Lo que el cristianismo ha de aportar al cuidado de la naturaleza

Por: Carmen Camey | [email protected]

Siempre he sido un poco escéptica de los movimientos ambientales. Fui de las que vi como una hipocresía la típica postura save the trees, kill the babies de mi generación postmoderna. No fue hasta hace poco que escuché al profesor Jordi Puig que cambié radicalmente mi actitud y me di cuenta de que el cuidado de la naturaleza y del medio ambiente es un mandato moral en el que lo que me juego, como en toda cuestión moral, es a mi misma. Ahora, la pausa obligatoria por la pandemia ha puesto de relieve que, a veces, lo mejor que podemos hacer es dejar de hacer. 

No creo que el virus seamos nosotros, como algunos memes, pero creo que podemos cuidar de la naturaleza, tal y como podemos cuidar de nuestros cuerpos y así lograr grandes avances como en la medicina. Pienso que en nuestra cultura lo que hay es una falta de comprensión en cuanto al verdadero problema moral y antropológico que atañe al cuidado ambiental. En mi caso, el error estaba en que veía lo humano y lo natural como ámbitos separados, donde uno estaba destinado a servir al otro, superior. Pensaba que las consideraciones ambientales eran un lujo para tiempos mejores, sin darme cuenta de que somos capaces de poner en riesgo la salud de todo el planeta. Lo creía además sin darme cuenta del tremendo utilitarismo que conlleva esa visión. Es una comprensión instrumental de la naturaleza como «materia prima» sin más importancia que los beneficios que me trae, se valora solo en función de su uso y se concibe como una propiedad de la que se puede disponer sin límites. 

Sin embargo, y desde el punto de vista del cristianismo, la naturaleza tiene valor material y moral por el hecho de existir, porque Dios mantiene su existencia en el ser de manera amorosa. En palabras del papa Francisco: «La naturaleza está llena de palabras de amor…» (Francisco 2015, n. 225). Lo que el ambientalismo recupera es el asombro ante este valor intrínseco de la existencia de la naturaleza, más allá de su uso, y propone una nueva relación con el hombre, una relación que reconoce que el hombre es parte de ese medio, aunque lo trascienda. 

Para llegar a esa «conversión ecológica» de la que hablaba Juan Pablo II es preciso que nos planteemos cómo actuaría Jesús. Seguramente no tiraría basura en el lago de Genesaret, ni habría visto con buenos ojos el mal uso de recursos hídricos que conlleva la destrucción del Mar Muerto. No lo imagino indiferente ante la destrucción de la naturaleza. El cuidado ambiental propone también un nuevo modo de relación entre los hombres, pues hoy en día son unos pocos quienes gozan de los beneficios obtenidos de la instrumentalización de la tierra y muchos los que sufren sus consecuencias. Como dice Puig, justicia ambiental y justicia social son dos realidades inseparables. 

Por todo esto, mi conclusión es que el mayor problema no es que los bosques se destruyen ni que el delfín pierda su hábitat, aunque esto también sea una lástima, sino que con cada acción de desdeño hacia el medio ambiente yo me hago peor, menos humana. Este es, para mí,  el quicio moral del cuidado medioambiental y la principal preocupación desde el punto de vista cristiano. De la misma manera en que usar a otras personas sin captar su valor me daña, usar la naturaleza, sin siquiera ser consciente de su valor intrínseco, me convierte también en una persona banal y aprovechada. Y mi calidad moral es algo por lo que estoy dispuesta a luchar, así que por eso ahora me veo cubriendo mis tuppers con telas enceradas y no con plástico de un único uso. Descubrí que con esto también me juego el Cielo.