Fratelli Tutti: la amistad y la globalización

Por Carroll Ríos de Rodríguez

La nueva encíclica del papa Francisco es un extenso documento con 287 puntos que abarca una gama de temas. El contenido se teje con un hilo conductor bello: una exhortación a todas las personas de buena voluntad para que veamos en el otro a un hermano. Queda como tarea estudiar a fondo la encíclica Fratelli Tutti, pero adelantamos unas reflexiones iniciales; dejamos para otra oportunidad el comentario sobre las referencias a la economía. Esta encíclica es «tutti Francesco»: el pontífice argentino es conocido por referirse regularmente a los descartados y marginados, los migrantes, la globalización, la ecología, la tecnología, los medios, los sistemas económicos y políticos, y más. Y le encanta la palabra social: ¡aparece 126 veces!

Los olvidados y los migrantes, así como el cuidado del ambiente, protagonizan esta encíclica. También figura como un macro-tema en Fratelli Tutti la globalización. El llamado al amor fraternal traspasa las fronteras políticas, culturales y religiosas, pero no es sencillo visualizar el modelo de sociedad mundial que encaja con los lineamientos trazados por el pontífice.

Los olvidados, los migrantes y el ambiente

La alusión al beato Charles-Eugene de Pontbriand, o Carlos de Foucauld (1858-1916) nos ayuda a entender esta encíclica. Justo al final del documento, el papa Francisco confiesa que la trayectoria de Foucauld le inspira, porque él abandonó una vida acomodada y títulos nobiliarios para dedicarse a personas olvidadas, unos nómadas pertenecientes al grupo étnico Tuareg que practican el islam sincrético. Aunque logró pocas conversiones al catolicismo durante los años que vivió junto a ellos, Carlos quiso hacerse su «hermano universal». Esta vocación le surgió al beato francés ya tarde en la vida, a los 46 años, luego de una colorida existencia que incluye una juventud alejada de Dios, un tiempo con el ejército y otro como viajero por el Norte de África. Arranca su vida religiosa cumplidos los 32 años, primero como monje trapense, luego como sirviente de las Hermanas Clarisas en Nazaret, y posteriormente como sacerdote en Beni Abbés, en el Sahara argelino. En esas lejanas tierras, Carlos atendió, en sus propias palabras, a «las ovejas perdidas» y «las almas más abandonadas». El beato hizo lo que el papa nos propone: vio a todos los hombres, y especialmente al forastero, de igual a igual, con amor fraternal y buscando sinceramente su bien (bene-volentia). 

Foucauld migró muchas veces en su vida; los migrantes poseen tantos derechos como los no migrantes. El pontífice los lleva en el corazón. El primer viaje oficial del vicario de Cristo, el 8 de julio del 2013, fue a Lampedusa, una pequeña isla italiana a través de la cual entran a Europa refugiados del norte de África. En esa visita condenó la «globalización de la indiferencia» hacia los sufrimientos de estas personas. Con frecuencia, el migrante huye de la guerra, la persecución o la hambruna en su tierra natal, para luego radicarse en países extraños donde experimenta el rechazo. El papa Francisco se sirve de la parábola del buen samaritano para retratar al migrante como el forastero que es, en realidad, nuestro «prójimo». Requiere atención y amor. Escribe el papa Francisco, en el punto 68, que «hemos sido hechos para la plenitud que sólo se alcanza en el amor.»  Más adelante agrega que la interacción entre el necesitado y el buen samaritano desvanece las etiquetas que separan a los dos sujetos de la historia: «Ya no hay distinción entre habitante de Judea y habitante de Samaría, no hay sacerdote ni comerciante; simplemente hay dos tipos de personas: las que se hacen cargo del dolor y las que pasan de largo; las que se inclinan reconociendo al caído y las que distraen su mirada y aceleran el paso». A lo largo de la encíclica, el pontífice reflexiona sobre cómo podemos abrir nuestro corazón a personas de otras nacionalidades, razas, religiones, creencias, estatus social y más, para vivir en comunidades a la vez plurales y pacíficas.

Fratelli tutti continúa con los argumentos esbozados en su encíclica del 2015, Laudato Si’, la cual recibe veinte menciones en este nuevo escrito. Hace cinco años, el pontífice hizo notar que el verbo operativo en la relación hombre-ambiente es custodiar: somos guardianes de la tierra. Rendimos cuentas al Creador de nuestros actos para con los recursos naturales a nuestra disposición. Los católicos aceptan el principio del destino común de la creación, del que se desprende la consideración del planeta como una «casa común». ¿Si hemos de cuidar del entorno material, acaso no tenemos que cuidar, incluso con más ahínco, al prójimo? Es peor el descarte de una persona que de un recurso natural. A criterio del papa Francisco, agregados los seres humanos formamos un «uno»: una comunidad, una familia, una hermandad, una fraternidad…En el punto 17, el papa Francisco escribe: «Cuidar el mundo que nos rodea y contiene es cuidarnos a nosotros mismos. Pero necesitamos constituirnos en un “nosotros” que habita la casa común». Más adelante, en el punto 257, advierte que el daño al medio ambiente y a los bienes culturales constituye una irreparable pérdida «para la comunidad global».

Globalismo cosmopolita

La propuesta papal para lograr la gobernanza mundial es bastante más compleja que los puntos anteriores. Queda clarísimo que hay cosas que el papa Francisco quisiera erradicar: el hambre, la guerra, la prepotencia, los abusos, la instrumentalización del otro, las divisiones y la indiferencia. Nos advierte en contra de una engañosa «ilusión global» y una globalización superficial: «Hay una falsa apertura a lo universal, que procede de la superficialidad vacía de quien no es capaz de penetrar hasta el fondo en su patria…» (145) 

Su atractiva visión de una familia humana conviviendo en paz retrata al papa como un globalista, pero surge la duda: ¿es el pontífice partidario de abolir los estados en favor de un gobierno único mundial? Frases como «hay que asumir con cordialidad lo local» (142) y «tampoco estoy proponiendo un universalismo autoritario y abstracto, digitado o planificado por algunos y presentado como un supuesto sueño en orden a homogeneizar, dominar y expoliar» (100) parecen indican que no llegaría a tal extremo. Teólogos como Leonardo Boff han sido más directos; él comentó que urge crear un «centro plural de gobierno mundial» y suscribir un «contrato social global».  ¿Simpatizará S.S. Francisco con Boff?

Uno de los párrafos torales de la encíclica lee así: 

127. … si se acepta el gran principio de los derechos que brotan del solo hecho de poseer la inalienable dignidad humana, es posible aceptar el desafío de soñar y pensar en otra humanidad. Es posible anhelar un planeta que asegure tierra, techo y trabajo para todos. Este es el verdadero camino de la paz, y no la estrategia carente de sentido y corta de miras de sembrar temor y desconfianza ante amenazas externas. Porque la paz real y duradera sólo es posible «desde una ética global de solidaridad y cooperación al servicio de un futuro plasmado por la interdependencia y la corresponsabilidad entre toda la familia humana».

Supongo que la frase «otra humanidad» alude a nuestras falencias, en comparación con lo que podríamos ser si nos esforzáramos más por imitar a Jesús. Con todo y nuestros defectos, somos, en sus ojos, una sola familia humana compuesta por personas dotadas de los mismos derechos y una dignidad inalienables.

Excluyendo la postura del gobierno único, habría que dilucidar si el análisis del papa encaja dentro una de las tres concepciones de la sociedad global que manejan los internacionalistas. Mark Amstutz (2013, 30-31) las resume así: un sistema de estados, una sociedad de estados o una comunidad mundial.  El primer sistema se asocia con Thomas Hobbes (1588-1679), el filósofo realista de la ilustración, quien describió el orden internacional como compuesto por naciones soberanas e independientes. Los gobiernos se esfuerzan por establecer el orden político dentro de su jurisdicción política y protegen a sus ciudadanos contra la agresión externa. 

Una sociedad de naciones respeta la soberanía nacional, pero afirma que es posible desarrollar un sistema de justicia internacional con base en normas de derecho natural universales. Hugo Grocio (1583-1645) es el precursor de esta tendencia híbrida, a veces etiquetada como comunitarianismo. Quizás aquí quepa mencionar el internacionalismo, que concibe al mundo como un conjunto de comunidades que coexisten unas con otras. Podemos mencionar a internacionalistas liberales, como John Stuart Mill (1806-1873) o Richard Cobden (1804-1865) y al internacionalismo proletario de Karl Marx (1818-1883), dos extremos ideológicos que comparten el interés por lo internacional.

Finalmente, existe una concepción idealista o cosmopolita, la de los «ciudadanos del mundo», que se identifica principalmente con el ensayo de Immanuel Kant (1724-1804), «Paz Perpetua». La paz duradera requiere de la formación de una comunidad universal, donde las personas son hospitalarias unas con otras y desarrollan vínculos económicos, políticos y culturales. Kant no llegó a proponer un gobierno único mundial, pero defendió la creación de «regímenes constitucionales que reconozcan las obligaciones morales basadas en la razón universal». 

Existen varias versiones del cosmopolitismo, y entre ellas, una versión católica.  Es lógico que los teólogos escolásticos como Francisco de Vitoria o Domingo de Soto meditaran las implicaciones del encuentro entre Europa y América, pues, durante el reinado de Felipe II, el sol no se ponía sobre el imperio español. En 1511, fray Antón Montesino exclamó: «Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios?…¿Estos, no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amallos como a vosotros mismos?». El papa podría sustituir la palabra indios por migrantes, y hacer eco del sentimiento de Montesino.

En 1942, el filósofo católico Jacques Maritain (1882-1973) abogó por la redacción de una carta democrática que debía contener acuerdos mínimos sobre derechos, libertades, el rol del estado, «la amistad cívica y el ideal de la fraternidad», los deberes de cada nación y alguna mención a la educación por ser el «medio primordial para estimular la fe común secular en la carta democrática».  Opina Leonard Taylor que el principio de justicia social asociado con la doctrina social católica es cosmopolita, por cuanto las asociaciones civiles pueden convertirse en fuerzas transnacionales que mitigan la concentración del poder nacional. Al reconocer que los derechos básicos de las personas anteceden el establecimiento del Estado y son comunes a la humanidad, se elabora una «revisión de una tradición histórica ajustada a la modernidad del siglo XX». 

Pocos años después de que Maritain publicara su ensayo, se firmó la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), la cual fusionó distintas tradiciones jurídicas y culturales y fue aprobada por diplomáticos de múltiples países en la Asamblea de la ONU. Reconoce unos derechos comunes a todos los habitantes de la tierra y nos brinda un lenguaje común para hablar de derechos. La declaración se nutre de principios cristianos y de la doctrina del derecho natural, pero también presta del humanismo secular.

Según Moyn, la declaración de la ONU no solo entronó la noción de los derechos universales, sino inauguró el «cosmopolitismo benefactor», asociado con doctrinas del Estado benefactor.  La destructiva II Guerra Mundial pavimentó el camino para una mayor injerencia estatal en cuestiones socio-económicas, de tal forma que la declaración de la ONU actuó como una lista de referencia para servicios provistos por el gobierno. Se globalizó la idea de que es responsabilidad gubernamental proveer una plétora de servicios.  

En la encíclica, el Papa Francisco es alternativamente partidario del comunitarismo, el internacionalismo liberal y el cosmopolitismo. Se perfila como benefactor al pedir «tierra, techo y trabajo para todos» pero al mismo tiempo sigue en los pasos de Maritain cuando afirma, en el punto 189, que «estamos lejos de una globalización de los derechos humanos más básicos».  El trabajo de los laicos, profesionales en las ciencias sociales y en otras disciplinas, es dialogar sobre las implicaciones concretas del globalismo en esta encíclica, así como trazar sus antecedentes y coincidencias con la doctrina social de la iglesia.

Conclusión

La sociedad donde las personas de distintas creencias religiosas acogen al forastero-migrante y cuidan de su entorno debe construirse sobre la base de la tradición ética, jurídica y económica de occidente. La mera noción de persona, y de una persona con libertad, derechos y responsabilidades, emerge en occidente, y gracias al trabajo teológico y filosófico de brillantes cristianos. Solo las personas libres y responsables son capaces de la interdependencia, la donación gratuita, la fraternidad y la solidaridad. Es decir, solo las personas libres y responsables contribuyen al florecimiento humano y se acompañan unas a otras en la aventura de detectar su vocación, trabajar y crecer en esta tierra, sin quitar la vista de la promesa de la vida eterna.


 Para más detalles sobre el beato, ver el sitio Familia Espiritual Charles de Foucauld, «Biografía de Carlos de Foucauld», https://www.charlesdefoucauld.org/es/biographie.php

Ver el punto 112 de Fratelli Tutti, recuperado de http://www.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/papa-francesco_20201003_enciclica-fratelli-tutti.html

Ver Doody, Cameron, «Liberation theologian Boff, on COVID-19: “To return to ‘business as usual’ could mean our self-destruction”», Novena News, 8 de mayo del 2020, recuperado de https://novenanews.com/liberation-theologian-boff-covid-19-destruction/

 En 2009, el antecesor de Francisco, S. S. Benedicto XVI publicó la encíclica Caritas in Veritate, donde habló de la familia humana y la comunidad de los pueblos y naciones, «en una sociedad en vías de globalización». (Punto 17), recuperada de http://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/encyclicals/documents/hf_ben-xvi_enc_20090629_caritas-in-veritate.html

 Amstutz, Mark (2013)

 Para G.K. Chesteron, por ejemplo, el internacionalismo es lo opuesto del globalismo, así que estas clasificaciones puede variar de autor en autor.

 Ver Bell, Duncan (2007). «Liberal Internationalism», Britannica, recuperado de https://www.britannica.com/topic/liberal-internationalism 

Ver «Brief history of Marxist Internacionalism», Socialist Revolution, recuperado de https://socialistrevolution.org/brief-history-of-marxist-internationalism/

Ver la entrada «Cosmopolitanism» en la Stanford Encyclopedia of Philosophy, recuperada de https://plato.stanford.edu/entries/cosmopolitanism/ 

 Encontré partes del sermón en Tamayo, Juan José, «El sermón de fray Antón Montesino», El País, 20 de diciembre del 2011, recuperado de https://elpais.com/internacional/2011/12/20/actualidad/1324363557_774301.html

 Gentile, Jorge Horacio, «La Democracia en Jacques Maritain»,UCES:  Revista Jurídica, recuperada de http://dspace.uces.edu.ar:8180/jspui/bitstream/123456789/383/1/La_democracia_en_Jacques_Maritain.pdf

Taylor, Leonard, «Catholic cosmopolitanism and human rights», The Irish Times, 26 de febrero del 2020, recuperado de https://www.irishtimes.com/culture/books/catholic-cosmopolitanism-and-human-rights-1.4185678

 Moyn, Samuel, «The Universal Declaration of Human Rights of 1948 in the History of Cosmopolitanism», Critical Inquiry, Vol. 40, No. 4, University of Chicago Press, recuperado de https://en-law.tau.ac.il/sites/law-english.tau.ac.il/files/media_server/Law/MinervaImages/pdfs/Moyn1948.pdf