Iconoclasia e historia, o nuestra relación cambiante con los monumentos públicos

Por Juan Pablo Gramajo Castro | [email protected] 

El mundo atraviesa convulsiones profundas. Nadie duda que 2020 sea ya un parteaguas en la historia, y eso aún sin saber hasta dónde llegarán ni qué rumbos tomarán los eventos y fuerzas que lo han protagonizado. Es un año en que hemos visto, con una crudeza y urgencia antes insospechadas, la falta de certidumbre, sentido y confianza, que plantean nuevos y complejos retos para la vida individual y social. Hemos debido readaptar nuestros hábitos cotidianos, laborales, familiares, religiosos, y cuestionar tanto a los establishments políticos, económicos y científicos como a los que también los cuestionan desde teorías de conspiración cada vez más inverosímiles y estrafalarias. Ya no sabemos dónde estamos parados. Muchos debates importantes han surgido en este contexto, aunque factores como la urgencia, la novedad, la politización o la polarización, entre otros, no siempre han permitido enfocarlos con la serenidad y seriedad deseables. Entre los muchísimos temas que se han puesto sobre la mesa en estos tiempos intensos, en esta ocasión comparto algunos pensamientos sobre el daño o destrucción de monumentos públicos, o bien su modificación o remoción pacífica.

Primero, algunas precisiones. Desde luego, no hay equivalencia jurídica ni moral entre, por un lado, el daño o destrucción de propiedad pública o privada y, por otro, la modificación o remoción de un monumento por disposición de quien está legalmente facultado para decidirlo. Podríamos estar en desacuerdo con lo primero y defender lo segundo, basándonos en el mismo principio: el respeto a la propiedad y su libre disposición. Sin embargo, la discusión actual va más por el lado de que ambas clases de actos estarían hoy motivados –en Estados Unidos, particularmente– por una iconoclasia progresista que por todos lados ve colonialismo, racismo, discriminación y supremacía blanca. Por otra parte, en las noticias hemos visto de todo: no es lo mismo derribar la estatua de un traficante de esclavos que vandalizar la de Cervantes, quien fue él mismo esclavizado y escribió hermosas páginas sobre la libertad. Algunos señalan como claro indicio de la inspiración ideológica el hecho de que algunas turbas han respetado estatuas de Lenin, pero después se ve que otras han pintado una de Stevie Ray Vaughan, y ya no se sabe qué legado racista o burgués representa este héroe de la guitarra blues. Como cualquier acción de masas, ocurriendo en distintos momentos y lugares, estos actos son difíciles de interpretar. 

Pero, más allá de la convulsión del presente, podemos dar un paso atrás y ver un panorama más amplio. Ya en el antiguo Egipto, el faraón Akenatón llevó a cabo una profunda reforma religiosa, política y artística, instaurando un culto monoteísta al sol que implicó borrar nombres y remover estatuas de las demás deidades. Después de su muerte, sus reformas fueron revertidas y, esta vez, fueron las estatuas y el nombre de Akenatón los que fueron borrados y excluidos de lugares públicos y del arte. Los antiguos romanos usaban la damnatio memoriae, mediante la cual el Senado ordenaba eliminar imágenes, inscripciones y monumentos de individuos considerados enemigos públicos después de su muerte. Incluso varios emperadores fueron objeto de esta condena. La misma palabra «iconoclasia» se origina en la destrucción de imágenes sagradas en el cristianismo bizantino, motivada por disputas en torno a la interpretación de la prohibición bíblica sobre elaboración y veneración de imágenes. En Occidente, el papa Esteban VI exhumó el cadáver de su predecesor Formoso. Lo sometió a juicio, condenó, mutiló y arrojó al Tíber, declarando que debía considerarse como si jamás hubiera ejercido el papado. Durante la invasión o conquista de América, los españoles destruyeron gran cantidad de arte religioso indígena por considerarlos ídolos paganos. La Unión Soviética, especialmente bajo Stalin, ejerció celosamente la damnatio memoriae contra varios personajes, incluso contra León Trotsky, uno de los líderes revolucionarios más importantes. 

Se trata, pues, de prácticas que la humanidad ha utilizado a través de diversas épocas, culturas, creencias e ideologías, en distintas modalidades y con diferentes grados (o no) de violencia. No es un invento de intelectuales progresistas de comienzos del siglo XXI, ni siquiera del marxismo del siglo XX. Desde luego, esto no las legitima ni justifica automáticamente. Pero es importante la perspectiva histórica para ver que son conductas generalizadas en momentos de fuertes cambios y disputas en lo social, político, cultural y religioso. Si vamos a lamentarlas o condenarlas, tenemos la carga de argumentar al respecto. Y quizá el rechazo por motivos ideológicos no sea el más acertado, pues son precisamente parte (expresión) de una lucha de ideas. ¿Por qué podemos aplaudir la caída de estatuas de Lenin al derrumbarse la Unión Soviética, pero condenar el derribo de las de Cristóbal Colón? ¿Por qué podemos admirar como arte en un museo artefactos que nuestros ancestros habrían destruido como ídolos paganos? ¿Por qué Juan Pablo II mandó quitar los taparrabos y velos que el Concilio de Trento había puesto en los desnudos de la Capilla Sixtina? ¿Por qué podemos tener cálices, confesionarios, retablos y custodias de adorno en hoteles antigüeños? Alguno dirá que comparo peras con manzanas. Y quizá sea así. Pero para afirmarlo debemos asignar valores y significados a los personajes, a los objetos, a la historia, a lo que representan, así como atribuirles determinadas funciones. Y lo cierto es que esos valores, significados y funciones, cambian a través del tiempo y no son compartidos por todos. Podrá esto llevarnos a discusiones más profundas sobre historicismo o relativismo, pero lo cierto es que en buena medida son temas opinables y que mucho tiene que ver con el significado y función específicamente públicos que se les atribuyen. 

En Guatemala también tenemos ejemplos históricos de este tipo de prácticas. De la Fuente de Carlos III (hoy ubicada en la Plazuela España) se borraron los escudos de armas españoles después de la independencia. Actualmente, ya no lleva la estatua del rey español. Los liberales cambiaron el nombre del Teatro Carrera por Teatro Nacional, que posteriormente se llamó Teatro Colón. Durante un breve periodo, la Universidad Nacional llevó el nombre «Estrada Cabrera», que fue eliminado tras el derrocamiento del dictador. El movimiento unionista que derrocó a Estrada Cabrera quedó conmemorado en la Plaza 11 de Marzo, llamada así en honor de la fecha de 1920 en la que se llevó a cabo una histórica marcha que cambió el panorama político del momento, conduciendo eventualmente a la llamada Semana Trágica y la caída del régimen. Para esto, se cambió el nombre de la que antes fuera Plazuela Reyna Barrios. 

No he visto datos cuantitativos, pero es fácil observar que buena parte del imaginario público en Guatemala conmemora y celebra la llamada Reforma o Revolución Liberal. Sus precursores o herederos: desde la Avenida Reforma, con sus monumentos a Reyna Barrios, García Granados y Lorenzo Montúfar (en la intersección con la calle del mismo nombre), la cercana Torre del Reformador (conmemorativa del centenario de Justo Rufino Barrios), hasta los billetes con el rostro de Gálvez, García Granados y Barrios. Incluso símbolos patrios tan importantes como el quetzal, la bandera y el escudo datan de la reforma llamada liberal. ¿Qué significa eso? Nuestra educación aún tiene tanta herencia del liberalismo decimonónico que hubo malestar cuando un paso a desnivel recibió el nombre «Rafael Carrera». 

He pensado que no es casualidad que tres de las principales vías de la capital se llamen «Próceres», «Reforma» y «Liberación», y confluyan en el Obelisco donde se resguarda la llama de la libertad y la justicia. ¿Qué significa eso? ¿Qué narrativa histórica transmite? ¿Acaso que la reforma liberal y el movimiento de liberación nacional son las legítimas emanaciones del «nacimiento de la patria» en la independencia, mientras que el régimen conservador del siglo XIX y la revolución democrática del siglo XX fueron paréntesis ilegítimos cuya memoria es indeseable? ¿Y qué dice eso de cara al orden constitucional actual? La cosa se complica más si recordamos que el Obelisco fue inaugurado por Jorge Ubico, y la llama de la libertad y la justicia por Juan José Arévalo. 

En nuestros días, cristianos católicos y evangélicos hacen causa común en temas importantes como la defensa de la vida y del matrimonio. Pero quizá sea mejor no ponerlos a discutir sobre las figuras de Carrera y Barrios. En otras épocas, los mismos liberales que promovieron el protestantismo como forma de romper la relevancia cultural y política de la Iglesia católica también promovieron el divorcio y el matrimonio civil. Durante el régimen conservador de Rafael Carrera hubo formas de pluralismo jurídico y protección estatal de tierras y comunidades indígenas, temas que hoy se identifican más bien como discursos izquierdistas. ¿Será porque cambió el statu quo con la reforma agraria liberal? 

Pedro de Alvarado es una figura que ya en su propia época, entre los propios españoles, causó polémica. Lo mismo puede decirse sobre las condiciones de vida del indígena y su trato por los conquistadores: Hasta debates teológicos hubo al respecto en España, por no decir jurídicos y políticos. Esto se ha reseñado, entre otros, en libros como Atemorizar la tierra (Lovell, Lutz & Kramer), Empires of the Atlantic World (Elliott) o El águila y el quetzal (Vidal), textos que han sido estudiados y recomendados en conferencias, seminarios y conversatorios en la Universidad Francisco Marroquín, no precisamente en algún curso de «pensamiento chavista». ¿Qué significa, entonces, que Pedro de Alvarado siga siendo parte del imaginario público de la Municipalidad de Guatemala o que presida el salón principal del Club Guatemala? ¿Se puede defenderlo con el argumento de que no hay que juzgarlo con criterios de nuestra época, cuando ya entre sus contemporáneos fue una figura controversial? La herencia política, social y económica del periodo colonial (o hispánico) en América Latina ha sido criticada por autores tan «no-izquierdistas» como Francis Fukuyama, Niall Ferguson o Daron Acemoglu y James Robinson. Pero, aun así, a veces es difícil tratar estos temas en Guatemala sin que alguno haga cara de estar oliendo «tufillo comunista». 

Nuestra historia es más compleja de lo que pensamos, y tenemos mucha simbología que aceptamos quizá por inercia, sin reflexionar que tal vez pueda entenderse desde perspectivas con las cuales no estaríamos de acuerdo.

Erigir estatuas, denominar calles y dedicar monumentos son actos profundamente simbólicos. Derribarlas o vandalizarlas, removerlas o cambiarles de nombre, también. El estudio de la historia nos ayuda a conocer lo que se simboliza con ellos, pero también a saber cómo esos significados cambian y cómo cada generación tiene un diálogo distinto con el pasado y su representación. Los monumentos públicos son, por excelencia, políticos e históricos. Nunca son neutrales. Son una forma de transmitir narrativas históricas, de poder, de valores aceptados y promovidos. Por eso es muy obvio que queden expuestos a luchas políticas, ideológicas y culturales. Si quisiéramos verlo desde una perspectiva libertaria más radical de Estado mínimo, quizá hasta podríamos decir que son una forma de estatismo. Quizá haya monumentos que hoy estarían mejor ubicados en museos y no en espacios públicos, donde se pueda conservar y apreciar su valor artístico e invitar a la reflexión sobre su valor histórico. 

En lo personal, me entristece la destrucción de monumentos públicos, entre otros motivos, porque es despreciar y perder algo de valor histórico que, incluso si lo valoramos negativamente, tiene algo que enseñarnos. Además, porque no estoy de acuerdo con el uso de la violencia contra personas ni contra propiedad ajena, privada o pública, y considero que eso debería ser uno de los postulados fundamentales de cualquier convivencia social digna. Pero, en principio, veo sano que se produzcan debates en torno al significado y valor de los monumentos públicos, sin prejuicios ni descalificaciones absolutas desde un inicio por el hecho de no compartir posturas políticas o ideológicas con quienes hoy fomentan el debate más visible del momento. El reto, por supuesto, siempre será cómo dar sustancia y rigor a ese debate, algo que en la cargada polarización actual es difícil. 

Mañana podríamos ser nosotros quienes queramos abrir otro debate respecto de otros símbolos, por motivos que nos parecerán muy legítimos. Hoy, para nosotros, Diocleciano es un emperador romano de lejana memoria con cuyo recuerdo podemos convivir. Pero quizá un cristiano en el siglo IV no habría estado cómodo con una estatua de él o con que una biblioteca pública lleve su nombre. De hecho, en la edad media los cristianos fundieron muchas estatuas de los emperadores romanos. La única que sobrevivió fue la de Marco Aurelio, porque erróneamente creían que se trataba del pro-cristiano Constantino. Actualmente, la cultura grecolatina (filosofía griega, derecho romano y otros aportes) son considerados por algunos como elementos esenciales de lo que llaman cultura o civilización occidental, junto con la cosmovisión y moral judeocristianos. Pero el encuentro original entre Grecia y Roma fue difícil, y lo fue más el dominio romano sobre el pueblo judío, que incluso resultó en la destrucción del Templo. En el Areópago se rieron de San Pablo. Como recordaba Joseph Ratzinger, junto a un «Platón cristiano» siempre existió también un «Platón anti-cristiano», y hay distintas versiones de «Occidente», para algunas de las cuales el cristianismo sigue siendo escándalo y necedad. 

La historia siempre es más compleja que las narrativas que la simplifican. Esa complejidad se traslada, inevitablemente, al ámbito de los monumentos o memoriales públicos, originando debates y acciones como los que vemos hoy y se han dado desde hace siglos. Eso nunca lo podremos evitar. Lo que sí podemos hacer es esforzarnos por fomentar ambientes y culturas donde estos debates puedan darse sin violencia, con respeto, apertura y tolerancia al disenso. Para eso, quizá nos sirva ver los eventos contemporáneos en una perspectiva histórica más amplia que nos aleje del simple escándalo y rechazo, hacia una apertura intelectual y humana que busque comprender al otro y leer los «signos de los tiempos». Por otro lado, tampoco podemos ignorar que, al menos en parte, algunos de esos signos incluyen un auténtico odio contra la religión en general y el cristianismo en particular, o contra otros valores que nos definen. Eso tampoco es nuevo ni exclusivo de nuestro tiempo, aunque cada época presenta formas y fondos distintos. En definitiva, atravesamos momentos que nos exigen pedir y agudizar mucho el don del discernimiento. 

Quizá nos sirva reflexionar estas palabras del papa Francisco: «Los tiempos cambian y nosotros los cristianos debemos cambiar continuamente. Debemos cambiar firmes en la fe en Jesucristo, firmes en la verdad del Evangelio, pero nuestra actitud debe moverse continuamente según los signos de los tiempos. (…) Es característico de la sabiduría cristiana conocer estos cambios, conocer los diversos tiempos y conocer los signos de los tiempos. Qué significa una cosa y otra cosa. Y hacer esto sin miedo, con libertad. (…) Somos libres. Somos libres para el don de la libertad que nos ha dado Jesucristo. Pero nuestro trabajo es mirar lo que sucede dentro de nosotros, discernir nuestros sentimientos, nuestros pensamientos y qué acontece fuera de nosotros, y discernir los signos de los tiempos. Con silencio, reflexión y con la oración» (Homilía, 23 de octubre de 2015). Y Benedicto XVI recordaba que «la historia no está en las manos de potencias oscuras, de la casualidad o únicamente de las opciones humanas. Sobre las energías malignas que se desencadenan, sobre la acción vehemente de Satanás y sobre los numerosos azotes y males que sobrevienen, se eleva el Señor, árbitro supremo de las vicisitudes históricas» (Audiencia general, 11 de mayo de 2005). 


Foto: Melissa Pérez