Los contenidos del conocimiento

Por Mateo Echeverría | [email protected] 

«Saber que enseñar no es transferir conocimiento, sino crear las posibilidades para su propia producción o construcción». Paulo Freire 

En el mundo educativo, entre el deber ser y el ser fragua una insalvable diferencia. Pareciera que todos estamos habituados a utilizar la palabra competencias y a hablar sobre una educación integral que se ajuste a las necesidades del siglo XXI con vistas al futuro. Sin embargo, una y otra vez, los resultados muestran que no, los indicadores apuntan la dirección contraria. Alguna idea tenemos de lo que hablamos porque utilizamos con insistencia la palabra valores, actitudes, aprender haciendo y las incluimos, como mínimo, en el currículo oficial. El papel lo aguanta todo. Es verdad que como eslogan publicitario «educación integral» o «formación para ciudadanos globales» suena bastante bien, en especial en un mercado laboral que no aprecia los «ratones de biblioteca», ni los geniecillos asociales que pululan por las aulas. A pesar de que la educación no debiese estar subyugada a las necesidades del mercado ―se educa para la vida, no para el trabajo― esta creciente disociación entre mundo laboral y educativo es un indicador de varios asuntos importantes que no podremos profundizar en este momento. Sin embargo, sí parece evidente para la mayoría de las personas que las reglas de juego son distintas, por lo que se requiere otro tipo de educación. A pesar de la consciencia, continúan los métodos memorísticos y las evaluaciones centradas en el contenido. ¿Qué nos pasa? 

Por una parte, puede ser que, a nivel institucional, los indicadores se siguen centrando en contenidos. La evaluación prioriza que los alumnos logren demostrar lo estudiado, que más tarde será sepultado en el cajón del olvido (no consideremos ni la obsolescencia ni utilidad, por favor). Sin embargo, el saber, como bien sabemos a nivel intuitivo, tiene distintas aristas que valdrían la pena considerar. No solo aprendemos hechos o conceptos, también aprendemos a hacer cosas, o a comportarnos de cierta manera. Y todo esto lo sabemos los educadores porque algunos lo tienen en cuenta en las evaluaciones ―por ejemplo: no solo hizo una importante reflexión, sino que la estructura del ensayo es correcta y defendió valores en su trabajo― de manera inconsciente. En gran medida es porque cuando pensamos en conocimientos solemos pensar solo en los declarativos, en los contenidos que se estudiarán durante la clase. No obstante, podría ser un buen momento para ampliar el concepto de conocimiento e incluir dentro de los procedimientos que se requieren para llevar a cabo una actividad, los comportamientos que se esperan durante el desarrollo de la actividad, y las actitudes que se desarrollan como parte fundamental de la educación. 

Como ya sabemos de sobra lo que son los contenidos, no hablaré de ellos. No obstante, es importante mencionarlos porque ni los conocimientos procedimentales ni los actitudinales tendrían sentido si se analizan descontextualizados. Los procedimentales son conocimientos, como habilidades o técnicas, que constituyen el saber hacer. Como cualquier otra habilidad que se aprende ―jugar al tenis o escribir― estos conllevan un proceso y es importante considerar sus etapas progresivas para poder alcanzarlo. Para poder escribir bien, por ejemplo, primero hay que saber en qué consiste escribir bien; luego, intentarlo a través de la guía de algún experto para poder equivocarse de manera segura. Más adelante, a través de la ejercitación y reflexión, el alumno llegará a automatizar una manera de escribir, lo que significa una buena noticia, pero insuficiente porque hay muchas maneras de hacerlo, y son correctas en función del contexto ―géneros, plataforma, audiencia―. Por lo tanto, para continuar con el infinito proceso de mejora, se debe seguir escribiendo y ejercitando en diferentes contextos y para diferentes propósitos.

Evidentemente, para que esto funcione, el alumno tiene que entender por qué es importante hacerlo y en qué manera escribir le ayuda o le ayudará en un futuro cercano e inmediato. Hay que insistir, en el momento de educar, en la significancia y la utilidad de lo aprendido para aumentar el interés del aprendiz. Por último, será importante analizar las consideraciones éticas y morales dentro del escrito y en todo lo que lo envuelve. Si al tratar el asunto lo hace desde una perspectiva humanizadora, tiene en cuenta la dignidad, es capaz de sopesar diferentes puntos de vista, se muestra tolerante con las críticas versadas sobre el trabajo, es educado y respetuoso en las maneras de la entrega del trabajo, etc. Tal vez no con la intención de «corregirlas» pero sí con la intención de que el aprendiz las asuma en su totalidad. 

En ese momento podremos hablar de educación integral y competencial. La educación que hace competente a los alumnos los ayuda a superar objetivos de cualquier índole y no solo académicos, los ayuda en la vida ordinaria porque los hace más humanos, mejores personas. 

Si quisieran leer más sobre estrategias de lectura comprensiva, una competencia básica procedimental que falta por mejorar, les dejo un texto aquí, y si quisieran leer sobre una competencia actitudinal, el aprender a ser solidarios, les dejo otra reflexión corta aquí.