SOPORTAR EL MAL Y EL DOLOR

– Para tener valor hay que amar –

Por Marco Arévalo

Las diversas situaciones que enfrentamos en la vida muchas veces son dolorosas y entrañan ―para cada uno― sufrimiento. Estas se caracterizan por ser impuestas e inexorables. Esto quiere decir que no depende de nuestra voluntad el que sucedan y no pueden ser evitadas de ninguna manera. El filósofo Jaspers las llama por ello situaciones límite y ponen a prueba la solidez de nuestra estructura psíquica y axiológica. Entre ellas está la muerte, el dolor, el sufrimiento y la lucha con estos; más grave aún será, si es la muerte de una persona cercana y altamente significativa. Estas situaciones dan, según Jaspers, el cuadro general de la vida espiritual interior del hombre y de su actividad práctica, por ello puede decirse que forman los «límites» de la existencia, más allá de los cuales se extiende la «nada». Sobre todo, las situaciones límite tienen un carácter de fatalidad y de universalidad, el hombre no puede evitarlas y no hay hombre al que no alcancen; su superación significa la pérdida de la existencia. Casi diríase que en Jaspers y en el existencialismo en general, existir es sufrir.

Una de estas situaciones, puede ser ―como fuente de dolor y sufrimiento― la injusticia vivida. Aquí se sitúa soportar el mal que otros nos causan o que se impone en nuestra vida ―como sufrir una mutilación corporal en un accidente, por culpa o negligencia de otro―. La pregunta que se han hecho los filósofos ―y hoy también los psicólogos― es esta: ¿cómo soportar el mal y el dolor? Un filósofo del siglo XIX ha dado una respuesta, es Nietzsche, quien escribió: «Quien tiene algo por qué vivir, es capaz de soportar cualquier cómo». Él da la clave de cómo soportar la vida y el dolor que implica; está en los motivos.

Esto nos falta hoy, motivos ―no solamente para vivir― sino para no tener miedo a vivir aun con riesgo de morir, con riesgo de perder la vida. Recuerda la oración de los marinos vascos del siglo XIV que decía «Señor: arriesgamos la vida para vivirla, danos tú la gracia de conservarla». Tener motivos o razones para vivir es encontrar sentido a la vida, diría Viktor Frankl; y esta es la clave para existir sufriendo y existir felices a pesar de ello. Ahora bien, estos motivos no pueden ser lo que se nos ocurra. Han de tener garantía de justificar la existencia misma, existencia como seres humanos, como personas. La cuestión es esta: ¿Qué lo decide? ¿Es nuestra voluntad la que lo elige así? Aquí encontramos dos visiones contrapuestas, según sostiene Pedro Trevijano: «Estamos ante un enfrentamiento entre dos modelos contrapuestos: el basado en la defensa de una serie de principios y valores morales, que son los que hacen posible la convivencia y el basado en la cultura del relativismo, asentado en esa doctrina conforme a la cual la sociedad debe construirse a partir de una exaltación de la libertad»; es decir, o aceptamos una naturaleza humana que se impone a nosotros en cuanto nos es dada o somos los que creamos nuestro propio ser, elegimos sin más los motivos para vivir. 

Como señala Trevijano: «El Relativismo se apoya en la afirmación que la libertad humana no tiene absolutamente ningún límite. Para ella la única exigencia es el desarrollo de la libertad. La libertad con la que yo me realizo es el único criterio de mis actos». Aquí sucede que cualquier cosa puede ser un motivo para vivir, lo que parece razonable; pero en el fondo no lo es, en cuanto no todo lo que podamos perseguir nos llena o satisface como personas, menos aún de manera plena. Nuestra pretendida libertad nos ha dejado vacíos o sin nada que realmente nos justifique. La libertad sola no libera, termina en el sinsentido. Es aquí cuando terminamos haciéndonos a la vida de manera desesperada y con pocas fuerzas para vivir y soportar el dolor y el sufrimiento al hacerlo. 

Este autor nos recuerda que, para el relativismo: «las normas de la vida moral no pueden provenir ni de Dios, que no existe, ni de una pretendida naturaleza humana, ya que el hombre no es una naturaleza, sino una libertad, es decir una indeterminación que tiene que determinarse mediante una toma de postura libre. Según esto, cada uno encuentra por sí mismo las normas de su acción». En una vida así, lo que tendremos es la desesperación permanente de vivir y no saber para qué y no tener motivos para soportar el cómo. 

El emperador filósofo Marco Aurelio recomienda: «Lo primero es mantener el espíritu en calma. Luego es ver las cosas frente a frente y saber qué son» ya que, cuando enfrentamos cualquier situación con calma, podremos evaluar mejor nuestra acción de respuesta. Pero reaccionar de esta manera no se improvisa, surge del hábito o virtud. En este caso la prudencia y la fortaleza, porque se requiere saber qué son y cómo enfrentarlas. Esto nos hace responsables. Ver con calma, es ser realistas. No viviremos siempre y la vida terrena se acaba. Es la realidad. Pero ser realistas nos lleva a redescubrir la verdad olvidada, que no nos hemos dado el ser a nosotros mismos, que dependemos de un ser superior para la misma existencia, que esta no se reduce al hecho biológico de nuestro cuerpo y su funcionamiento, ni siquiera a la consciencia que tenemos en un momento dado de existir. Ver con calma nos lleva a volver la mirada a nosotros mismos y llenarnos de amor por nosotros, que no es una acción egoísta sino es un signo de gratitud a quien nos amó primero y por ello nos creó. Quizá por ello, Viktor Frankl agrega: «El amor a uno mismo es el punto de partida del crecimiento de la persona que siente el valor de hacerse responsable de su existencia» y en ese valor permite enfrentar la adversidad, con el dolor y el mal incluido. Pero aún más, se necesita el amor a Dios, quien nos ha dado la vida misma y se la agradecemos poniéndola en su servicio. Esto es lo que nos da valor para vivir.