El poder de lo espiritual

Por Carroll Rios de Rodríguez | [email protected]

Publicado originalmente en Prensa Libre.

Es «una historia sobre el poder de lo espiritual»: así describe el domingo de Pentecostés el arzobispo de Sídney, Australia, Anthony Fischer. Imagine la escena: estaban escondidos en el cenáculo los tristes y temerosos discípulos de Jesús cuando un fuerte viento irrumpió en la habitación. Lenguas de fuego que no queman bailaron sobre sus cabezas. Dejaron de tener miedo. Cambió su perspectiva. Tan evidente fue su transformación que algunos espectadores pensaron que estaban borrachos. San Pedro, el primer pontífice, les aclaró que habían recibido del Espíritu Santo los dones para completar su misión, y dictó su primera homilía. Por eso, Pentecostés es el cumpleaños de la Iglesia Católica.

El Paráclito jamás nos ha abandonado, ni siquiera en las últimas once semanas, durante las cuales los guatemaltecos fuimos obligados a cambiar nuestras rutinas y adoptar extremas precauciones al relacionarnos con otros. No hemos podido congregarnos con otros fieles frente a Jesús Sacramentado, y no nos da igual ver la misa por televisión. Estremece ver al papa Francisco de vuelta en la basílica de san Pedro, por primera vez desde la pascua, celebrando una misa para pocas personas, calculadamente distanciadas.

¡Requerimos de la misma esperanza y alegría sobrenaturales que el Espíritu Santo dio a los apóstoles! La palabra esperanza deriva del latín: el sufijo «anza», que indica acción o cualidad, convierte en sustantivo al verbo esperar. Cuando esperamos, confiamos en que sucederá aquello que deseamos. La esperanza es una virtud teologal. Dios, el fin supremo de nuestras vidas, es el objeto de nuestra esperanza; las demás cosas que deseamos se relacionan con Él. San Josemaría Escrivá (Amigos de Dios, 94) escribió: «Expecta Dominum, espera en el Señor; vive de la esperanza, nos sugiere la Iglesia, con amor y con fe. Viriliter age, pórtate varonilmente. ¿Qué importa que seamos criaturas de lodo, si tenemos la esperanza puesta en Dios? Y si en algún momento un alma sufre una caída, un retroceso —no es necesario que suceda—, se le aplica el remedio, como se procede normalmente en la vida ordinaria con la salud del cuerpo, y ¡a recomenzar de nuevo!»

Es comprensible el desánimo en quienes se ven afectados por la enfermedad, la carestía económica, las lluvias, la soledad y más. Pero para un cristiano, ninguna circunstancia justifica la desesperanza. Por eso la enfermera Rebecca Maslow, de Minneapolis, le pide esperanza al Espíritu Santo antes de ir a trabajar a la unidad de cuidados intensivos con pacientes infectados por el coronavirus. A sus 28 años intuye que probablemente se contagiará ella misma, pero lo que más le cuesta es ver cómo sus pacientes afrontan solos su dolor y posible muerte. La frustra no poder transmitir consuelo porque la mascarilla y demás protectores cubren sus facciones. El contacto humano es limitado. Y la relación con los familiares es prácticamente inexistente. Ayudar a estos enfermos sería prácticamente imposible sin una visión sobrenatural.

«¡Ven, oh, Santo Espíritu!», dice la oración. Esta frase, escribe Fischer, «llega a la médula de nuestro ser. Nuestra alma va en busca de lo divino… porque somos seres espirituales… somos más que biología y dinero, también importantes. Es nuestra alma la que… ancla nuestra conciencia, racionalidad y libertad, permitiendo la creatividad y, sí, la economía». Fischer hace un claro rechazo del maniqueísmo: necesitamos de la verdad, la bondad, la belleza, el amor y lo sagrado, además de los víveres, el empleo y la salud. Los cristianos tenemos que extremar nuestra creatividad para sacar adelante nuestros planes, confiando en que cada nuevo día será mejor que el anterior.