El mito de Occidente – Parte II

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Juan Pablo Gramajo Castro | [email protected] 

Kwame Anthony Appiah, en su conferencia There is no such thing as western civilization, repasa algunos de los distintos significados que históricamente se ha dado a la expresión «el occidente». En la era de los grandes imperios, se usaba como contraste entre Europa y Asia. Durante la guerra fría, «occidente» era un lado de la cortina de hierro. En épocas más recientes, significa Europa y sus antiguas colonias en Norteamérica, contrapuesto a lo no-occidental como África, Asia y América Latina (que algunos hoy llaman el sur global), a pesar de que muchos latinoamericanos reclamarán una herencia occidental. Si agregamos a Australia, Nueva Zelanda y la población blanca sudafricana, «occidental» parecería un eufemismo para «blanco». Expone Appiah que el uso de «europeo» como sustantivo y no como adjetivo se origina en los conflictos entre la Cristiandad y el Islam. Fue en la edad media que nació la idea de que lo mejor de la cultura griega pasó a Europa occidental mediante el imperio romano. Sin embargo, sería erróneo identificar esta idea, sin más, con la Cristiandad medieval en tanto contrapuesta al Islam, pues el mundo árabe de la época también compartía el estudio de la herencia clásica. Aparte de los ejemplos que pone el autor, baste recordar aquí el papel de Averroes en el estudio de Aristóteles. Como resume Appiah: «the classical traditions that are meant to distinguish western civilisation from the inheritors of the caliphates are actually a point of kinship with them». La idea de «Occidente» para denominar una herencia cultural no surge sino hasta la década de 1890, y se difunde más en el siglo XX. Su concepción actual, según Appiah, es producto de la guerra fría: una narrativa que enfatiza valores como el individualismo, la democracia, la libertad, la tolerancia, el progreso, la racionalidad y la ciencia: «From Plato to Nato» («De Platón a la OTÁN»), lo resume. 

Aunque Appiah no desarrolla ese aspecto, sí apunta hacia algo que para nosotros es de principal importancia: ¿Es Latinoamérica parte de Occidente? Para Carlos Alberto Montaner, la respuesta es sí. Pero –y esto es acaso más importante aún– no es un sí abstracto, ajeno a las complejidades que la propia historia de Latinoamérica y de «Occidente» conlleva. Al contrario, si bien considera que Latinoamérica es «un gran fragmento de ese mundo occidental», recuerda que éste es, a su vez «complejo y variopinto»: «Ser latinoamericano –por solo mencionar algunos ingredientes– es ser español, lo que a su vez acarrea ser griego, fenicio, romano, germano, judío, cristiano y, en alguna medida, la medida española, también árabe y también, cómo no, africano. (…) En todo caso, carece de sentido pretender vincular la historia a las raíces biológicas. La sangre y la cultura no tienen la menor relación» (Los latinoamericanos y la cultura occidental). Sin embargo, esta visión debe complementarse con una profundización sobre lo específicamente latinoamericano en tanto contacto con las culturas de los pueblos indígenas, y las relaciones sociales, políticas, económicas y culturales surgidas de la invasión europea que colocó a Latinoamérica en la esfera de influencia occidental. 

Cuando Ratzinger se refiere a la falta de universalidad de facto de los universalismos occidentales (cristianismo y racionalismo laico), insiste en la necesidad de que éstos se abran no solo el uno al otro (diálogo razón-fe), sino también a las demás culturas no-occidentales (diálogo intercultural). Desde una perspectiva europea, esto fácilmente se entiende como diálogo con el mundo islámico, tanto dentro como fuera de las fronteras de los países de Europa. Pero desde una perspectiva latinoamericana, esto nos exige replantear los términos de la relación con los pueblos indígenas dentro de cada país, algo que políticamente es uno de los principales retos y tareas pendientes de Guatemala. Como ha afirmado Pablo Blanco Sarto: En el pensamiento de Benedicto XVI Ratzinger, el pluralismo y el reconocimiento de la legítima diversidad son de origen teológico, basado en la unidad y pluralidad de un Dios que es a la vez uno y distinto.  

Otro aspecto que es importante evaluar en Latinoamérica es qué tanto nuestras instituciones políticas reflejan los nobles legados que se atribuyen a Occidente. Niall Ferguson observa cómo en las repúblicas latinoamericanas, desde su independencia, predominó el caudillismo a pesar de la influencia que ejerció el modelo norteamericano. Esto, a su criterio, debido principalmente a tres factores: (i) una falta de tradición de autogobierno y democracia (el poder colonial se concentraba en españoles peninsulares); (ii) una distribución desigual de propiedad (grupos con interés en conservar grandes propiedades rurales y mano de obra barata urbana); (iii) un grado elevado de heterogeneidad y división racial (conflictos entre criollos, peninsulares, castas y esclavos; derechos políticos no extendidos a poblaciones indígenas). 

Francis Fukuyama, por su parte –en su obra The origins of political order–, considera que los gobiernos en Latinoamérica presentan características únicas en el mundo. La región ha presentado desempeño particularmente malo en materia de desigualdad (de ingreso y de riqueza) y estado de derecho (rule of law). Aunque ha tenido éxito en llevar a cabo elecciones y usar mecanismos democráticos para cambiar líderes, la administración de justicia deja mucho que desear: poca seguridad, altos índices delictivos, congestionamiento en la carga de trabajo de órganos jurisdiccionales, derechos de propiedad débiles o inseguros, impunidad para muchos de los ricos y poderosos. Ambos fenómenos, a su criterio, guardan estrecha relación, pues la protección de la ley aplica a minorías, por las cuales se refiere no solo a familias y empresarios adinerados, sino también a grupos y sectores como sindicalistas (especialmente del sector público) y estudiantes universitarios, entre otros. En la conformación de la situación latinoamericana, Fukuyama menciona factores como el latifundismo, sistemas fiscales injustos, mala administración económica y financiera por parte de los gobiernos, autoritarismo y corrupción, y expresa que «Las élites acaudaladas han aprendido a vivir con gobiernos no democráticos y a protegerse de la autoridad del Estado, y con frecuencia se benefician de la corrupción institucionalizada». Su análisis se remonta a los orígenes de estas circunstancias como herencia del sistema institucional recibido de España mediante la colonización.

Sin duda se podría profundizar muchísimo más en estos temas, generando amplio debate. Este texto no ha tenido la intención de dar una palabra final, sino simplemente mostrar las complejidades internas de una idea que parecería compartida por muchos. Así, la idea de Occidente es debatida, disputada, incluso entre corrientes de pensamiento que afirman valorarla (o, al menos, en alguna de sus versiones). Entre ellas, uno de los puntos más difíciles sigue siendo el lugar de la fe, de la religión, en la civilización y la cultura. Por otro lado, Latinoamérica presenta peculiaridades históricas, culturales y políticas que exigen serios esfuerzos de contextualización para comprender nuestras sociedades. 

Contrario a lo que su título sugiere, la reflexión de Appiah antes referida no nace de una hostilidad contra Occidente. Antes bien, considera que la libertad, la tolerancia y la racionalidad son valores positivos que pueden ser universales. Pero enfatiza que no están dados, impuestos, necesariamente por un supuesto destino histórico cultural, sino que deben ser elecciones que se realizan en cada persona, en cada generación. Ratzinger, por su parte, escribió en igual sentido que «Nadie nace siendo cristiano, ni siquiera cuando nace en un mundo cristiano y de padres cristianos. El cristianismo acontece siempre como un nuevo nacimiento» (Fe, verdad y tolerancia, p. 79, Ediciones Sígueme, Salamanca, 2005).

Appiah sintetiza su impulso cosmopolita basado en «nuestra humanidad común» sobre la famosa frase de Publio Terencio Africano: «Hombre soy, nada humano me es ajeno». También Benedicto XVI invocó «nuestra humanidad común» como base del anhelo de libertad y de verdad, común a la única familia humana, que tiene un importante referente en la Declaración universal de los derechos humanos, la cual «constituye una conquista de civilización jurídica de valor realmente universal, […] …reconociendo la propia unidad basada en la igual dignidad de todos los hombres y poniendo en el centro de la convivencia humana el respeto de los derechos fundamentales de los individuos y de los pueblos» (énfasis del original). 

Tampoco el título de este texto nace de una hostilidad contra Occidente. Hablar de «mitos» suele tener connotaciones negativas, a veces justificadas en su contexto. Pero también hay otros modos de entenderlo. A partir de una discusión entre C.S. Lewis y J.R.R. Tolkien en 1931, en que el primero consideró que los mitos eran mentiras sin valor, Tolkien escribió un poema en que defendió que los mitos contienen verdades y que hacerlos es un acto creativo que ayuda a narrarlas y difundirlas. Desde luego, sería irracional e inaceptable sustituir el rigor de las ciencias históricas y el debate intelectual en torno a ellas con narrativas o mitos. Con frecuencia los historiadores deben precisamente cuestionar narrativas. Habrá, sin duda, algunas que se construyen con interés político, ideológico, etc. Pero quizá haya otras cuya existencia apunte hacia legítimos valores que vale la pena considerar. 

Acaso los hechos nos demuestran que Occidente no es un concepto unívoco ni pacífico, que se presenta en versiones incompatibles entre sí, que puede interpretarse o instrumentalizarse –incluso de modos perversos–, que en las sociedades que llamamos (o que se consideran a sí mismas) occidentales muchas veces se han dado eventos contrarios a los valores que dicen sostener. Pero las complejidades de la historia y de las ideas no deberían ser obstáculo para encontrar en nuestra experiencia histórica aciertos y luces que merezcan acogerse. Al contrario, esas mismas complejidades deben enriquecer su comprensión. Sobre todo cuando nos incomoden, pues entonces interpelan más radicalmente nuestro compromiso con la búsqueda racional de la verdad, con la tolerancia, con el diálogo, con la libertad. Si son esos los valores que elegimos.