«Fratelli Tutti» es una familiar mezcla de afirmaciones debatibles, hombres de paja y genuinos discernimientos

Por Samuel Gregg

Este artículo fue publicado el 7 de octubre del 2020 en el Acton Institute News and Commentary y traducido con permiso del autor por Carroll Rios de Rodríguez

Una de las primeras cosas que impresionará a los lectores de la nueva encíclica social del papa Francisco, Fratelli Tutti, es su notoria longitud. Supera las 43,000 palabras en inglés (incluyendo las citas), y eso es más que el Libro del Génesis (32,046) y tres veces el tamaño del Evangelio de Juan (15,635).

A pesar de su longitud, hay poco en este texto que no hayamos escuchado decir a Francisco con antelación, de una forma o de otra. Pero si el tópico es la pena de muerte o su tema sobre el encuentro, esta encíclica condensa en un solo documento los particulares énfasis, las específicas preocupaciones y las esperanzas generales para la Iglesia y el mundo de Francisco. Eso incluye lo mejor de Francisco, pero también lo que yo considero como algunos de sus duraderos puntos ciegos.

Como la mayoría de las encíclicas sociales, Fratelli Tutti se dirige a una mezcolanza de asuntos. Estos van desde un análisis detallado del populismo contemporáneo hasta las exploraciones sobre el significado de la bondad, la reciprocidad y la gratuidad. Al discutir estos y otros temas, Fratelli Tutti insiste en que los cristianos y otros necesitan ser abiertos para poder aprender de los demás. De hecho, la palabra «abierto» se usa no menos de 76 veces, y va de la mano con el énfasis que pone en la necesidad de dialogar (a la cual alude 49 veces). Es en ese espíritu que me gustaría ofrecer respuestas a dos características de la encíclica que, yo sugiero, requieren mayor atención.

San Francisco y el sultán

La figura de San Francisco de Asís aparece engrandecida a lo largo de este pontificado, no menos por el hecho que Jorge Bergoglio imaginativamente tomó su nombre cuando fue electo papa en 2013. Fratelli Tutti comienza invocando el famoso encuentro entre San Francisco y el Sultán Malik-el-Kamil en Egipto, en medio de la quinta cruzada. Afirma que el santo dijo a sus seguidores que cuando fueran «entre sarracenos y otros infieles […] no promuevan disputas ni controversias, sino que estén sometidos a toda humana criatura por Dios». Luego, el papa Francisco agrega: «Nos impresiona que ochocientos años atrás Francisco invitara a evitar toda forma de agresión o contienda y también a vivir un humilde y fraterno “sometimiento”, incluso ante quienes no compartían su fe».

A primera vista, esto sugiere que San Francisco fue más bien manso y delicado cuando se encontró con uno de los más poderosos gobernantes musulmanes de su época. Ese, sin embargo, no es el caso. La historia completa es mejor contada por Augustine Thompson O.P., en Francisco de Asís: una nueva biografía (2012). Una de las fortalezas del libro es que demuele muchos de los mitos que han crecido alrededor de Francisco de Asís, mediante una atención y una evaluación cuidadosa y meticulosa de fuentes primarias.

Como relata Thompson, cuando el sultán preguntó a Francisco y a su compañero el propósito de su visita, el santo «fue inmediatamente al grano. Él era el embajador del Señor Jesucristo y había venido para la salvación del alma del sultán. Francisco expresó su voluntad de explicar y defender el cristianismo». 

Lo que se siguió fue un intercambio de afirmaciones por Francisco y los consejeros religiosos del sultán (que le dijeron al sultán que debía ejecutar a Francisco por «predicar contra Mohamed y el islam») en el cual las dos partes delinearon las respectivas reclamaciones sobre la verdad del cristianismo y del islam. Francisco entonces se enfrascó en una «larga conversación» con el sultán en la cual «continuó expresando su fe cristiana en el Señor Crucificado y su promesa de salvación». El santo, en ningún momento, enfatiza Thompson, habló mal del profeta Mohamed. Pero Francisco no estaba allí para intercambiar cortesías diplomáticas. Él quería convertir al sultán al cristianismo a través de sus palabras y sus acciones.

Saco estos hechos a colación sobre el encuentro entre San Francisco y el sultán porque es importante saber que, en la medida en que este fue un diálogo, el santo se enfocó en dirigirse a la cuestión de la verdad religiosa. Fratelli Tutti no retrata así dicha reunión.

Este es un problema porque al menos que sepamos la verdad completa sobre una persona o evento, es fácil incentivar ilusiones o hasta malas representaciones de lo que alguien está tratando de decir o hacer en un momento dado. A partir de este criterio, la representación de San Francisco en Fratelli Tutti es incompleta.  

Hombres de paja económicos

Tampoco es suficiente, y, desafortunadamente, esto ha caracterizado el pontificado de Francisco desde el principio, el tratamiento que hace Fratelli Tutti de las preguntas económicas. Aparentemente, no importa cuántas personas (no todas de las cuáles pueden ser tildadas de ser conservadores fiscales) iluminen las caricaturas económicas que pueblan los documentos de Francisco, un pontificado que se enorgullece por su compromiso con el diálogo simplemente no está interesado en tener una conversación seria con relación a asuntos económicos fuera de un círculo muy restringido. 

La encíclica habla, por ejemplo, de «quienes nos harían creer que la libertad de mercado es suficiente para mantener todo seguro». (168) ¿Quiénes, debo preguntar, son estas personas? ¿Y dónde afirman esto? Si tal postura existe, sugeriría yo, la encontraríamos entre una minoría de libertarios radicales del tamaño de una cabina de teléfono con nula influencia en la formación de políticas económicas en cualquier parte.

En el mismo párrafo, Francisco sugiere que «el mercado solo no resuelve todo, aunque otra vez nos quieran hacer creer este dogma de fe neoliberal». Otra vez. Respetuosamente pregunto: ¿quiénes son estos «neoliberales» que creen que los mercados pueden solucionar todos los problemas? Si uno va a formular tal reclamación, uno debería presentar evidencia para respaldarla. También es el caso que algunos de los más prominentes liberales de mercado han estado argumentando por décadas que los mercados requieren de todo tipo de hábitos morales decididamente no-comerciales, así como del establecimiento de prerrequisitos institucionales y culturales para que los individuos y los negocios puedan crear valor económico y ofertar a las personas aquellos bienes y servicios que necesitan. Ese hecho, sin embargo, parece haber sido ignorado por los redactores de la encíclica.  

O, considere esta línea: «La especulación financiera con la ganancia fácil como fin fundamental sigue causando estragos». (168) Quien sea que haya redactado esta oración evidentemente no comprende que la especulación juega un rol ayudando a estabilizar los precios a lo largo del tiempo y elevar la predictibilidad de los costos probables a futuro. Sí, la especulación puede ser abusada. Pero cuando se hace bien, la especulación financiera ayuda a crear eficiencias en la inversión y el desarrollo del capital por individuos y negocios que, mientras ciertamente está diseñada para producir ganancias, también puede promover una mejor custodia de los recursos de capital disponibles y que de otra forma podrían ser desperdiciados.

En otra oración, Francisco afirma (citándose a sí mismo) que «sin formas internas de solidaridad y de confianza recíproca, el mercado no puede cumplir plenamente su propia función económica. Hoy, precisamente esta confianza ha fallado». (168)

Ese es un enunciado no cualificado, y me lleva a preguntar: ¿de verdad ha fallado esta confianza? Incluso en nuestro mundo altamente fragmentado por el COVID, millones de personas alrededor del mundo siguen efectuando intercambios de mercado con otras personas a quienes jamás han conocido, y lo hacen sobre la base de promesas. Todo esto implica confianza. Si tal confianza no existiera, la economía global y las economías nacionales y locales habrían dejado de funcionar tiempo atrás. 

Ciertamente es verdad que hay sociedades, más notablemente en América Latina, grandes partes de Asia y muchos países en vías de desarrollo, donde son más difíciles de encontrar altos niveles de confianza fuera del entorno de la familia extendida. Esto entorpece el funcionamiento del intercambio económico. Pero estas circunstancias tienen poco que ver con los mercados per se, y mucho más que ver con patrones culturales arraigados que han existido por siglos y que son difíciles de cambiar.  

Hay abundante espacio para un debate constructivo entre católicos sobre el papel del gobierno, las leyes, los bancos centrales y otras instituciones estatales en la economía. De hecho, nunca ha sido mi impresión que Francisco esté empecinado en un masivo incremento de la intervención estatal para atender a cualquier cantidad de retos económicos. Pero la invocación sin fin de hombres de paja económicos en documentos papales y por figuras prominentes asociadas con el pontificado de Francisco probablemente no crearán confianza alguna que la mayoría de quienes han guiado las reflexiones del pontífice sobre asuntos económicos tengan un genuino interés en un diálogo verdadero con alguien que no se ajusta al espectro entre los populistas de izquierda y tu típico neo-Keynesiano.

Contrario a lo que creen algunos, la izquierda no tiene un monopolio sobre la preocupación por los pobres ni sobre las buenas ideas de cómo ayudarlos. Ya sea que ocurra en este pontificado o el siguiente, hay una necesidad desesperada por que el papado y los demás líderes de la Iglesia Católica expandan dramáticamente los círculos de opinión a quienes ellos consultan sobre temas económicos, como sobre la riqueza y la pobreza. Si no lo hacen, me temo que continuaremos viéndolos hacer reiteradas generalizaciones que abarcan todo, sobre asuntos que reflejan una sustancial ausencia de una apertura a dialogar, que Fratelli Tutti insiste debe ser prioridad en todas las partes.

Una ecléctica mezcla 

Las dos preocupaciones que yo he externado aquí no deberían ser interpretadas como indicaciones de que yo considero que Fratelli Tutti es un documento falaz en su totalidad. Hay muchas partes de la encíclica que dan en el clavo.

Entre otras cosas, estas incluyen su énfasis en el rol destructivo que juega el relativismo moral en las sociedades contemporáneas (206), la importancia perenne del perdón en un mundo en el cual el conflicto es parte de la condición humana (236-249), y sus referencias finales a uno de mis santos favoritos,  el beato Carlos de Foucauld, un aristócrata disoluto, un oficial del ejército y alguien que fue agnóstico que se convirtió en sacerdote y ermitaño en África del Norte Francesa, como ejemplo de la fraternidad cristiana.

Habiendo dicho eso, la encíclica refleja los patrones más amplios del comentario que ha caracterizado al pontificado de Francisco durante largo tiempo. Los discernimientos genuinos que brotan directamente de los Evangelios y las meditaciones, frecuentemente profundas, de las escrituras hebreas y cristianas, van de la mano con opiniones históricas dudosas, afirmaciones generalizadas sobre asuntos altamente prudenciales, que no son respaldadas con evidencia, y una gran cantidad de lo que yo solo puedo describir como utopismo.   

Sin embargo, entre más leo Fratelli Tutti, más me deja la sensación que esta encíclica no fue tan solo una extensa agregación y elaboración del pensamiento del papa. También me impresionó como una especie de despedida para su papado—una que bien pudo haber dicho todo lo que hay que decir. Eso no implica que el pontificado de Francisco está llegando a su fin. Pero Fratelli Tutti sí tiene toda la pinta de ser como la piedra angular de los documentos. No es posible adivinar si dejará una impresión duradera sobre la Iglesia Católica. 

Este artículo primero apareció el 5 de octubre de 2020 en Catholic World Report y fue republicado con permiso.