La ética de primera persona

Por Moris Polanco

Entre las distintas teorías éticas, la aristotélica se caracteriza por ser una ética «de primera persona», a diferencia de las llamadas éticas de «tercera persona». Esto significa que la primera pone como criterio de bondad o de maldad el efecto que la acción que el sujeto realiza tiene en su propio carácter o personalidad, mientras que las segundas se fijan en el efecto o resultado externo, ajeno al sujeto, de una acción. 

Los existencialistas insistían en el hecho de que «todo elegir es un elegirnos». Esto es: cuando elegimos dar el lugar a una señora en el autobús, por ejemplo, estamos eligiendo ser caballeros. Cuando una mujer decide vestirse con elegancia está eligiendo ser una dama; pero si elige vestirse de forma provocativa está eligiendo ser una hembra. Somos lo que hacemos, no podemos separar nuestro ser de nuestro obrar. Ese es el punto que enfatizan las éticas de primera persona, como la aristotélica o la tomista.

Ejemplo típico de una ética de tercera persona es el utilitarismo, que mide el valor moral de una acción por los resultados o consecuencias positivas que tiene. Su máxima es «haz aquello que produzca el mayor beneficio para el mayor número de personas». Se llama de tercera persona porque la acción se juzga desde una perspectiva externa, como la de un narrador que no habla desde su interior ni se dirige a un interlocutor sino que habla de lo que las demás personas hacen. Se juzgan desde fuera: Fulano de tal (él) es una buena persona porque es muy dadivoso.

También la ética kantiana o ética deontológica es una ética de tercera persona, porque pone el énfasis en la adecuación que la acción guarda con la norma o el deber moral. El efecto que el cumplimiento del deber tiene en la persona que actúa es secundario; el criterio por el que se juzga la bondad o no de una acción es «lo que debe hacerse».

Llevados por un criterio utilitarista, algunos hacen una pregunta retórica para justificar su doctrina. La pregunta es: «¿quién ha hecho mayor bien a la humanidad: Bill Gates o la Madre Teresa de Calcuta?». Lo primero que se nos ocurre preguntar o aclarar es: «depende de lo que usted entienda por bien». Pero el asunto va más allá, y tiene que ver con la intuición ética común a todas las personas que la ética tiene que ver con lo que nos hace buenos o malos, y no con las consecuencias de nuestras acciones, muchas veces impredecibles.

Suponga que Bill Gates y la Madre Teresa mueren y se presentan ante el juicio de Dios. ¿Qué se les preguntará? San Juan de la Cruz decía «a la tarde (en la hora de nuestra muerte) te examinarán en el amor». Como dice aquel canto litúrgico: «amar es entregarse, olvidándose de sí, buscando lo que al otro, pueda hacer feliz…» De cara al juicio divino, no importan los resultados de nuestras acciones, sino la clase de persona en la que ellas nos convirtieron. Nuestra misión en esta vida no es hacer cosas, lograr metas y resultados, sino hacernos santos.