El miedo que nos paraliza

Por Carmen Camey

Desde que empezó la pandemia he sentido la preocupación de que se enfermen las personas que tengo cerca y que algo grave les ocurra. Esto ha ido de la mano con mi preocupación por la economía, la vida social y la salud mental de todos los que estamos involuntariamente encerrados. Conozco amigas que llevan meses sin ver a sus familias. Sin ir más lejos, mi esposo lleva desde marzo de no visitar a sus abuelos pues ellos así lo han querido para cuidarse y protegerse. Yo, por el contrario, he visto a mis abuelos casi semanalmente desde que empezó todo esto. No es que no haya pasado por esa etapa de pánico inicial (¿y si soy yo quien los contagio?), pero no fue hasta que me puse a pensar sobre a qué le temo realmente que pude comprender mejor por qué nos hemos dejado llevar así por las voces cantantes de esta crisis.

Uno de esos primeros días de aislamiento llamé a mi abuela y le pregunté qué pensaba ella. Su respuesta me dio qué pensar: «A esta edad me puedo morir de cualquier cosa. No quiero pasar los últimos años de mi vida sin ver a mi familia y temiendo por algo que, en cualquier caso, no puedo evitar». En ese momento me di cuenta de que los jóvenes tememos a nuestra futura conciencia, porque sabemos que no podríamos soportar si algún familiar o ser querido enfermara gravemente y de alguna manera fuera culpa nuestra (o así lo creyéramos). Claro que tememos a la muerte, pero sobre todo tememos a sentirnos culpables en el futuro, a la tristeza futura. No nos protegemos de la muerte. No podemos protegernos de la muerte. La muerte y la enfermedad nos encuentran allá donde estemos, encerrados o fuera, con mascarillas o sin ellas. Dios llama a cada uno en su momento y no hay encierro que pueda ocultarnos de esta realidad.

Por eso, y sin minimizar la enfermedad, creo que la mayor lección que he aprendido es que cada quien debería de enfrentarse a las situaciones riesgosas de la vida (ya sea el Covid, los gérmenes, saltar bungee o andar en moto, por decir algunas cosas) como quiera. Lo más que podemos hacer es sugerir, recomendar según nuestra opinión, pero no obligar ni asustar. Sinceramente, cuando pienso en lo mal que me sentiría si mi abuela se enfermara de Covid y fuera yo quien la contagiara, intento pensar también lo terrible que sería si muriera de cualquier otra cosa y yo no la hubiera acompañado durante este tiempo. La verdad es que los miedos a esta enfermedad son eso: miedos a situaciones futuras que son inciertas. Compararlos es comparar probabilidades e imaginaciones. Es quizás una muestra más de la soberbia de nuestra era: nos hemos creído que somos capaces de evitar la muerte, e incluso en estos momentos en los que la naturaleza nos grita lo contrario, creemos que si las medicinas fallan podremos aislarnos en casa y escondernos de ella.

Comprender esto es imperante para calmar los miedos y para entender de dónde surgen y así poder manejarlos. Es esencial para poder tomar decisiones correctas para nuestra familia y para nuestra sociedad. Las decisiones motivadas únicamente por el miedo suelen carecer de la racionalidad que debería caracterizarnos a los hombres. Hoy, en medio de esta crisis, tenemos que ser fuertes y enfocarnos en decisiones que a largo plazo nos lleven a disminuir la muerte y el sufrimiento, pero no solo por Covid sino por hambre, pobreza, violencia y suicidio. Cualquier muerte debería ser dolorosa para la sociedad, sin embargo debemos enfocarnos en las que realmente podemos evitar porque están en nuestras manos. El virus se nos escapa de las manos, pero hay tantas otras cosas que no y por las que deberíamos estar trabajando en lugar de paralizarnos por el miedo a lo desconocido. El miedo, como la muerte, es inevitable. Pero a diferencia de esta, el miedo podemos controlarlo y evitar que nos consuma. Es momento de hacerlo.