«Dame de beber»

Ana María Castillo

Sábado 14 de marzo 2020, Misa en la víspera del domingo 15. Como todos los domingos, asistimos en familia a la iglesia para participar en la Santa Misa. Vemos caras conocidas que nos saludan con una sonrisa y nos encontramos con Jesús que, desde el sagrario, nos espera con ilusión. Inicia la Santa Misa… Llegamos al Evangelio y leemos, junto al sacerdote, el texto según San Juan en el que Jesús, fatigado del camino, le dice a una mujer samaritana «Dame de beber». Continúa la Misa con la homilía, la liturgia eucarística… Nos unimos al sacrificio de Jesús y vemos con atención y devoción cómo el sacerdote eleva el pan y el vino que luego dejan de serlo para convertirse en el Cuerpo y en la Sangre de Jesús. Continúa la ceremonia y llega el momento de la paz en el que, junto con una sonrisa en los labios, le damos la mano a quienes tenemos cerca. Poco después hacemos fila para poder comulgar mientras el coro canta:

«Porque eres siempre mi Jesús, mi amor, porque eres siempre mi felicidad, porque te amo y en esta canción queda mi alma para Ti»

Con el corazón encendido, pero también un poco distraídos, le dijimos a Jesús que lo queríamos y le dimos gracias por haber venido a nuestra alma sin saber que sería nuestra última misa de domingo (al menos por los próximos seis meses). Señor: si tan solo hubiera yo sabido que pasaría tanto tiempo sin poder volverme a encontrar Contigo de esa manera…

No sé si te pasa a ti también, pero yo tengo mucha sed… Necesito poder volver a la Iglesia y asistir a misa para encontrarme con ese Jesús, que como nos ama con amor infinito, tiene todavía más sed de nuestro amor que lo que tú y yo podemos siquiera llegar a imaginar. En el texto del Evangelio que escuchamos en aquella oportunidad nos decía también Jesús: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú misma se lo hubieras pedido y Él te habría dado agua viva». (Jn, 4,10)

Hoy te pido, Señor, que nos vuelvas a dar de esa agua. Doy las gracias y admiro el trabajo y el esfuerzo que nuestras autoridades están realizando por poner fin a esta pandemia, pero hay cosas que no termino de comprender. ¿Cómo es posible que podamos ir a centros comerciales o a comer a un restaurante, en donde evidentemente tenemos que estar sin mascarilla para poder comer y, por el contrario, no podemos asistir a la Santa Misa? No pido que actuemos de forma irracional, más bien quisiera que, como cristianos responsables, trabajemos junto a nuestras autoridades y nos comprometamos a cuidar unos de otros. Podemos actuar responsablemente y cumplir con todos los protocolos establecidos para poder asistir a la misa de forma segura, así como se nos ha permitido asistir a los supermercados, centros comerciales, restaurantes, oficinas y ahora, viajar en avión.

Creo que, como yo, con tal de estar con nuestro Jesús y proteger a los demás, estás también dispuesto a utilizar la mascarilla en todo momento y sonreír con la mirada; a mantener el distanciamiento debido y abrazar con el corazón, a lavarte las manos, utilizar gel y quedarte en casa si estás enfermo para cuidar de los demás, como quisieras que los demás cuidaran de ti.

Un enamorado jamás se conforma con ver una foto de su amada, así como un sediento no se conforma con ver el vaso de agua. Yo estoy enamorada y tengo sed… Necesito ir a misa y estoy segura de que Jesús nos espera a ti y a mí con los brazos abiertos.

Ana María

Si te sientes igual que yo, borra mi nombre, coloca el tuyo y comparte.

3 Comments

  1. José Navas el 11 septiembre, 2020 a las 3:08 pm

    En completo acuerdo, ¡Cuanta falta hace estar en comunión!, probar del banquete celeste y disfrutar del viatico de la vida terrena. Descoloridos los días de ver pantallas y me cuesta aceptar la idea de que para encontrar al amado deba estar detras de una.



    • Luisa Davila el 12 septiembre, 2020 a las 9:42 pm

      Yo también tengo sed!
      “Sine Domenica non possumus”



  2. Mariju Sosa el 15 septiembre, 2020 a las 3:34 pm

    Linda reflexión que muchos cristianos nos hemos planteado ya. El amor nos hace ser siempre más: considerados, respetuosos y responsables. Somos una familia y como tal creo que hemos aprendido, en 6 meses, a cuidar unos de otros. Podemos hacerlo mejor si además nos mueve el amor a Nuestro Jesús Sacramentado.