad en su postura, decía a los fieles que salían de la iglesia, a la vez que extendía la mano: «¡buenos días, hermano!; ¡muchas gracias, hermano!», fuerte y claro, no en tono lastimero. Casi me sentí obligado a darle unas pesetas.

Es la elegancia del torero, que se planta ante le bestia con valor, como diciendo, «aquí tienes a alguien que, aunque muy inferior a ti en fuerza bruta, te vencerá, porque domino mis instintos, y porque represento a mi estirpe, que me infunde el valor de enfrentarte». La cultura vence la fuerza bruta; la razón vence la fuerza, la cultura se impone a la naturaleza. Y si el torero muere, muere arriesgando la vida, porque alguien debe enseñar que la vida es para entregarla, si no, no vale la pena vivirla. Vivir por vivir, ¿qué sentido tiene?

3. Vitalismo, no racionalismo

Escuchado en un bar castellano: un feligrés le comenta a su compañero de copas: «¿Supiste lo del cura?» «Sí —responde el otro— que lo echaron de la iglesia». Y comenta el primero, «Sí; y dijera yo que por una mujer…, pero por el dogma; ¿puedes creerlo? ¡Por el dogma!». Seguro era un cura francés. Primum vivere, deinde philosophari.

4. La verdadera ciencia: la que nos hace mejores

Maravillas que nos hacen la vida más cómoda.

Preguntaron a Unamuno que por qué creía él que España no había producido tantos inventores, como los países anglosajones. Don Miguel se limitó a responder: «que inventen ellos». Que las baratijas no nos distraigan de lo importante.

5. El honor: por encima de la vida

Hoy, por importación del inglés, hemos cambiado la honradez por la honestidad. Honestas son las mujeres, que defienden su virtud. Los hombres defienden su honra, la que deben a sus padres y a su estirpe. «Honra merece quien a los suyos parece». «Al Rey, la hacienda y la vida se ha de dar, pero el honor es patrimonio del alma, y el alma solo es de Dios».

En la escena final de la película «Alatriste», basada en la novelas de Pérez Reverte, en la batalla de Rocroi el ejército francés, antes de lanzarse a la aniquilación total del tercio Cartagena, manda un emisario a ofrecerles una retirada honrosa. Se acercan unos cuantos españoles españoles; su capitán no puede hablar, así que Alatriste tomará la palabra. Les dice el francés que su señor ha decidido otorgarles el privilegio de retirase con sus armas, dada la valentía que han demostrado en el combate. A lo que responde Alatriste: «decidle al duque de Enghien que agradecemos su propuesta, pero somos un tercio español». No hacen falta más palabras. Al fondo se escucha la marcha fúnebre «Madrugá».

6. Los Simpsons: retrato del hombre modeno

El hombre moderno busca conservar la vida, no entregarla. Quiere prolongar una existencia placentera y cómoda; para ello se empeña en ahorrar. Su mayor miedo es vivir con miedo, por eso vive nec spe nec metu, sin esperanza pero sin miedo. No es elegante; «es práctico».

Todas estas características las veo encarnadas en los personajes de la serie «Los Simpsons».  Los Simpson son modernos, no cabe duda. Alguien dirá, «son modernos y son felices, a su manera. ¿Qué tiene de malo?» No, si no tiene nada de malo. Solo digo que yo, en su mundo, no me siento cómodo.

Si no es la modernidad y si no se trata de volver al pasado, ¿qué tipo de sociedad y de cultura  propongo? Una en la que, preservando los aportes positivos de la modernidad, se pueda vivir como si lo más importante fuera la vida futura y no la terrena.