¿Por qué ha fracasado el liberalismo?: por sus raíces filosóficas,no por su implementación

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Patrick J. Deneen (2018) ¿Por qué ha fracasado el liberalismo? Madrid: Ediciones RIALP. 253 páginas.

Por Jonatán Lemus 

Las opiniones expresadas en este espacio no necesariamente reflejan la postura del Instituto Fe y Libertad y son responsabilidad expresa del autor.

El debate académico reciente sobre el liberalismo se ha enfocado en dos grandes objetivos; el primero, proveer datos sobre los beneficios del sistema liberal, un ejemplo de este tipo de trabajo es el libro Progreso del autor Johan Norberg (2017). El segundo, discutir desde una visión normativa cuáles son los problemas más importantes para la sostenibilidad del modelo. Por ejemplo, en su libro, Cómo mueren las democracias, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt (2018) alertan sobre cómo la polarización puede contribuir al decaimiento de la democracia. Por su parte, Daron Acemoglu y James Robinson (2019) en su libro El pasillo estrecho: Estados, sociedades y cómo alcanzar la libertad proveen una solución para la sostenibilidad del liberalismo: un Leviatán encadenado, en el que tanto el Estado como la sociedad crecen al mismo ritmo. Estos análisis tienen en común que, aunque difieren sobre el grado de éxito del liberalismo y cuáles son sus retos principales, aceptan este modelo por encima de cualquier otro. 

El trabajo de Patrick Deneen (2019) en el libro Por qué ha fracasado el liberalismo presenta un reto interesante a los trabajos mencionados. El argumento principal del libro es que el liberalismo ha fracasado, pero no por problemas de implementación, sino por sus raíces filosóficas. En efecto, según el autor, este sistema político y económico ha generado todo lo contrario a sus aspiraciones, pues «en la práctica genera una desigualdad titánica, promueve la uniformidad y la homogeneidad, impulsa la degradación material y espiritual, y socava la libertad» (p. 20). En consecuencia, la solución a esta problemática no es aumentar la libertad individual ni mejorar el liberalismo, sino una nueva teoría política, la cual construya sobre los avances del liberalismo pero permita el alcance de una verdadera libertad. Para defender esta proposición, Deneen desarrolla varios puntos de apoyo. 

Primero, según el académico, el liberalismo ha redefinido la libertad, vaciándola de contenido. El autor provee un análisis de cómo fue mutando el concepto de libertad, el cual inicialmente consistía en «la condición para el autogobierno que prevenía contra la tiranía, tanto en el alma de la polis como en la del individuo» (p. 42). Como consecuencia de este cambio de paradigma, apareció una nueva definición de libertad, entendida como la capacidad del individuo de perseguir sus deseos personales. Paradójicamente, como parte de esta nueva visión, el liberalismo ha necesitado la construcción de un Estado cada vez más invasivo. En efecto, Deneen argumenta que «es el Estado liberal el que crea al individuo. Gracias a ese Leviatán cada vez más masivo y que todo lo envuelve, somos finamente libres los unos de los otros» (p. 80). Esto sucede porque el liberalismo ha generado el aislamiento de los individuos. Ante el debilitamiento de las comunidades, el Estado se ha convertido en el mecanismo principal de acción colectiva. Por lo tanto, y este es uno de los puntos más controversiales del libro, no existe una diferencia real entre el liberalismo clásico y el liberalismo progresista. En otras palabras, el debate entre los dos grandes partidos estadounidenses es de fachada, pues ambos partidos tienen como proyecto principal «el fomento del liberalismo en la liberación individual de los límites impuestos por el lugar, la tradición, la cultura y cualquier otro vínculo que uno no haya escogido» (p. 67). 

Segundo, Deneen argumenta que el liberalismo socava la fundación principal de una sociedad: la cultura. Si bien el autor no define explícitamente a qué se refiere con este concepto, argumenta que los tres pilares anticulturales del liberalismo son: 1) la conquista total de la naturaleza, 2) una visión del tiempo como un presente sin pasado, y 3) una percepción del territorio como carente de significado (p. 91). Esta visión tiene implicaciones importantes en el uso de la tecnología, la cual, según Deneen, es solo un producto de los valores promovidos por el liberalismo (p. 134). Para los liberales conservadores, la tecnología permite el control tecnológico del mundo natural, y para los liberales progresistas, esta es útil para el control de la reproducción y el dominio del código genético humano (p. 99). 

En efecto, esta anticultura promovida por el liberalismo suscita el desarraigo de las personas. Según el autor «este desarraigo es una de las vías preeminentes por las que el liberalismo sutil y permanentemente socava todas las culturas y libera a los individuos, arrojándolos a los brazos de la irresponsabilidad de la anticultura» (p. 105). Esto ha tenido como resultado un creciente rechazo a las expresiones locales, tanto en el ámbito político, económico como social, lo que fomenta así una visión globalista con ciudadanos sin ningún tipo de conexión real con su comunidad, exacerbando su aislamiento. Esta tendencia es particularmente observable en el ámbito educativo en el que las universidades se comportan como empresas de minería: «tratan de identificar materias primas económicamente viables en cada aldea, ciudad y país, para luego arrancarlas, procesarlas en una localidad distante y poner finalmente en el mercado productos que sean válidos en cualquier parte» (p. 170). Esto genera una dinámica en la que la identidad de dichos estudiantes tiende a ser homogénea, a pesar de su supuesta aceptación de la diversidad. 

La anticultura también se observa en el nuevo énfasis de la educación, la cual pasó a ser una herramienta para transmitir la importancia del autogobierno y la virtud, a un mecanismo para satisfacer las demandas del mercado. Desde esta perspectiva, «las artes liberales son instrumentos de liberación personal, un fin que es consistentemente perseguido en las humanidades, en las disciplinas científicas y matemáticas» (p. 144). Como resultado, el modelo educativo ha permitido la creación de una nueva «aristocracia», un grupo de personas con acceso a mejor educación, mejores trabajos, y defensores del sistema. Finalmente, este nuevo modelo educativo debilita la noción de ciudadanía. En efecto, según el autor, «una educación adaptada al cuidado de la res publica es reemplazada con una educación destinada a la res idiotica» (p. 145). El sistema liberal enfatiza que el fin del Estado es permitir al individuo la persecución de sus fines privados. Como consecuencia, los individuos se han alejado de los asuntos públicos y cada vez más ceden la responsabilidad del gobierno a un cuerpo administrativo, el cual no está necesariamente comprometido con la democracia (p. 222). Esto podría tener implicaciones importantes para el futuro del modelo, pues según el autor, «el propio liberalismo parece inclinado a generar las demandas populares de un autócrata iliberal que promete proteger a la gente contra los caprichos del propio liberalismo» (p. 219). 

Desde mi perspectiva, el trabajo de Deneen tiene como fortaleza principal su originalidad. Deneen reta el paradigma de que los problemas del liberalismo encuentran su solución dentro del mismo sistema, y cuestiona la fe en el sistema y su capacidad para autocorregirse. En ese sentido, se identifican de forma correcta algunos de los problemas principales de nuestro tiempo, como el creciente individualismo, la ruptura de las comunidades por un mayor aislamiento, los efectos negativos del mal uso de la tecnología, el excesivo énfasis de la educación en el futuro, la poca valoración del pasado, y la intolerancia de quienes dicen promover la diversidad y el pluralismo. En cada uno de sus diagnósticos, Deneen se asegura de asociar el problema con el pensamiento filosófico de grandes pensadores liberales. Su objetivo es demostrar cómo son las raíces filosóficas del liberalismo, y no su implementación, el problema central.  

Sin embargo, esta forma de sustentar su argumento lo hace menos persuasivo. Primero, el autor tiende a subestimar las diferencias sustanciales que existen entre el liberalismo clásico y el moderno, especialmente en cuanto a la importancia que el primero otorga al gobierno limitado y las instituciones intermedias como la familia y las asociaciones civiles. Segundo, debido a que su objetivo es desacreditar las bases filosóficas del liberalismo, Deneen toma autores como Thomas Hobbes y John Locke, y los posiciona en la misma categoría que otros más modernos. Tercero, Deneen hace muy pocas referencias a datos concretos que sustenten sus proposiciones. Por ejemplo, aunque es cierto que el liberalismo tiende a modificar los valores culturales, varias investigaciones empíricas han demostrado que las culturas tienden a ser resistentes al impulso de la modernización (Inglehart y Welzel, 2005). Como consecuencia de esta metodología, el autor no logra comprobar el mecanismo causal entre los problemas identificados y las raíces filosóficas del liberalismo. Finalmente, el autor no hace un esfuerzo por desarrollar su teoría de un sistema basado en comunidades locales con economías internas y una democracia de autogobierno. Sin duda alguna, dicho sistema podría permitir el retorno a un concepto clásico de la libertad, lo cual parece ser el punto principal de su agenda, pero tendría retos importantes para alcanzar otros objetivos como la erradicación de la pobreza alrededor del mundo. En conclusión, el libro Por qué ha fracasado el liberalismo es un trabajo ambicioso, original, cuya lectura es recomendable; sin embargo, se sugiere tomar sus conclusiones con cierto grado de escepticismo. 

Publicado originalmente en https://revista.feylibertad.org/index.php/revista/issue/view/5