A Dios lo que es de Dios

Homilía del 29° domingo de tiempo ordinario

Por Monseñor Mario Alberto Molina

El pasaje evangélico de hoy relata otra de las controversias que Jesús sostuvo durante su ministerio en Jerusalén, tal como lo relata el evangelista san Mateo. Se trata de una pregunta capciosa que un grupo de fariseos le plantea a Jesús. Ellos preguntan a Jesús si es lícito a un judío pagar impuestos al imperio romano que era el poder político y militar que ocupaba Judea. Los tributos se pagaban al emperador, al César. El evangelista no explica en qué consistía la trampa. Sabemos que dejar de pagar el impuesto se consideraba un acto de rebeldía contra Roma, delito que podía ser sancionado con penas muy graves. Pero a partir de la respuesta de Jesús, uno puede pensar que había algo más en la pregunta. No se trataba solo de acusar a Jesús de rebeldía contra Roma, si decía que no había que pagar o de acusarlo de ser colaborador, si declaraba que sí había que pagar. Parece que la pregunta tenía un alcance teológico. Pagar el impuesto de algún modo comprometía la fidelidad al Dios de Israel. De otro modo no se entiende la respuesta de Jesús. Reconocer al César pagándole impuestos suponía que la soberanía de Dios sobre su pueblo había cesado o era subordinada. Pagarle impuestos al César suponía una especie de reconocimiento del carácter divino del poder romano, pues la moneda con que se pagaba así lo decía: “al divino César”. La moneda también tenía acuñada la imagen del rostro del emperador. 

Jesús pide que le muestren una moneda, de las que se utilizaban para pagar el tributo, una moneda romana, dinero que circulaba libremente en Judea en ese tiempo. Jesús se fija en la imagen y en la inscripción y pregunta: ¿De quién es esta imagen y esta inscripción? La respuesta es obvia: Del César. Sin embargo, la respuesta de Jesús se presta y de hecho se ha prestado a variadas interpretaciones a lo largo de la historia del cristianismo. Respondió Jesús: Den, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. 

Un primer significado más obvio es que pagar el tributo no compromete ni menoscaba las obligaciones para con Dios. Frente a aquellos que esperaban que Jesús optara por la resistencia al pago del tributo en nombre de la fidelidad a Dios, Jesús responde que una cosa no compromete la otra. Pagar impuestos es una obligación ciudadana. El emperador, aunque se proclame dios, no es Dios. Pero cumplir con las obligaciones civiles es una responsabilidad de todo ciudadano: hay que pagar impuestos. Pero el estado o sus gobernantes no son nunca la realidad suprema, ante las que deba capitular la conciencia y la libertad personal. Dios es soberano incluso del emperador. 

Y este es un segundo significado que se puede desentrañar de la respuesta de Jesús, aunque no sea un sentido tan obvio. Las pretensiones del poder humano tienen límites, aunque quienes detentan ese poder crean lo contrario. Se han dado en el mundo tantos regímenes totalitarios que funcionan como dueños de vidas y haciendas de los habitantes de los territorios donde ejercen su poder omnímodo. No. Esas pretensiones son vanas e ilusorias. Dios está por encima y es el garante de las libertades y derechos de las personas frente a la autoridad arbitraria, que se ejerce al margen de toda ley moral. 

La primera lectura elegida para la liturgia de este día es un antiguo oráculo del siglo V a. C., que proclama que, aunque el emperador persa Ciro cree que su poder es supremo, en realidad es un instrumento de Dios. Este fue el emperador que quitó la hegemonía al imperio babilónico y puso fin al destierro de los judíos, permitiéndoles el regreso a Judea. El profeta habla en nombre de Dios para declarar que Ciro ejecuta designios de Dios, aun 

que él mismo no lo sabe, pues ni siquiera conoce a Dios: Por amor a Jacob, mi siervo, y a Israel, mi escogido, te llamé por tu nombre y te di un título de honor, aunque tú no me conocieras. Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay Dios. Te hago poderoso, aunque tú no me conoces, para que todos sepan, que no hay otro dios fuera de mí. 

¿Qué significa eso? Que el poder político, toda autoridad humana, está sujeta a Dios, pues debe ejercer el poder de acuerdo con la ley moral. Los gobernantes y todos los que están constituidos en autoridad, sea civil, eclesiástica o empresarial deben gobernar de acuerdo con la ley moral y deben saber que en conciencia deberán dar cuentas a Dios del modo como han gestionado la autoridad y el poder. Si la moneda del tributo al César llevaba acuñada la imagen y la inscripción del César, todo ser humano lleva acuñada en sí mismo la imagen de Dios, por la que le pertenecemos a Él y a Él debemos rendirle cuentas. 

Hace unos años, se recurría a este texto para justificar la separación de la Iglesia y el Estado como entidades autónomas, que no se subordinan una a la otra. En realidad, el texto no habla de la Iglesia y el Estado, sino de Dios y del César y está claro que el poder del César ni de lejos compromete la soberanía de Dios, a la que incluso el César está sometido. La Iglesia también está sometida a Dios, pues sus miembros estamos sometidos al juicio de Dios. Aunque la Iglesia sea la institución por la cual Dios actúa en el mundo, sus ministros no pueden arrogarse los derechos y la dignidad que solo pertenecen a Dios. Cuando han pretendido hacerlo se han corrompido. La Iglesia tiene unos fines superiores a los del Estado, pues su propósito es unir a los hombres con Dios Padre. Reconocerlo como tal nos hace a todos hermanos. La Iglesia, en ciertos aspectos, se somete a las disposiciones del Estado, como lo hemos hecho ahora acatando las disposiciones sanitarias sobre el Covid-19 o cuando paga los impuestos que le corresponden. Pero la Iglesia también tiene la autoridad para recordar, en nombre de Dios, incluso a las autoridades del Estado, su condición de hombres sometidos en conciencia al juicio de Dios y llamados también a participar de su gloria, haciéndose idóneos por medio de una conducta moralmente recta. 

La pregunta capciosa que le pusieron a Jesús fue ocasión para que él aclarara asuntos que con frecuencia se ofuscan en nuestra mente. Dios es soberano. No hay poder humano, por más hinchado que se muestre, que le esté a la par y menos que pretenda suplantarlo. Los esfuerzos de omitir toda referencia a Dios en las cosas de este mundo acaban en opresión, aberración moral y miedo. Dios es el garante de nuestra libertad responsable. Por eso lo reconocemos a Él y a su Mesías como Señor de señores y Rey de reyes.