El mito de Occidente

17 minutos

Parte I

Juan Pablo Gramajo Castro | [email protected] 

Sí, el título de este texto busca ser provocativo. Una provocación barata, dirán algunos. Quizá. El internet ya es un lugar donde las personas andan a la defensiva, pensando que toda interacción es un ataque que deben tomarse personal. Mala idea titular algo de una manera que sus (presuntamente) principales lectores puedan tomar como una afrenta hacia algo cercano a sus corazones, que forma parte importante de su modo de vivir y pensar. Pero ya que, uno, tengo su atención y, dos, uno de los (¿supuestos?) valores de lo que llaman ‘Occidente’ (así, con mayúscula) es cuestionar racionalmente nuestro propio conocimiento para indagar si es verdadero, pasemos a compartir algunas reflexiones. Al final, podemos volver a si Occidente es o no un mito, y qué significa que lo sea o no. 

Recientemente, el Instituto Fe y Libertad organizó un curso dirigido por Samuel Gregg. El Dr. Gregg es Director de Investigación en el Acton Institute, una institución que –al igual que el IFYL– promueve la reflexión sobre la libertad individual y los valores judeocristianos, incluyendo la libertad económica y el papel subsidiario de los gobiernos. El curso versó sobre su reciente libro Reason, faith and the struggle for Western Civilization, en que expone la civilización occidental como una síntesis entre razón y fe, asediada actualmente –a criterio de Gregg– por el radicalismo islámico (fe sin razón) y el secularismo agresivo (razón sin fe). Para dicho autor –partiendo de lo expresado por Benedicto XVI en su famoso y controversial discurso en la Universidad de Ratisbona de 2006–, la fe y la razón están llamadas a sostenerse y purificarse mutuamente, en un diálogo que permita corregir los excesos y errores de cada una. Occidente, para Gregg, no es un ámbito geográfico sino una cultura, que ha dado su máxima expresión a ideas como la libertad personal, el imperio de la ley o estado de derecho (rule of law), el gobierno limitado, la distinción entre iglesia y estado, los derechos humanos. Considera que el ideal de la libertad ha sido fundamental para el crecimiento de Occidente porque se deriva de algo que es incluso más central para esta civilización: el compromiso con la indagación racional en búsqueda de la verdad. Por tanto, la idea plena de libertad occidental es la libertad racional, en que la razón gobierna las pasiones. Esta cultura habría surgido del contacto entre el pensamiento griego y el cristianismo –con raíces en el judaísmo– dentro del antiguo mundo romano. 

Entre las varias conmociones que el mundo ha vivido en este 2020 está el crecimiento de lo que algunos llaman «cultura de cancelación», a la que me he referido en un escrito anterior. Algunas reacciones ante este fenómeno lo han visto como ataques a lo que denominan «civilización occidental». Por su parte, es verdad que existen críticas hacia las ideas de Occidente o de civilización por considerarlas cómplices de cosas como la conquista y el colonialismo o la supremacía blanca, temas cuyo cuestionamiento hoy se asocia más comúnmente con las izquierdas. Pero –como también adelanté en el texto anterior– la idea de Occidente tampoco es ni ha sido uniforme, monolítica, pacífica, incluso entre aquellos que la adoptan, la veneran y profesan los que consideran valores de esa civilización. Es decir: no hace falta ser «anti-occidentalista» para cuestionar y debatir las ideas que algunos consideran centrales a Occidente, ni para ver que existen distintas «versiones» de Occidente, algunas con matices quizá inconciliables.     

Benedicto XVI también ha reconocido la cultura griega o helenista y la estructura político-administrativa del imperio romano como elementos que favorecieron la extensión del cristianismo, situación manifestada particularmente en la figura de san Pablo, «hombre de tres culturas»: ciudadano romano, de origen judío, hablante de griego (Audiencia general, 2 de julio de 2008). Louis Rougier, en su célebre texto El genio de occidente, también expone estos tres fundamentos de la cultura occidental y sus aportes principales:

  1. La antigua Grecia, cuyo racionalismo dio inicio a la ciencia teórica, la democracia con el concepto de isonomía o igualdad ante la ley, la economía monetaria, y la reflexión ética sobre la conducta humana.
  1. La antigua Roma, que complementó el principio griego de libertad con el principio del orden, a través del derecho romano y el universalismo, permitiendo así un intercambio cultural entre pueblos diversos.
  1. El cristianismo, que rehabilitó moralmente a los pobres y esclavos estableciendo el principio de la igualdad esencial entre los seres humanos, así como el trabajo manual y las artes mecánicas, sentando bases para las invenciones y el fomento de la investigación científica en la edad media.

Sobre estas bases, Rougier añade la identificación de cuatro «revoluciones» que juntas darían lugar al despegue de Occidente en siglos posteriores:

  1. La científica, que desarrolló la ciencia teórica y sus aplicaciones prácticas a través del método científico, originando la visión de un mundo abierto y de la autonomía humana, con lo cual se desarrolló la idea del progreso.
  1. La económica, que superó la economía feudal de la edad media y el mercantilismo de los estados nacionales, dando lugar a la economía de libre mercado que permitió satisfacer mejor las necesidades de las personas y elevar su nivel de vida.
  1. La industrial, que proveyó los medios tecnológicos para aumentar la productividad agrícola y fabril, permitiendo así el éxito de la revolución económica.
  1. La política, que transformó al ser humano de súbdito a ciudadano, reconociéndolo como dotado de derechos inalienables que ninguna autoridad puede violar, estableciendo el principio de que la soberanía radica en el pueblo y se delega en autoridades cuyo poder es limitado por la ley y el derecho. 

Por su parte, Niall Ferguson examina el «despegue» de Occidente en su libro Civilization: The West and the rest, señalando seis aspectos básicos que, a su juicio, dieron ventajas a la civilización occidental frente a otras:

  1. Competencia: Europa se encontraba políticamente fragmentada y en cada república o monarquía había entidades rivales, lo cual favoreció la formación de sistemas políticos más equilibrados y no despóticos.
  1. Revolución científica: Los grandes avances del siglo XVII en matemática, astronomía, física, química, biología, se produjeron en Europa occidental. 
  1. Imperio de la ley y gobierno representativo: En el mundo anglosajón surgió un sistema político-jurídico basado en la propiedad privada y la representación en asambleas legislativas electas.
  1. Medicina moderna: Los grandes avances de los siglos XIX y XX en atención sanitaria, incluyendo el control de enfermedades tropicales, fueron hechos por europeos occidentales y norteamericanos. 
  1. Sociedad de consumo: La revolución industrial produjo tecnología, aumento de la productividad y mayor demanda de bienes.
  1. Ética del trabajo: Occidente fue el primer pueblo en combinar un trabajo más extensivo e intensivo con mayor ahorro, permitiendo acumulación sostenida de capital. 

Si bien algunos ven una síntesis armónica y exitosa entre Grecia, Roma y el cristianismo como base de la civilización occidental, lo cierto es que los contactos históricos entre estos tres elementos no siempre fueron pacíficos, y algunas tensiones persisten hasta la actualidad bajo diferentes expresiones. Además, las mismas culturas griega, romana y cristiana tampoco fueron monolíticas, uniformes ni estáticas en sí mismas ni a través del tiempo. Quizá la tensión más violenta y conocida sea las persecuciones sufridas por los cristianos bajo el imperio romano. Pero el contacto de los romanos con el helenismo también generó oposición, y la influencia griega fue despreciada y combatida por algunos –como Marco Porcio Catón–, como describe R.H. Barrow (Los romanos, capítulo III).  

También la síntesis entre la fe cristiana y el pensamiento griego ha sido cuestionada, y no fue fácil en su origen. Sabemos que san Pablo abordó a su audiencia ateniense diciendo que venía a anunciar al «Dios desconocido» que ellos ya adoraban sin conocerlo, pero también que algunos filósofos epicúreos y estoicos lo consideraron un charlatán, y otros se burlaron cuando les predicó la resurrección de los muertos (Hechos, 17:16-34). Como recordaba Ratzinger, si bien existe un «Platón cristiano» también existió siempre un «Platón anticristiano»: «el platonismo (…) ofreció al cristianismo la más intensa resistencia y se entendió como su polo opuesto» («Variaciones sobre el tema. Fe, religión y cultura», en Fe, verdad y tolerancia). Por otro lado, incluso algunas ideas de santo Tomás de Aquino, la gran figura modelo de la síntesis entre razón y fe –que él basó en buena medida sobre sus estudios de Aristóteles y Averroes– fueron condenadas, junto con algunas de estos dos pensadores, por los obispos de París en la década de 1270. 

En el discurso de Ratisbona, Benedicto XVI se refirió a diversas etapas en el debate sobre la «deshelenización» del cristianismo, en el cual se cuestiona el valor y significado de la síntesis operada en la Iglesia antigua con el helenismo o cultura griega. A su modo de ver, «las opciones fundamentales que atañen precisamente a la relación entre la fe y la búsqueda de la razón humana forman parte de la fe misma, y son un desarrollo acorde con su propia naturaleza». Pero tanto desde la fe como desde la razón existen cuestionamientos al respecto. Así, observa Ratzinger que «En el mundo occidental está muy difundida la opinión según la cual solo la razón positivista y las formas de la filosofía derivadas de ella son universales». Esta idea fue parte del conocido debate que Ratzinger sostuvo con Jürgen Habermas, quien abordó el proceso occidental de secularización, refiriéndose al Occidente de hoy como «un poder secularizador de alcance mundial». Señalaba Ratzinger que tanto el cristianismo como la razón occidental moderna se presuponen a sí mismos como universales, pero de hecho no lo son. Incluso, dentro de Occidente mismo, la cosmovisión cristiana convive –frecuentemente en tensión– con «la cultura secular de una estricta racionalidad». Tanto el cristianismo como la racionalidad secular, insiste Ratzinger, deben aprender a escuchar a las demás culturas entablando «una verdadera correlacionalidad». 

Para Yaron Brook –presidente del Ayn Rand Institute–, la esencia de la civilización occidental radica en la razón y el individualismo, ideales de la Ilustración originados en la antigua Grecia y florecidos en las revoluciones industrial, científica y americana. Aspira a que la filosofía secular reemplace a la religión. Para Andrew Sullivan –autoproclamado conservador–, la civilización occidental es la unión entre la teología judía y la razón griega, el hombre necesita tanto la razón como la revelación, y solo la religión puede dar sentido a la vida. Ambos sostuvieron un debate preguntándose si vale la pena salvar la civilización occidental. Ayn Rand consideraba la religión como creencia no sustentada por o contraria a los hechos de la realidad y las conclusiones de la razón. La fe es la negación de la razón, «extremadamente nociva» para la vida humana. Si bien algunas religiones, en tanto formas primitivas de filosofía, tienen enseñanzas morales valiosas, su base en la fe es «peligrosa o malévola». La elección entre fe y razón es, para Rand, simplemente inconcebible. Según Rand, la cruz simboliza el sacrificio del ideal (Cristo) al no ideal (los pecadores), algo que le resulta indignante. Además, en nombre de ese símbolo se pide a las personas que se sacrifiquen a sí mismos «por sus inferiores», lo cual ella considera «tortura». 

Warren Orbaugh, en su libro El retorno del superhombre, expone la interpretación según la cual la noción de derechos individuales –algo tan relevante en algunas de las principales visiones de Occidente– sería una noción egoísta que choca con la ética cristiana, entendida como ética de la abnegación en que el sacrificio es una obligación moral. Pone en boca de su personaje una equiparación entre los cristianos y los socialistas, ambos caracterizados como vampiros, chupasangres. Específicamente, el cristianismo sería el indecente y envidioso vampiro que destruyó el imperio romano, «donde todo espíritu respetable era epicúreo». Todo culpa de san Pablo, que violentaba implacablemente la verdad para ganar seguidores ingenuos, insensatos e inmaduros: «La fe de la envidia y del odio a lo bueno por ser bueno. Del odio del mediocre al excepcional, del rebaño al independiente, del sumiso al espíritu libre, del mal constituido al hermoso, orgulloso, al feliz». Expresa «repugnancia fisiológica» ante el célebre libro La imitación de Cristo de Tomás de Kempis, «despreciador del sentido de la tierra». Entiende que la religión propone como ideal moral la negación de la vida y de los propios valores, la degradación, la deshonra y el sacrificio, finalidades que considera malas. Las religiones son engaños, y saben que lo son, no se basan en la razón sino en ideas contrarias a la lógica. La fe es la mentira. Es gracias a la Ilustración que se redescubrieron los sistemas morales griegos de Aristóteles y Epicuro, que promueven la autorrealización y no la abnegación, al hombre como valor y fin en sí mismo cuyo propósito es lograr su propio bienestar. En esta visión, valores occidentales fundamentales como la racionalidad y la libertad no solo excluirían a la fe –cualquier religión o «misticismo» en general– sino, más aún, serían contrarios e inconciliables con ella. Es sólo una muestra de otras versiones de Occidente en que el cristianismo –concretamente, la Cristiandad medieval– no es continuidad sino paréntesis desafortunado y tenebroso: Occidente –el esplendor grecolatino– durmió hasta ser despertado por la modernidad secularista. 

En su reciente libro Freedom. An unruly history, Annelien de Dijn explora la historia de la libertad como idea política occidental. Desde la antigua democracia ateniense hasta las revoluciones americana y francesa, la libertad se entendió en su dimensión política como autogobierno, como participación cívica en la gestión de la cosa pública. Paralelamente, también desde la antigua Grecia se desarrolló la idea de que la democracia no era sino gobierno de la chusma, tiranía de las mayorías, y que el gobierno debía estar en manos de una minoría o un individuo iluminados. Estas tensiones se alternaron a lo largo de la historia, eventualmente conduciendo a la distinción entre libertad civil y libertad política, entendiendo que una no es esencial para la otra, y que libertad no es la posibilidad positiva de participar en el (auto) gobierno sino simplemente la realidad negativa de ser dejado en paz por el gobierno. La tradición republicana –que, según Philip Pettit, se caracteriza por la idea de libertad como no-dominación, la constitución mixta y la ciudadanía contestataria– fue reinterpretada como contrapuesta a la democracia, originando relecturas de la revolución americana en esa clave. Pero los detalles históricos siempre son más complejos. Así, por ejemplo, el actual énfasis sobre la libertad económica y la propiedad privada quizá chocarían con la visión de Thomas Jefferson, para quien «un gobierno verdaderamente republicano» debía erradicar «toda fibra de aristocracia antigua o futura», evitando la acumulación y perpetuación de riqueza en individuos y familias selectas y manos muertas, así como promoviendo la educación general para que todos ejerzan inteligentemente su parte en el autogobierno.     
En parte, los cambios en el concepto político de libertad surgieron como reacción ante los excesos de la revolución francesa. Con el tiempo, autores como Francis Lieber concebirían una diferencia entre la libertad anglicana y la libertad galicana, contraponiendo los modelos constitucionales de Inglaterra y Francia. Se distingue también entre libertad antigua, medieval o moderna, griega o romana, pagana o cristiana, americana o inglesa. La libertad galicana es evaluada negativamente, por basarse en las ideas de Rousseau opuestas a la institucionalidad representativa, favoreciendo en cambio la supremacía mayoritaria. Si la libertad es uno de los pilares de la civilización occidental, ¿a qué modo de entenderla nos referimos? ¿Cuál es «más occidental» (si se permite la expresión)?   

Espera la parte II la próxima semana.