Santa Sofía

Por Carroll Rios de Rodríguez | [email protected] 

Un 27 de diciembre de 537, el emperador cristiano Flavio Justinianus (Justiniano I, 483-565), entró a la monumental iglesia que ordenó construir, dedicada a la Divina Sabiduría, y exclamó «¡Oh, Salomón, te he sobrepasado!». No olvidó agradecer a Dios el haberle dado la oportunidad de crear tal lugar de adoración.  La fiesta patronal de Santa Sofía es el 25 de diciembre, precisamente el día en que se encarnó la segunda persona de la Santísima Trinidad, Jesucristo, el Logos, o la Sabiduría.

Para entonces Justiniano contaba con 55 años y cumplía una década en el poder. Él y su esposa Teodora fueron una pareja excepcional. Algunos historiadores afirman que la ley romana prohibía a Justiniano casarse con Teodora, pues ella había sido actriz, y era hija de una actriz y de un entrenador de osos. Justino cambió la ley, se casaron, y cuando Justianiano ascendió al trono, ella fue coronada Augusta. Aparentemente, ella co-gobernó con él; revisaba documentos legales previo a su firma y tenía a su disposición el sello imperial.  Ambos son santos de la iglesia ortodoxa oriental. 

Durante cinco años, diez meses y cuatro días, los arquitectos griegos, o, según el término de la época, mechanikoi, adicionalmente matemáticos-geómetros, Antemio de Trales e Isidoro de Mileto, habían guiado a un equipo de más de 10,000 personas para completar la masiva estructura que constituye Santa Sofía. El reto de Antemio fue colocar el gigantesco domo sobre una base cuadrada lo suficientemente fuerte para soportar tal techo, sin que la estructura se viera excesivamente pesada. En 559, un terremotó botó el primer domo. Se reconstruyó a menor escala, y todo el edificio fue reforzado desde afuera. De 102 pies de diámetro, el domo es más pequeño que el del Panteon (142 pies) en Roma, pero aún así, es majestuoso.1

El historiador Procopio de Cesarea escribió que la iglesia se «distingue por su belleza indescriptible, sobresaliendo tanto en su tamaño como en la armonía de sus medidas…» La elegancia del templo, agrega Procopio, tiene que ver con su diseño y la iluminación. La iglesia se llena de luz solar de tal forma que no nos cansamos de verla. Además, Justiniano I la hizo decorar con oro, plata y piedras preciosas: el Santuario, «donde sólo los sacerdotes pueden entrar,…contiene cuarenta mil libras de plata».2  

El poeta griego y funcionario de Justiniano I, Pablo Silenciario (575-580), escribió sobre el templo con ocasión de la reconstrucción del domo: «… hacia el aire, sin medida, un casco redondo por todos los lados, como una esfera que, radiante como los Cielos, corona el techo de la Iglesia. Culmina este arte una cruz, protectora de la ciudad. Es una maravilla ver cómo el domo, ancho por bajo, gradualmente se adelgaza conforme se eleva…como el firmamento, descansa sobre el aire».3

Los mosaicos, agregados entre el siglo IX y el siglo XIII, son las principales decoraciones de Santa Sofía.4 Se hicieron adiciones otomanas del siglo XVI al XIX. Es importante recordar el movimiento iconoclasta que antecedió la elaboración de dichos mosaicos. Entre 726 y 787, se destruyó deliberadamente íconos religiosos por temor de que los fieles adoraran a la imagen en lugar de a Dios. Los iconoclastas eran influenciados por las religiones musulmana y judía, y por el monofisismo, que sostiene que en Jesús sólo está presente la parte divina. El emperador León III, quien gobernó de 717 a 741 e inauguró la dinastía siria, prohibió las imágenes. Él también es recordado, dicho sea de paso, por derrotar al ejército de Maslamah ibn Abd al-Malik, quien protagonizó un segundo intento por tomar Constantinopla (717-718). La legislación contra las imágenes terminó luego del Concilio de Nicea II, convocado por la emperatriz Irene, en 787. El concilio trazó una distinción entre la adoración, o el culto que se rinde a Dios, y la veneración especial que evocan las imágenes.  En 832, el emperador bizantino Teófilo (813-842) volvió a prohibir la adoración de imágenes, pero aparentemente su lucha contra la iconodulia fracasó.

En 843, el primer día de Cuaresma, y también el primer día del sínodo de Constantinopla, el hijo menor de Teófilo, Miguel III, su madre, la regente Teodora, y el patriarca Metodio realizaron una procesión triunfal desde otra iglesia hasta Santa Sofía, «para restaurar los íconos de la iglesia, en un evento llamado la fiesta de la Ortodoxia».5 El arte bizantino experimentó un renacimiento.  El bellísimo mosaico Teotokos, o Madre de Dios, localizado sobre el altar mayor, podría ser una reconstrucción de un mosaico del siglo VI que fue destruido durante la época iconoclasta. Se acompaña de una leyenda que afirma ser una restauración de lo que otros habían destruido, comisionada por los piadosos emperadores Miguel y Basilio.

A lo largo de los siglos, Santa Sofía fue testigo de muchos otros sucesos históricos relevantes. Por ejemplo, fue allí donde se produjo el Gran Cisma entre Oriente y Occidente, que separó a la Iglesia ortodoxa de la Iglesia católica a partir de 1954. La ruptura ocurrió tras una reunión entre el patriarca de Constantinopla, Miguel I, y el enviado del papa León IX, Humberto de Silva Candida. Siglos después, la Iglesia Católica temporalmente reclama el recinto en 1204, luego de que la Cuarta Cruzada tomara Constantinopla tras una feroz batalla.  En 1261 se restableció el imperio bizantino bajo el mando de Miguel VIII Paléologo, un noble griego con dotes para la diplomacia, quien había sido nombrado déspota. El emperador Miguel VIII hizo traer un ícono milagroso para acompañarlo en su entrada triunfal a la ciudad, y se dirigió, simbólicamente, a Santa Sofía.

En 1453, Constantinopla cayó en manos del imperio otomán. Mehmed II el conquistador convirtió a Santa Sofía en la Gran Mezquita Ayasofya. Los mosaicos fueron cubiertos por una capa de repello y unos alminares o minaretes de más de 60 metros fueron construidos en el exterior. Algunos estudiosos apuntan que Santa Sofía se había deteriorado ya en tiempos bizantinos, pero el templo impresionó lo suficiente a los gobernantes otomanos como para que optaran por no derribar ni dañarlo. 

El primer presidente de la república de Turquía, Mustafa Kemal Ataturk (1881-1938), ordenó convertir la mezquita en museo en 1934. Tres años antes, un arqueólogo y académico de Massachusetts, Thomas Whittmore, fundador del Instituto Bizantino de América, se acercó al gobernante turco y consiguió permiso para iniciar el trabajo de conservar los mosaicos. En el libro por  John Patric Douglas Balfour, Hagia Sophia: A History of Constantinople (1972), leemos un relato contado por Whittmore, según el cual al día siguiente de haber hablado con el presidente Ataturk, se sorprendió al llegar a la mezquita y encontrar un rótulo en la puerta escrito a mano por el mismo presidente. La nota decía: «el museo está cerrado para efectuar reparaciones.»

El 24 de julio de este año, el presidente Erdogan lideró los primeros rezos islámicos en la icónica Santa Sofía. Estiman que 350,000 personas se congregaron en la plaza, venidas de distintas regiones de Turquía, para rezar con el presidente. Antes de la reapertura, Erdogan afirmó que «esta era la añoranza de nuestra gente y se ha logrado», mientras que analistas opinaron que es la forma en que Erdogan, quien fue alcalde de Estambul antes, deja su huella permanente en la ciudad.  A finales de junio, sin embargo, el patriarca Bartolomeo de Constantinopla, cuya iglesia suma alrededor de 300 millones de cristianos ortodoxos, advirtió que la medida ponía en peligro el balance armonioso entre religiones en la ciudad. «Como museo, Santa Sofía puede servir como un lugar y un símbolo de reunión, de diálogo y de coexistencia pacífica de los pueblos y las culturas…» expresó el patriarca a Crux Now.6

Santa Sofía es, y seguirá siendo, sin lugar a dudas, un símbolo del encuentro entre Occidente y Oriente, un recuerdo del imperio romano que, habiendo colapsado en Occidente siguió por siglos en Oriente, contando con Constantinopla como eje. Por casi 900 años, Santa Sofía fue la iglesia más grande de la cristiandad, y por casi 500 años, mezquita. Sigue siendo la joya de Estambul, atrayendo a alrededor de 3.7 millones de turistas tan solo en 2019. A sus 1483 años, Santa Sofía, o Hagia Sophia, o en turco Ayasofya, es hoy nuevamente mezquita, después de haber sido museo por 85 años. Y esa transición, como las otras aquí reseñadas, constituye un hito histórico.


Referencias

  1.  «Hagia Sofia», Wonders of the World, PBS, recuperado de https://www.pbs.org/wgbh/buildingbig/wonder/structure/hagia_sophia.html
  2. «O Solomon, I have Surpassed Thee!, The dedication of Justinian’s Hagia Sophia», Gloria Romanorum, 27 de diciembre, 2017, recuperado de http://gloriaromanorum.blogspot.com/2017/12/o-solomon-i-have-surpassed-thee.html
  3. Paulus Silentiarius, «A description of Hagia Sophia written in 563 by Paul the Silentiary», recuperado de http://projects.mcah.columbia.edu/medieval-architecture/htm/or/ma_or_gloss_essay_paul.htm. Traducción propia.
  4. Owen Jarus, «Hagia Sophia: Facts, History and Architecture», Live Science, 1 de marzo del 2013, recuperado de https://www.livescience.com/27574-hagia-sophia.html
  5. «Middle Byzantine Art», Lumen, sin fecha, recuperado de https://courses.lumenlearning.com/boundless-arthistory/chapter/middle-byzantine-art/
  6. John L. Allen, Jr., «Turkey reverts Hagia Sophia to mosque despite Orthodox pleas», Crux Now, 11 de julio, 2020, recuperado de https://cruxnow.com/church-in-the-middle-east/2020/07/turkey-reverts-hagia-sophia-to-mosque-despite-orthodox-pleas/