La iglesia debe confrontar a China sobre Hong Kong

Por Reverendo Ben Johnson | Acton PowerBlog

Traducido por Carroll Rios de Rodríguez | [email protected] 

El deterioro de los abusos de los derechos humanos por parte de China ha instigado un cambio histórico en la política exterior de Estados Unidos. Desafortunadamente, China ha recibido un rechazo más tajante de los políticos seculares que de muchas personas en la iglesia.

El 27 de mayo, el Secretario de Estado de Estados Unidos, Mike Pompeo, anunció que la administración Trump está lista para revocar la relación privilegiada de Hong Kong con Estados Unidos, porque la provincia ya no es realmente independiente de la República Popular de China.

Cuando el Reino Unido cedió a Hong Kong, en 1997, Pekín prometió respetar las libertades económicas y políticas de la provincia como parte de su política de «un país, dos sistema». Las condiciones han decaído por años, pero alcanzaron un punto de ebullición con la nueva ley de seguridad de China que permitiría a Pekín, por primera vez, establecer sus propias agencias de seguridad en la isla para combatir supuestos actos de «secesión, subversión o terrorismo». Otra iniciativa de ley, la cual dicta que es ilegal faltar el respeto al himno nacional de China, está a punto de ser aprobada por el parlamento chino el 4 de junio, en el trigésimo primer aniversario de la masacre en la plaza de Tiananmén.

«Ninguna persona razonable puede afirmar hoy que Hong Kong mantiene un alto grado de autonomía con relación a la China,» explica Pompeo. Por tanto, la provincia no se hace acreedora del «mismo tratamiento bajo las leyes de Estados Unidos que recibía antes de julio de 1997, cuando las leyes de Estados Unidos abordaban el caso de Hong Kong». 

Ello podría poner fin a la relación comercial especial con los Estados Unidos, pues se obliga al pago de unos aranceles punitivos, impuestos desde tierra firme, a todos los bienes que pasan por sus puertos. El presidente Donald Trump anunció, en una conferencia de prensa del 29 de mayo, que él derogaría la «gama completa» de privilegios disponibles a Hong Kong. La reacción demuestra que la administración es lo suficientemente ágil como para adaptarse rápidamente a las condiciones cambiantes, y de hecho avanza con la embestida de la guerra comercial unilateral que persigue Donald Trump.

«Mientras los Estados Unidos una vez esperó que un Hong Kong libre y próspero proveería un modelo alterno al autoritarismo de la China,» dijo Pompeo el miércoles, «ahora queda claro que la China está moldeando a Hong Kong a su imagen».

El secretario Pompeo ha dejando en claro que los Estados Unidos tiene por «desastroso» este revés. Sin embargo, las declaraciones recientes insinúan que algunos en el Vaticano podrían considerar que el revés es deseable.

«Ahora, quienes mejor han implantado la doctrina social de la iglesia son los chinos,» opinó el obispo Marcelo Sánchez Sorondo, canciller de la Academia Pontificia de las Ciencias Sociales, en febrero. Sorondo alabó a la «China extraordinaria» y su «conciencia nacional positiva»,  en la cual los líderes persiguen el «bien común». El obispo dijo que el Partido Comunista de la China «defiende la dignidad de la persona humana», a pesar del hecho que Pekín ha realizado 336 millones de abortos forzados como parte de su deshumanizante política de un hijo por pareja—una práctica sobre la cual el entonces vicepresidente de Estados Unidos, Joe Biden, dijo «la entiendo plenamente—no la cuestiono».  El obispo Sorondo contrastó su percepción favorable de los arquitectos de la brutal política de control de la natalidad, con su percepción del Presidente Trump, quien él estima está demasiado influído por «el pensamiento liberal». 

Hong Kong, también, acordó a sus ciudadanos libertades democráticas y libertad económica. Mike Gonzalez y Olivia Enos escribieron en The Daily Signal:

Nosotros en la Fundación Heritage sabemos bien el valor que tiene Hong Kong como un puesto de avanzada que demostró, por años, y por décadas, la superioridad del sistema de mercado libre. Su ambiente de escasas regulaciones, estado de derecho y su fuerte postura en contra de la corrupción, y su tasa impositiva única obtuvieron para ella un Producto Interno Bruto (PIB) per cápita de $62,726. La China continental, carente de todos estos atributos, tiene un PIB per cápita de alrededor de $15,376. 

Por todas estas razones, Hong Kong se colocó hasta la cima de nuestro Índice de Libertad Económica desde que lo empezamos, en 1995. Cayó de su posición como la economía más libre del mundo solo este años en parte porque se ha integrado cada vez más estrechamente a tierra firme.

La influencia del «liberalismo» al estilo inglés causó que Hong Kong obtuviera la nota máxima por la libertad religiosa. 

Ese logro escasamente podría proveer un contraste más marcado con la China continental. La China persigue a los musulmanes indígenas Uigur, a los budistas del Tiben, a los Falun Gong y al creciente número de cristianos.

En el 2019, el gobierno de China obligó a las 60,000 iglesias que conforman su iglesia protestante operada por el gobierno, el Movimiento Patriótico de los Tres Seres, a reemplazar los diez mandamientos con carteles que contenían propaganda socialista. Estas pancartas declaran que el socialismo «apoyará» a las iglesias en su «interpretación del pensamiento religioso, la doctrina y la enseñanza».

En febrero, los oficiales chinos impusieron unas dramáticas y novedosas «medidas administrativas para grupos religiosos», los cuales exigen que «las organizaciones religiosas deben difundir los principios y las políticas del Partido Comunista Chino…educando al personal religioso y a los ciudadanos religiosos para que apoyen el liderazgo del Partido Comunista Chino, apoyen el sistema socialista y se adhieran a, y sigan los pasos del socialismo con características chinas».

«En la práctica, tu religión ya no importa,» comentó un sacerdote católico a Asia News. «Si tú eres budista, o taoista, o musulmán o cristiano: la única religión permitida es la fe en el Partido Comunista de la China». Para mientras, el gobierno continúa quitando los crucifijos de las iglesias hasta el presente.

Estos sucesos no han pasado totalmente desapercibidos. El papa Francisco recomendó a la China a Nuestra Señora, Auxilio de los Cristianos, el domingo, 24 de mayo. El papa emérito Benedicto XVI instituyó esta tradición anual en el 2007, suplicando que los cristianos chinos «no tuvieran temor de hablar de Jesús al mundo y del mundo a Jesús». Este año, su sucesor aseguró a los católicos chinos que «la iglesia universal…los sostiene en sus pruebas»–y les exhortó a ser «buenos ciudadanos».

En el léxico chino, ser bueno significa ser dócil, secular y socialista.

El Partido Comunista Chino requiere que los ciudadanos de Hong Kong se sienten sumisamente mientras Pekín usurpa sus derechos democráticos—o que paguen el precio. Quienes se rehúsen, como el emprendedor y activista pro-democracia Jimmy Lai, enfrentan la amenaza de ser arrestados o de ser «desaparecidos».

El debilitamiento de las normas democráticas también viola la doctrina social de la Iglesia Católica. El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia sostiene que una «fuente de preocupación se encuentra en aquellos países gobernados por regímenes totalitarios o dictatoriales, donde los derechos fundamentales a participar en la vida pública son negados de origen». (El énfasis  se encuentra en el texto original.)  La Conferencia Episcopal de Obispos Católicos de Estados Unidos agrega que «las personas tienen el derecho y el deber de participar en la sociedad». Aún desde antes del más reciente campaña de represión, la Fundación para el Avance de la Libertad colocó a China entre las diez naciones con la menor cantidad de libertades electorales.

En medio de la tormenta, los fieles cristianos chinos se sienten abandonados. «Respecto del aumento de la persecusión en China, de todas las crueldades, de la brutalidad que ejerce la policía sobre nuestros jóvenes—no hay palabra del Vaticano,» dijo el Cardenal Joseph Zen, obispo emérito de Hong Kong. «Ninguna palabra. Ni una palabra».

De hecho, el papa Francisco firmó un acuerdo en septiembre del 2018 dando legitimidad a la iglesia rabadilla que dirige el gobierno, la Asociación Católica Patriótica China, y además autorizó al gobierno chino a seleccionar a los nuevos obispos católicos y a reemplazar a dos obispos de la iglesia subterránea en China con jerarcas que son leales a Pekín.

«Inclusive nuestra comunidad [católica] está dividida,» dijo el Cardenal Zen. «Todos en Hong Kong deben elegir un bando».

El anuncio de Pompeo se produjo un día antes de que el congreso pasara el Acto de la política de derechos humanos de los Uigur del 2020, el cual requiere al gobierno identificar y castigar a los oficiales chinos responsables de cometer abusos contra los derechos humanos. Pero por ahora, las respuestas seculares y sagradas a la agresión china se han quedado cortas con relación a la medida fijada por Teddy Roosevelt: «Nos paramos frente el Armagedón, y batallamos por el Señor».

Los 2.3 mil millones de cristianos en el mudno deben primero creer, y luego afirmar, que las acciones de China violan la naturaleza humana, que está «hecha para la libertad». La represión china de los derechos humanos fundamentales, incluyendo la libertad de religión y expresión, clama por una oración.

Esta crisis provee una oportunidad dorada para los líderes cristianos, incluyendo al pontífice, para ejercer un ministerio verdaderamente global. El papa Francisco debería pedir al mundo que rece para que caiga el comunismo en la China y que se termine la República popular de China como un régimen dictatorial, ateo, irredentista, mercantilista, militarista, racista, cleptocrático e imperialista. Las personas de buena voluntad no deben descansar hasta que todos los creyentes puedan, con seguridad, «estar firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libre» (Gálatas 5:1).