Lo que nos queda de libertad

Por Carmen Camey de Lara | [email protected] 

Llevo casi 4 meses sin poder asistir a misa. Desde que recuerdo, nunca había pasado tanto tiempo sin ir a una iglesia. Los fieles laicos católicos estamos acostumbrados a la obediencia, es parte de pertenecer a una Iglesia jerárquica. Debemos también obediencia al gobierno y a sus leyes, por eso creo que cuando las dos autoridades estuvieron de acuerdo en que había que cerrar las iglesias y prohibir el culto por motivos de salud pública, no lo pensé demasiado. Pero estoy acostumbrada a las rupturas, a que mi doble obediencia me lleve a plantearme preguntas incómodas. 

A veces esta obediencia nos confunde y se nos olvida que ser obedientes no implica no decirle a la Iglesia, que es madre, lo que necesito y me falta. En mi caso, necesito volver a los sacramentos, especialmente a la misa. Me parece que es síntoma del laicismo de nuestra sociedad el no comprender que el culto es una actividad de primera necesidad, tan básica como comprar comida. Más todavía en circunstancias como estas, donde muchas personas sufren por enfermedad y por la soledad, donde las necesidades espirituales son tan grandes como los sufrimientos y donde quienes están al borde de la muerte mueren muchas veces sin poder recibir el consuelo espiritual que necesitan. 

Creo que gran parte de la confusión se debe a la dicotomía que hemos creado en la narrativa del virus: cuidar la vida o ir a la iglesia, como si estas se contrapusieran directamente. Sin embargo, aunque es un riesgo, creo que la elección no debe ser entre la vida física y la vida espiritual, sino elegir ambas conociendo los riesgos y cuidando los peligros. De manera que si salvamos la vida física no sea para darnos cuenta de que hemos perdido el sentido y que tenemos la vida, pero estamos vacíos. Es un riesgo que yo estoy dispuesta a tomar.

La práctica de la religión como resistencia cuando otros lo intentan impedir no es nueva, obedecer al orden divino antes que al humano siempre ha sido una de las principales formas de rebeldía. Es por ello que en esta sociedad en la que nos llenamos la boca hablando de libertad deberíamos de ser capaces ya de asegurar las libertades religiosas de los ciudadanos. Creo que el miedo al virus nos ha convertido en una sociedad cuasi distópica en la que prohibimos los bautizos y las misas y las personas se dedican a acusar a sus vecinos y a publicar fotos de todo lo que rechazan. Leo con desagrado cómo en el grupo de Facebook de mi zona las personas piden el número de la policía constantemente para denunciar a este o a aquel vecino al que vieron salir sin mascarilla o que tiene música en su casa y seguramente ha hecho una fiesta. Creo que esta pandemia ha sacado a la luz lo poco que realmente valoramos la libertad, no las elecciones, sino la libertad de verdad. La hemos entregado sin rechistar y parece que somos pocos los que la extrañamos.  

Volviendo al tema, me parece increíble cómo comprendemos perfectamente que el perro tenga que salir a pasear y que las tiendas puedan permanecer abiertas, pero yo no pueda bautizar a mi hija ni ir a misa. Se lleva los actos religiosos a la categoría de actos sociales y, como tales, innecesarios. Se trata de relegar la religión al ámbito privado, total, si en tu casa puedes rezar, ¿para qué necesitas la iglesia? 

Pero para mí, y estoy segura que para muchos es igual, la iglesia es el lugar donde está Dios verdaderamente en la Eucaristía y eso no lo puedo tener en mi casa. Además, para un católico el ir a misa no es solo una cuestión de rezar en comunidad: es el sacrificio de Jesús, es el culto, perdemos lo que perdieron los judíos con la caída del Templo si se nos prohíbe asistir a la Eucaristía. Esto hace que la intromisión gubernamental sea especialmente dolorosa.