¿Es hora de reabrir nuestras iglesias?

Durante las últimas semanas, los miembros del Instituto Fe y Libertad (IFYL) discutimos internamente si es hora de reabrir las iglesias a la luz de los trastornos sociales provocados por el COVID-19 y las regulaciones para controlar su contagio. No se logró un consenso. La discusión se produjo en medio de la incertidumbre. Ya transcurrieron 100 días desde que se cerraron las iglesias y templos en Guatemala. Desde el 5 de marzo, el Organismo Ejecutivo decretó un estado de Calamidad Pública y restringió ciertos derechos constitucionales, como el derecho a locomoción. Prescribió todas las actividades religiosas durante la Semana Santa y los servicios religiosos. 

Se reportan 547 muertes por coronavirus en el país, al 23 de junio del 2020, es decir, menos del 0.004 por ciento de la población total (tomando como base el censo del Instituto Nacional de Estadísticas del 2018).  El Worldometer reporta 13,769 casos y 2,818 personas recuperadas. Cada miembro del IFYL conoce a por lo menos una familia afectada por el COVID-19.  El Dr. Edwin Asturias, quien dirige la Comisión Presidencial de Atención a la Emergencia Covid-19 (Coprecovid), advierte que el país podría reportar alrededor de 500 contagios diarios por varias semanas más. Además, la mayoría de analistas y médicos estiman que el número de contagios supera los casos reportados. La crisis no terminará pronto. 

A continuación un resumen de la discusión en torno a la posible reapertura de la iglesias, con el objetivo de abonar al debate nacional.

Separación Iglesia-Estado: En Guatemala, se respeta la separación entre las iglesias y el Estado. El artículo 36 de la Constitución Política de la República establece claramente que en el país existe libertad de religión. Tenemos derecho a practicar nuestra «religión o creencia, tanto en público como en privado, por medio de la enseñanza, el culto y la observancia sin más límites que el orden público y el respeto debido a la dignidad de la jerarquía y a los fieles de otros credos».  

Alrededor del mundo, se estimó que los lugares de adoración religiosa podían convertirse en focos de contagio del COVID-19. Por ejemplo, trascendió que la mitad de los casos reportados hacia finales de febrero en Corea del Sur tenían que ver con la Iglesia de Jesús Shincheonji. Dicho temor motivó una interrupción temporal de la libertad de culto. Claramente, las prohibiciones no pretenden conculcar la libertad religiosa ni obedecen a una agenda secular antireligiosa. Los cristianos hemos seguido observando las normas de piedad personales e incluso hemos podido unirnos a otros cristianos en servicios y reuniones virtuales. Sin embargo, los cristianos no han podido participar de las devociones, alabanzas y otras actividades grupales que acostumbraban realizar juntos. Los católicos no hemos podido participar de la Gracia santificadora de la Sagrada Eucaristía. 

Entendemos que nuestras respectivas autoridades religiosas aceptaron las disposiciones de las autoridades políticas y han instado a los fieles, en todo momento, a cumplir con las propias obligaciones cívicas. Pero, ¿corresponde a las autoridades religiosas o a las autoridades políticas decidir cómo adecuar las instalaciones bajo su cargo, y nuestras interrelaciones, para minimizar el peligro que representa una enfermedad contagiosa? ¿Se ha cedido un cierto poder de decisión importante a los poderes políticos? COVID-19 no es la única ni será la última enfermedad infecciosa con la cual los ciudadanos tendremos que lidiar. 

Algunos miembros del IFYL creen que las autoridades religiosas deberían ser libres de tomar las decisiones relacionadas con el tipo de actividades que se realizan en sus iglesias y templos. No tiene por qué encontrarse una solución de talla única: se pueden implantar distintas disposiciones en distintos sitios. Otros miembros temen que los fieles actúen de forma irresponsable, o que sean menos respetuosos de las instrucciones recibidas de sus respectivos líderes religiosos que de decretos gubernamentales. Pesó sobre las conciencias de algunos miembros de IFYL la pregunta: ¿cargarían con cierta responsabilidad moral, aunque fuera indirecta, los miembros del IFYL que abogaron por la reapertura de las iglesias si llegara a producirse un evento religioso que pusiera en riesgo las vidas de los partícipes?

El momento adecuado: Algunos miembros del IFYL sostienen que solo se pueden reabrir las iglesias una vez haya pasado el pico de la curva de contagio, o bien, cuando se haya descubierto una cura efectiva o una vacuna. Otros miembros consideran que debemos aprender a vivir con el virus y que, por ende, ya se pueden reabrir las iglesias.  Desde los primeros contagios a finales del 2019, el mundo ha aprendido mucho sobre cómo evitar el contagio y controlar los síntomas del coronavirus. En muchos países ya se abrieron las iglesias y los templos: en Rusia desde finales de marzo, en Corea del Sur desde el 26 de abril, en muchos países europeos, incluyendo Italia, desde el 18 de mayo. Algunos de estos países esperaron a abrir después de que el ritmo de contagios diarios mermó, pero otros países, como Rusia, no condicionaron la reapertura de sus templos a tales estadísticas. Por otra parte, países como China están ahora enfrentando un rebrote; si las ondulantes curvas de contagio condicionan la reapertura de las iglesias en Guatemala, el deseado suceso podría postergarse a 2021 o incluso más tarde.

Aspectos concretos de la reapertura: El IFYL investigó los protocolos sanitarios que siguen iglesias alrededor del mundo. El 14 de junio del 2020, la Conferencia Episcopal de Guatemala publicó un documento titulado «Medidas higiénicas de seguridad para la celebración de la liturgia en tiempos de pandemia» que incluye la mayoría de estas observaciones. Las medidas implantadas en otros países van desde la realización de servicios al aire libre hasta programas de desinfección profunda de las instalaciones. Se observan prácticas que los guatemaltecos ya observan cada vez que hacen algún mandado: observan el distanciamiento social, usan mascarilla y gel antibacterial, y se restringe la entrada a personas con fiebre o síntomas. Algunas iglesias han instalado programas para reservar espacios en los servicios religiosos y así evitar aglomeraciones. Además, se han eliminado los coros, las colectas, los saludos de paz, el agua bendita y la convivencia social. Algunos miembros de IFYL temen que la realidad nacional impida la aplicación de este tipo de disposiciones en las iglesias en Guatemala, sobre todo en áreas populosas, con deficientes redes comunicativas, o con poblaciones de bajo nivel educativo. 

Libertad con responsabilidad: La misión del Instituto Fe y Libertad es impulsar el florecimiento humano promoviendo la libertad individual y los principios judeocristianos. La discusión sobre el cierre y reapertura de las iglesias se justifica porque la libertad y la responsabilidad de los cristianos está en juego, a pesar de que, evidentemente, seguimos siendo libres de creer. 

A la mayoría de miembros del IFYL nos mueve un profundo deseo de poder ir a los templos y las iglesias que están cerrados con llave. En el caso de los católicos, ¡nunca antes nuestras generaciones habían sido dispensados de la misa dominical! ¡Nunca antes habíamos tenido que prescindir por tantos meses de la Sagrada Eucaristía! En el caso de los cristianos, no se les había impedido congregarse a alabar y adorar a Jesucristo juntos. Pasamos la Semana Santa encerrados, sin observar nuestras coloridas costumbres y tradiciones. ¿Cuántos niños están pendientes de bautizar, cuántas parejas esperan casarse, cuántos fieles han muerto sin el auxilio de un pastor o sacerdote? 

Históricamente, se había restringido el culto religioso en épocas de guerra o de persecusión a los cristianos. Nuestra circunstancia es otra. El antecedente más similar a la pandemia actual fue causado por la influenza o gripe española de 1918-19. El Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) estima que esa gripe (H1N1) infectó a un tercio de la población mundial y mató a 50 millones de personas. En comparación, según el Worldometer, al 23 de junio, el COVID-19 ha provocado la muerte de 479,777 personas o el 0.006 por ciento de la población mundial total. Visto de otra forma, el COVID-19 causó el 1.77 por ciento del total de muertes en lo que van del año 2020; los decesos por coronavirus son inferiores a los fallecimientos por suicidio o por abortos, por ejemplo. Las políticas públicas deben ajustarse a la evidencia y nutrirse de una perspectiva histórica. El mundo en el 2020 es distinto al mundo en 1918. ¿Es posible que los conocimientos y las herramientas disponibles a la humanidad hoy, nos permitan relajar las restricciones a las libertades individuales al tiempo que evitamos más muertes?

Los miembros del IFYL reconocemos los efectos positivos de los meses de cuarentena. Aprendimos a hacer comunidad desde la distancia: utilizamos la tecnología moderna para unirnos en oración y ayuno, y para escuchar prédicas y servicios. Vivimos la caridad unos con otros, quizás más que antes. Nuestra fe se ha fortalecido, porque las pruebas precisamente tienen ese efecto: purifican y solidifican. Y ahora valoramos en su justa dimensión la posibilidad de congregarnos con otros cristianos.

El IFYL no incita al público a la desobediencia civil ni, mucho menos, a faltar al respeto o a la obediencia a nuestras autoridades religiosas. Cada vida es infinitamente valiosa a los ojos de Dios y no queremos poner en riesgo la salud de los demás. Apelamos a lo mejor en el ser humano: al respeto y afecto mutuo, la prudencia y la racionalidad. Debemos dar motivos a nuestros líderes religiosos para que confíen en nuestra capacidad para seguir los protocolos sanitarios que ellos establezcan. Si nos lo permiten, podemos ser parte de la solución; podemos poner nuestro ingenio y creatividad al servicio de nuestras iglesias para resolver problemas puntuales que faciliten la reapertura de las iglesias.

Es verdad que la Iglesia no es un edificio, que somos los creyentes quienes constituimos la Iglesia de Dios, y que Él está en todas partes. Pero también es verdad que donde dos o más se reúnen en Su Nombre, allí está Dios en medio de ellos. Y acude con Su Gracia especialmente a las iglesias porque es justamente allí donde Su pueblo lo invoca en comunidad, hermanado en la esperanza y cohesionado por la caridad fraterna. 

Respetuosamente,

Instituto Fe y Libertad