Nominalismo y realismo: un debate medieval con consecuencias para el Nuevo Mundo

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Por Alejandra Martínez

Los españoles son prójimos de los bárbaros, como surge del Evangelio (San Lucas, 10, 29-37), al hablar del Samaritano. Pero como está ordenado amar al prójimo como a sí mismo (San Mateo, 22), los bárbaros no pueden lícitamente prohibir su patria a los españoles sin motivo alguno. Que, como dice San Agustín (De Doctrina Cristiana): Cuando se dice, amarás a tu prójimo, es manifiesto que son prójimos todos los hombres

Francisco de Vitoria. Reelecciones sobre los indios y el derecho de guerra. (pág. 90)

La conquista del Nuevo Mundo es el gran hito de la Edad Moderna. De hecho, de acuerdo con el gran filósofo escocés Adam Smith en su célebre obra La riqueza de las naciones (1776): «El descubrimiento de América y el del paso a las Indias Orientales por el Cabo de Buena Esperanza son los dos acontecimientos más importantes que registra la historia de la humanidad» (1994, Pp. 620). A partir de entonces, no se puede entender la historia de Europa sin América, ni tampoco viceversa. De hecho, de acuerdo con el historiador británico John Elliott (2000, Pp. 7) ni Europa ni América deben someterse a un «divorcio historiográfico», porque su historia constituye una interrelación continua entre dos temas distintos. Es tan fuerte esta unión que incluso el filósofo búlgaro-francés Tzvetan Todorov sostiene que «el descubrimiento de América es el más “asombroso” de la historia» y es «lo que anuncia y funda nuestra identidad presente» (1998, Pp. 14-15).

El descubrimiento del Nuevo Mundo tuvo un impacto complejo en el plano espiritual para una Europa cristiana, donde la Iglesia católica arrastraba, desde hacía un siglo atrás (s. XIV), una crisis doctrinal y jerárquica gracias a la «Revolución Nominalista»  y al «Cisma de Aviñón»:

Los escolásticos de la Alta Edad Media eran ontológicamente realistas, es decir, creían en la existencia real de los universales, o dicho de otro modo, experimentaron el mundo como la «instanciación» de las categorías de la razón divina. Experimentaron, creyeron y afirmaron la realidad última no de cosas particulares sino de universales, y articularon esta experiencia en una lógica silogística que fue percibida para corresponder o reflejar la razón divina. La creación misma fue la encarnación de esta razón, y el hombre, como animal racional e imago dei, estaba en el pináculo de esta creación, guiado por un telos natural y un divinamente revelado meta sobrenatural [traducción propia].

(Gillespie. 2008, Pp. 14).

Los escolásticos de la Alta Edad Media eran ontológicamente realistas, es decir, creían en la existencia real de los universales, o dicho de otro modo, experimentaron el mundo como la «instanciación» de las categorías de la razón divina. Experimentaron, creyeron y afirmaron la realidad última no de cosas particulares sino de universales, y articularon esta experiencia en una lógica silogística que fue percibida para corresponder o reflejar la razón divina. La creación misma fue la encarnación de esta razón, y el hombre, como animal racional e imago dei, estaba en el pináculo de esta creación, guiado por un telos natural y un divinamente revelado meta sobrenatural [traducción propia] (Gillespie, 2008, Pp. 14).

De manera que el nominalismo propuesto por Guillermo de Occam (1285-1347) puso este mundo «patas arriba» (Gillespie, Ídem). Para los nominalistas, todo ser real es individual o particular y los universales son, por tanto, meras ficciones que serían una especie de abstracción o simplificación «didáctica» que sirven para entender la realidad. 

Por otra parte, con el descubrimiento y conquista de América, también se desmontan otras ideas que desde la Alta Edad Media se daban por ciertas como el hecho de que la palabra de Cristo habría sido llevada a todos rincones del mundo por medio de la divisio apotolorum y también se desmiente la idea agustiniana de la ciudad de Dios en la tierra, pues se demuestra que existe una pluralidad de mundos terrestres (Romano, 1980, Pp. 179). 
Así surgen cuestionamientos de todo tipo sobre si la conquista de América era legítima y si estos nuevos pueblos descubiertos, que vivían apartados del «verdadero» Dios, debían ser «salvados». Estas preguntas preocuparon a los escolásticos tardíos de Salamanca e intentaron ser contestadas por uno de sus máximos exponentes: Francisco de Vitoria, en sus Relectiones de Indis (1532) este pensador «tomaba clara consciencia de la no identificación de la cristiandad con el mundo» (Romano, Ídem).

De hecho, los antecedentes del concepto de persona humana en Vitoria se hallan en la «síntesis» salamantina del importante debate medieval entre nominalismo y realismo: 

Contra un Aristóteles que había afirmado categóricamente, perentoriamente, la imposibilidad de la existencia de un cielo distinto del que nosotros tenemos sobre nuestras cabezas en el hemisferio septentrional, la «experiencia»  demuestra ahora cosas que «no se han visto jamás, porque nuestros marinos pasaron el círculo equinoccial y vieron el sol levantado sobre sus cabezas»  o « habiendo superado la línea equinoccial, entraron en otro mundo en el que, al volverse hacia el este, su sombra caía al sur y a la derecha» .

(Romano. Pp. 180)

Esta disputa forma parte de los ejes centrales de las discusiones en Salamanca, donde se intenta trabajar en una suerte de «síntesis» entre las dos posturas. Este debate fue cardinal para Vitoria. Así lo refiere el Padre Melquíades Andrés: 

El enfrentamiento entre estas dos concepciones filosóficas se desarrolló a lo largo del medievo y todavía pervive en nuestros días. ¡Cuántos conciben al hombre como pura existencia y olvidan su esencia! El encuentro entre nominalismo y realismo tuvo también lugar en Alcalá y en Salamanca, gracias al establecimiento de las cátedras de filosofía y teología nominal. Esta importante decisión cisneriana [de Cisneros], fue, a mi parecer, sumamente fecunda, e influyó en algunos planteamientos de Vitoria y sus discípulos, en el origen y desarrollo del derecho internacional, del derecho indiano e incluso en la misma espiritualidad.

(1977, Pp. 443)

De manera que, de acuerdo con el padre Andrés, gracias al nominalismo, gozamos de la concepción moderna de «individuo». Sería allí donde nace la preocupación de la persona concreta, más allá de las descripciones abstractas y «alejadas de la vida» del tomismo (Ibídem. Pp. 444). Sería en este debate, traído al siglo XV gracias a las cátedras salamantinas, el antecedente de persona humana que recogería el humanismo renacentista e incluso, posteriormente, el liberalismo y la Ilustración Escocesa.


1 Esto tiene que ver con la dispersión del cristianismo a partir del año 325 por toda Europa y Medio Oriente. Incluso después del año 1000, gracias a la llamada ‘Ruta de la seda’, el cristianismo llegaría al extremo oriente y también por misiones enviadas desde el Imperio Bizantino el cristianismo llega al Principado de Kiev (actualmente Rusia).

2Hay una corriente actual en el liberalismo, que se inscribe dentro de la disciplina de la historia de las ideas, que ubica las raíces del liberalismo en la Escolástica tardía. Según esta hipótesis, el pensador que actuaría de «bisagra» entre el mundo de la Escolástica tardía y la llamada Ilustración Escocesa («fundadora»  del liberalismo), es el filósofo y jurista protestante Hugo Grocio quien, al parecer, estuvo fuertemente influenciado por los escritos de Diego de Covarrubias y de otros escolásticos españoles de Salamanca (Al respecto, véase Rothbard, Murray. 2006. Pp. 159, 428, 509)