La montaña que escalamos

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Personas imperfectas construyen el proyecto republicano

Por Carroll Rios de Rodríguez

Las opiniones expresadas en este espacio no necesariamente reflejan la postura del Instituto Fe y Libertad y son responsabilidad expresa del autor.

Amanda Gorman leyó un bello poema en el acto de inauguración del presidente de Estados Unidos, Joe Biden. Digna, educada y sonriente: con apenas 22 años, la poeta galardonada infundió en los televidentes esperanza respecto del futuro. ¡Su elegante porte contrastó con el de los políticos veteranos que compartieron el podio con ella! Durante la salvaje campaña electoral, ellos dieron rienda suelta a sus peores instintos, al cinismo, la mentira, la difamación y la hipérbola; inspiran más desconfianza que promesa.

Gorman no está por encima de la política. La exalumna de Harvard es una radical activista de los movimientos feministas y afroamericanos. De hecho, en el poema afirma que su bando «depuso las armas», con lo cual insinúa que respalda el uso de la violencia para fines políticos. Sin embargo, me agrada su descripción del proyecto republicano como un proceso en marcha, sin acabar. Es el proyecto de personas imperfectas, sin pulir. Como Gorman, yo también deseo vivir en una sociedad plural y en paz, donde cualquier persona puede «sentarse bajo su propia viña o higuera», sin temor.

El poema se titula «La montaña que escalamos». Afirma Gorman que el anhelo de nuestra era será satisfecho si nos definen los puentes que tendemos, y no así las espadas. Su país, dice Gorman, está golpeado pero entero, y sigue siendo bueno, valiente, fiero y libre. Cierra afirmando que siempre brilla la luz si somos lo suficientemente valientes para verla.

La interpretación más obvia del poema es que la política salva. El equipo demócrata, liderado por Joe Biden y Kamala Harris, será capaz de corregir injusticias ancestrales, prevenir catástrofes, desterrar la pandemia y dirigir las vidas de los ciudadanos. El poema podría leerse como una oda al sueño colectivo único, a una visión políticamente correcta y grupal, que todos deben abrazar para que se instale la armonía. Los políticos, cual filósofos-reyes o Flautistas de Hamelin, deben además ejercitarse en la misericordia y repartir la riqueza en aras de la justicia social y la equidad, como si los bienes económicos crecieran en árboles espontáneamente. 

Quizás sea atrevido leer el poema de Gorman en una clave clásico-liberal. Pero se puede. El amanecer que ella vislumbra se produce en una sociedad libre, con Estado de Derecho, constitución liberal y con claros límites al poder político. Se produce con un sistema en el cual priva la persuasión sobre la coerción.

No necesitamos que un mesías político nos salve: necesitamos de unas mínimas instituciones socioeconómicas y políticas que faciliten la cooperación social. La más diversa gama de metas existenciales y económicas pueden ser satisfechas entonces. La armonía social se produce gracias a la libertad para innovar, crear, invertir y entablar relaciones que no fueron previamente planificadas o previstas por una élite política. No hace falta que unifiquemos visiones o que todos suscribamos un credo progresista para hermanarnos. Basta con que respetemos los derechos básicos a la vida, la libertad y la propiedad de los demás. Se producirá un gran ballet dinámico, fluido, cambiante, abierto a toda la humanidad, pues, ¿quién siembra discordia con quienes intercambia y coopera voluntariamente? ¿Quién quiere empezar una guerra contra quienes nos facultan alcanzar nuestros propios sueños? ¿Qué importa entonces el aspecto físico del otro, o que piense diferente? En un sistema así, habrá libertad de expresión y jóvenes como Gorman verán florecer las artes y la cultura.  

La valentía que requiere esta visión clásico-liberal es la de tener fe en que los demás harán uso de su libertad con responsabilidad.