Pandemia, mercados y solidaridad

Por Carroll Rios de Rodríguez | [email protected]

El 23 de enero del 2020, el gobierno de China impuso un cerco a la ciudad de Wuhan. El 9 de marzo, Italia entró en una estricta cuarentena. España lo hizo el 15. Y así, sucesivamente, se cerró el mundo. El encierro tiene un lado positivo: la unión familiar, un ritmo de vida pausado, tiempo suficiente para retomar pasatiempos, y, sobre todo, un impulso para acercarse a Dios. Durante estos meses de encierro, hemos tenido oportunidad de esmerar el cuidado de nuestros seres queridos, vivir más en el presente, y apreciar las cosas que verdaderamente nos hacen felices.

Sin embargo, hay quienes amarran estas conquistas positivas con la ausencia del mercado. Este es un momento singular para la humanidad: siguiendo el ejemplo del gobierno totalitario de la República Popular de China, así como los consejos de la Organización Mundial de la Salud, se cerraron fronteras, se cancelaron vuelos y se pidió a la humanidad guardar una prolongada cuarentena. Se impusieron toques de queda y restricciones a la locomoción y al comercio. Se suspendió buena parte del comercio internacional y el intercambio económico dentro de cada país. De allí que algunos piensan que los gobiernos han abierto una ventana para desechar, de una vez por todas, el modelo económico del capitalismo global, con sus centros y sus periferias, sus explotadores y explotados. Piensan que después de la pandemia, podríamos vivir sin trabajar (¿o trabajar menos?) y sin consumir tantas cosas. Imaginan que las fábricas y los comercios pueden desaparecer o transformarse en algo distinto, aunque la propuesta de cómo sería esa economía pospandémica es nebulosa. Pretenden cambiar la naturaleza humana, porque los actores económicos de hoy son dibujados como seres fríos e indiferentes al prójimo, o desalmados depredadores. Como algunos marxistas en siglos pasados, desean condicionar al hombre a fin que sea altruista, sin rastro de egoísmo u odio. En ese futuro igualitario imaginado, nadie pasaría penas y todos compartiríamos todo con todos y viviríamos felices para siempre. 

La crisis del COVID-19 ha sido manejada por gobiernos y con base a criterios políticos desde el primer día. No obstante, circulan rumores que fue la codicia de las grandes corporaciones la que causó la pandemia. A las empresas lo que menos le conviene es la cuarentena mundial—son las grandes perdedoras de la reacción al coronavirus. No obstante, la activista antiglobalización Naomi Klein acuñó el término “capitalismo de coronavirus”; ella teme que las empresas y sus compinches en el gobierno aprovechen la coyuntura para desregular y asignarse privilegios. Aquí cabría advertir que el capitalismo crony, o el mercantilismo, es una perversión del capitalismo claramente objetable. El filólogo estadounidense Noam Chomsky proclama que la crisis constituye «un colosal fracaso de mercado. Su origen se remonta a la esencia de los mercados, exacerbada por la intensificación de profundos problemas socioeconómicos provocada por el neoliberalismo salvaje»1. El advenimiento de una pandemia fue previsto por epidemiólogos hace ya varios años, pero aún se debate si el COVID-19, concretamente, fue diseñado en un laboratorio (estatal) o es producto de un accidente natural. Se sospecha que un animal, como el murciélago, contagió a otro animal, que casualmente era vendido en un mercado, y éste a su vez contagió al humano. En todo caso, cargarle la culpa al mercado, tal y como hace Chomsky cínicamente, es equivalente a que un estudiante culpe a su escritorio del plagio que cometió en su asignatura.2

Algunos objetan las cuantiosas donaciones y contribuciones que hacen empresas y personas privadas para combatir la pandemia. Las donaciones pequeñas son bien vistas, mientras las billonarias, como las ofrecidas por Jack Dorsey, Bill Gates o Tim Cook, son despreciadas. Es legítima tal preocupación si la reputación del donante en cuestión es dudosa, o si a cambio del regalo éste abiertamente busca granjear favores políticos o políticas públicas cuestionables. Sin embargo, a veces las críticas destilan odio o envidia pura. Otros van más allá: preferirían prohibir todos los negocios privados, incluyendo los servicios médicos particulares. Sueñan con un Estado Benefactor que provea directamente bienes y servicios de forma monopólica, gratuita, generosa y eficiente. Creen que las diferencias de clase e ingreso se tornarían insignificantes si todos dependieramos de un único proveedor de servicios. 

Para estas personas, la pandemia sacó a relucir la maldad detrás de la actividad mercantil, y reveló las bondades de la gestión gubernamental y la solidaridad. ¡Qué magnánima la gente que ofrece conciertos de violonchelo o clases de yoga gratuitos desde su balcón! ¡Qué heroicos los funcionarios públicos y los doctores y enfermeras en hospitales públicos, que se desvelan para protegernos y cuidarnos! Ah, pero los emprendedores que intentan mantenerse a flote, desde el heladero que deambula por calles desoladas ofreciendo sus productos, hasta las medianas y grandes empresas que luchan por seguir operando, esos son pícaros o descarados.

A mi juicio, este paradigma que vilifica la actividad mercantil es equivocado. Cuando las personas intercambian bienes, no se hacen daño sino se benefician unas a otras. La actividad mercantil es tan humana, social y constructiva como los actos de gratuidad. En realidad, la solidaridad depende de la actividad económica privada.

¿Qué enseña la Iglesia sobre la solidaridad?

Una de las preocupaciones más fuertes en estos días de cuarentena ha sido la soledad de muchas personas, no solo los mayores de edad sino incluso jóvenes que viven solos. Como bien señala Robin Wright en The New Yorker, «el nuevo coronavirus se expandió por el mundo en un tiempo en que más personas viven solas que jamás antes en la historia de la humanidad»3. Estar conectados a los demás es vital para la supervivencia humana, nos recuerda Wright. El aislamiento al que estamos sometidos subraya la gran importancia que tiene reconocer nuestra faceta social.

Somos seres sociales e interdependientes.  Por amor a Dios, los cristianos estamos llamados a preocuparnos por los demás. El amor al prójimo adquirió una dimensión global conforme se interconectó el planeta. La solidaridad, que se refiere a «la virtud que permite a la familia humana el disfrute del tesoro de los bienes materiales y espirituales»4, es uno de los principios de la doctrina social de la Iglesia, junto con la dignidad humana, la subsidiariedad y el bien común. El punto de partida es que cada persona posee un valor intrínseco y una dignidad por el hecho de ser creada a imagen y semejanza de Dios y por haber sido redimida por Jesucristo.

Concretamente, la solidaridad tiene que ver con el tejido social y los distintos niveles y formas en que se entrelazan nuestras vidas. En su encíclica Centecimus Annus (1991), San Juan Pablo II elabora una lista de los sinónimos empleados por sus antecesores para referirse a la solidaridad: amistad (León XIII), caridad social (Pío XI) y civilización de amor (Pablo VI)5.

Benedicto XVI, en el punto 18 de su encíclica Deus Caritas Est (2005), describe bellamente cómo deberíamos aproximarnos al otro: 

«Consiste justamente en que, en Dios y con Dios, amo también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco. Esto solo puede llevarse a cabo a partir del encuentro íntimo con Dios, un encuentro que se ha convertido en comunión de voluntad, llegando a implicar el sentimiento. Entonces aprendo a mirar a esta otra persona … desde la perspectiva de Jesucristo. …descubro su anhelo interior de un gesto de amor, de atención, que no le hago llegar solamente a través de las organizaciones encargadas de ello, y aceptándolo tal vez por exigencias políticas. Al verlo con los ojos de Cristo, puedo dar al otro mucho más que cosas externas necesarias: puedo ofrecerle la mirada de amor que él necesita. En esto se manifiesta la imprescindible interacción entre amor a Dios y amor al prójimo, de la que habla con tanta insistencia la Primera carta de Juan. Si en mi vida falta completamente el contacto con Dios, podré ver siempre en el prójimo solamente al otro, sin conseguir reconocer en él la imagen divina. Por el contrario, si en mi vida omito del todo la atención al otro, queriendo ser solo « piadoso » y cumplir con mis « deberes religiosos », se marchita también la relación con Dios. Será únicamente una relación « correcta », pero sin amor. Solo mi disponibilidad para ayudar al prójimo, para manifestarle amor, me hace sensible también ante Dios. Solo el servicio al prójimo abre mis ojos a lo que Dios hace por mí y a lo mucho que me ama. …. [Se trata] de una experiencia de amor nacida desde dentro, un amor que por su propia naturaleza ha de ser ulteriormente comunicado a otros. El amor crece a través del amor. El amor es « divino » porque proviene de Dios y a Dios nos une y, mediante este proceso unificador, nos transforma en un Nosotros, que supera nuestras divisiones y nos convierte en una sola cosa, hasta que al final Dios sea « todo para todos » (cf. 1 Co 15, 28).

Entonces, la solidaridad tiene una dimensión espiritual profunda que concierne el interior de la persona y que no es evidente a los observadores externos. Además, tiene dimensiones éticas y sociales. Se pone de manifiesto cuando nos relacionamos unos con otros, según el punto 193 del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia: «las nuevas relaciones de interdependencia entre hombres y pueblos…son, de hecho, formas de solidaridad»6.  El Compendio afirma que las personas gozan de la «libertad humana para ocuparse del crecimiento común, compartido por todos».  Otra vez, se hace hincapié: en libertad, las personas hemos de aportar positivamente a las vidas de los demás, inspiradas por un deseo de justicia, buscando el bienestar del otro y el bien común. Lo contrario ocurre cuando renegamos de nuestra naturaleza social y nos ensimismamos, y cuando, injusta o deliberadamente, pecamos, o procuramos el mal del otro. (Punto 194)

Santo Tomás de Aquino escribió que los seres humanos, al ser parte de una comunidad, tenemos una tendencia a preocuparnos por el bien común del grupo, y trabajar a ese efecto «connaturalmente».  El individuo, «quien está afectiva y efectivamente unido a otros, tiene la tendencia de ofrecerse por ellos. Un tirano, por el contrario, …se ama más a sí mismo que a la comunidad»7. Santo Tomás subraya la importancia de que esta entrega mutua ocurra en libertad, con naturalidad.

«La solidaridad es la aceptación de nuestra naturaleza social y de la afirmación de los lazos que nos unen a nuestros hermanos y hermanas,» aclara el Reverendo Robert Sirico. «La solidaridad crea un ambiente dentro del cual el servicio mutuo es alentado. También crea las condiciones sociales dentro de las cuales se pueden respetar y nutrir los derechos humanos. La habilidad que tenemos de reconocer y aceptar el rango completo de nuestros deberes y obligaciones correspondientes está empotrada en nuestra naturaleza social, y se produce únicamente en una atmósfera vitalizada por la solidaridad»8.  

Explica el sacerdote y economista Martin Schlag que la solidaridad requiere de «instituciones que crean un campo de juego nivelado entre competidores y que engendran una compentencia leal, que evita la colusión entre los poderes económicos y políticos, para de esta forma erradicar la corrupción y asegurar la seguridad física de los trabajadores, salarios justos y una red social de seguridad». 

Vale la pena plantear aquí un caveat que elevó en su momento el economista español Rafael Termes y que hace eco de la frase de Benedicto XVI citada arriba: «La doctrina social de la Iglesia…no es, pues, una tercera vía entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista y ni siquiera una posible alternativa a otras soluciones menos contrapuestas radicalmente, sino que tiene una categoría propia. No es tampoco una ideología, sino la cuidadosa formulación del resultado de una atenta reflexión sobre las complejas realidades de la vida del hombre en sociedad y en el contexto internacional, a la luz de la fe y de la tradición eclesial» 9. En otras palabras, de la doctrina social de la Iglesia no se destila un concreto plan de acción en materia económica, sino esas consideraciones teológicas y éticas que orientan el actuar de los creyentes inmersos en la sociedad moderna.  

Cuando en el 2013 se llevó a cabo un congreso para repensar la solidaridad, el papa Francisco exhortó a los partícipes a «profundizar, reflexionar, para hacer emerger toda la fecundidad de un valor – la solidaridad en este caso – que en profundidad sale del Evangelio, es decir de Jesucristo, y por tanto como tal contiene potencialidad inagotable»10. ¿Qué quiere decir que la solidaridad es un valor? La axiología, o el estudio filosófico del valor, diría que en en libertad, con nuestro trabajo diario, los sujetos convertimos los valores que consideramos deseables en virtudes. El respeto, la responsabilidad, la solidaridad, la lealtad—son valores que nos ayudan a cimentar la convivencia pacífica con los demás.  Los cristianos reconocemos los valores como bienes que debemos hacer vida, porque nos hacen crecer como personas y que nos acercan a Dios.

¿Es compatible la actividad comercial con la solidaridad?

A pesar de la profunda visión sucintamente plasmada por Benedicto XVI, solemos usar la palabra solidaridad para identificar transferencias concretas de recursos de unas personas a otras, a bajo costo o gratis. Así, tildamos de solidaria a una persona que alimenta a personas indigentes.  Asociamos solidaridad con donación, caridad, regalos y gratuidad. Quizás porque estas manifestaciones externas de alguna forma revelan la bondad de la persona que da. 

En comparación, pensamos que una transacción en la cual las dos partes tienen la expectativa de ganar o satisfacer un interés personal no es solidaria.  Para un observador que únicamente observa de lejos las transacciones, y no puede escudriñar lo que ocurre en las mentes y almas de las partes, estos dos actos efectivamente difieren. Sin embargo, el donante de alimentos podría responder a una motivación como la vanagloria o el deseo de ejercer un dominio paternalista sobre el indigente. Quien anticipa cosechar un salario o una ganancia en recompensa de su trabajo, puede, además, sinceramente buscar el bien de la otra parte mediante dicha transacción. El Papa Benedicto XVI nos diría que, para saber si un acto concreto es congruente con el principio de solidaridad, tendríamos que conocer lo que ocurre en el interior del actor: ¿sabe ver al otro con los ojos de Jesucristo?

Este discernimiento de Benedicto XVI está presente en la obra La Acción Humana que publicó el economista austríaco Ludwig von Mises en 1949. El hombre que actúa es una unidad compleja.  Un observador no necesariamente puede comprender por qué hace lo que hace. Una persona puede gastar su ingreso legítimo como guste. «Puede hacer donaciones,» dice Mises, y también puede hacer un obsequio a quien le vende algo, o contratar a un amigo que pasa penas para ahorrarle «la vergüenza de vivir de caridad».  Advierte Mises que «cometemos errores incómodos cuando tendemos a enfocarnos solo en las cosas tangibles, visibles y medibles, e ignoramos todo lo demás»11.

Volvamos al ejemplo de la chelista virtuosa que ofreció un concierto gratuito desde su balcón. Digamos que se llama Ester. Su corazón solidario la impulsa a ofrecer unos minutos de entretención a sus vecinos confinados en sus respectivos apartamentos.

Ester también da conciertos en exclusivos conservatorios. Las personas que valoran sus rendiciones musicales gustosamente compran entradas para escucharla tocar. Tanto ellos como Ester entran en dicho intercambio voluntariamente. Las dos partes salen ganando. Ella merece recibir honorarios, pues ha invertido años de su vida ensayando hasta llegar a dominar su instrumento. El  concierto es un servicio y una transacción, que excluye la extorsión, el engaño o la explotación. En este ejemplo, nadie faltó a la justicia ni violó los derechos humanos del otro. Las motivaciones de Ester son variadas: necesita ingresos para alimentar a su familia, pero también le apasiona su arte y sinceramente pretende enriquecer la vida del oyente. Las partes interactúan en libertad, deseando el bien del otro. Juntos, desde su interdependencia, la chelista y su público contribuyen al bien común. 

Como todos nosotros, Ester procura hacer el bien a las personas conocidas y desconocidas con quienes se relaciona cotidianamente. Como explica Mises: 

«el mercado no es un lugar, una cosa o un ente colectivo. El mercado es un proceso, que resulta de la interacción de las acciones de varios individuos cooperando bajo la división del trabajo. Las fuerzas que determinan el estado del mercado, continuamente cambiante, son los juicios de valor de los individuos y sus acciones según dichos juicios de valor. El estado del mercado en cualquier instante es la estructura de precios, es decir, la totalidad de las raciones de intercambio que son establecidas por aquellos ansiosos por comprar y aquellos ansios por vender. No hay nada inhumano o místico con relación al mercado. El proceso de mercado es completamente resultado de las acciones humanas. Cualquier fenómeno de mercado puede trazarse de regreso a las elecciones definitivas de los miembros de la sociedad de mercado».12

En aras de la justicia, subrayamos que los actos cotidianos de Ester y los nuestros no entran en contradicción con, y no violan, el principio de la solidaridad. «Dan, darás» dicen las campanas. Así empieza el artículo “El pan nuestro de cada día”, por Hilary Arathoon13. Su punto es que «diariamente encontramos gente presta y gustosa a satisfacer hasta nuestros más ínfimos deseos» porque todos debemos prestarnos servicios unos a otros, antes de recibir. En los mercados libres y competitivos, incluso quienes tienden a ser egoístas se ven forzados a atender solícitamente al prójimo. El discernimiento de Adam Smith era precisamente que no dependemos de la caridad de los demás—los oferentes de bienes y servicios no tienen que ser virtuosos para servir. No obstante, si un oferente es incapaz de ponerse en los zapatos del otro y anticipar sus necesidades, su negocio eventualmente fracasará y él no comerá. Adam Smith jamás afirmó que toda transacción comercial nace de la indiferencia al otro, o del egoísmo, o de un individualismo enfermizo. De hecho, Smith, el gran defensor de la reciprocidad y de la empatía, creía lo contrario: que la mayoría de personas se desean el bien y procuran el bien del otro y en este afán, los mercados resultan ser buenos aliados.

Ahora pensemos en el dueño de una pequeña fábrica de instrumentos musicales. Digamos que se llama Job. Después de que estalló la pandemia del COVID-19, el presidente de su país decretó el cierre de las empresas “no esenciales”. Para Job, su empresa es esencial. Tanto valora él el impacto positivo de la música en sus compatriotas, que ahorró y trabajó denodadamente para sacar adelante su pequeño emprendimiento. Poco a poco, llegó a contratar a quince empleados que aman su trabajo.  

El trabajo es servicio. Además de empresario y fabricante, Job es cristiano. Intenta trabajar bien para ofrecer su trabajo a Dios. Él reconoce la «dignidad irrenunciable» de sus cotrabajadores y de sus clientes, y sabe que «hace mucho bien integrar en el trabajo, aún el más rutinario, la perspectiva de la persona, que es la del servicio, que va más allá de lo debido por la retribución percibida».14 Job, y sus amigos y conocidos, desde el barrendero hasta el gerente de una gran empresa, abordan sus obligaciones diarias con esta ilusión.

Debido al COVID-19, por decisión del gobierno, el negocio de Job permanece cerrado por una semana, luego dos, y luego por meses de corrido. Sin producir y sin vender. Sin un centavo de ingreso. Evidentemente, Job no desea que sus empleados contraigan el coronavirus, pero tampoco que dejen de traer el pan a sus mesas familiares. Al cabo de varios meses, un desvelado y agobiado Job toma la dolorosa decisión de cerrar definitivamente. Una larga cadena de personas pierde: los dependientes de Job; sus empleados, acreedores y proveedores; sus clientes y hasta los recaudadores de impuestos. Perdemos indirectamente todos los que jamás escucharemos las notas musicales que emanan de los instrumentos que fabricaba. Perdemos no solo cosas materiales, sino también la oportunidad que este emprendimiento brindó a tanta gente para servirse unos a otros mediante su trabajo honrado. 

Al decretar el repentino y prolongado cierre de la fábrica, el gobierno cercenó la libertad de Job para operarla de forma responsable y constructiva. Hasta se podría decir que la medida gubernamental atentó contra sus derechos humanos porque “secuestró” su propiedad temporalmente. Si Job osara reclamar sus derechos, sobrarían detractores. Dirían que Job se centra en sus ganancias cuando debería estar preocupado por salvar vidas. «Lo material se recupera, la vida no», dicen los memes, como si la creación de riqueza fuera automática o resistente a toda adversidad.  Hasta lo acusarán de avaro por “no resistir” y por declarar bancarrota, casi exigiendo que haga florecer el negocio sin ventas. Un perplejo Job pensaría para sus adentros: esta iniciativa era mi vida, mi sueño, mi contribución a la sociedad. Job quiere luchar por ella no solo por interés propio, sino porque la fábrica creaba las condiciones necesarias para que pudieran practicar la sociabilidad y la solidaridad.

Algunos piensan que será leve el colapso económico producto de las medidas para contener el contagio del coronavirus, o que la recuperación será pronta. El sitio de Bloomberg estimó que la pandemia costará a la economía mundial arriba de US$ 2.7 trillones. Estiman que las economías de China, Japón, Indonesia, Rusia, Alemania, Brasil y Estados Unidos se encogerán entre 4.8 (Rusia) y 2.4 (China y Estados Unidos) puntos.15 A su vez, el Fondo Monetario Internacional (FMI) prevé que la economía mundial se encogerá en 3% durante 2020 y que seguirá parcialmente deprimida en 2021. «Es muy probable que este año la economía global experimente la peor recesión desde la Gran Derpesión,» afirmó Gita Gopinath, la economista en jefe del FMI.16 Las tasas de desempleo ya se han disparado en Estados Unidos y los países europeos, y América Latina seguirá ese patrón. El ejemplo de Job nos recuerda que detrás de estos números hay personas de carne y hueso que padecerán consecuencias concretas de la recesión.

Reiteramos que no idealizamos a todos los actores del mercado. Pecadores hay en todas partes, adentro del mercado, en cargos públicos, y en todos los ámbitos de la sociedad humana.  Somos más los que luchamos por ser mejores—más generosos, más piadosos, más justos—cada día. Como señalan Michael Novak y sus coautores, «la mayoría de cristianos, judíos y humanistas seculares no creerían que una sociedad que ignora el sufrimiento de los pobres y de los vulnerables constituye una buena sociedad».17  Creyentes y no creyentes sostenemos que los seres humanos somos capaces de ser a la vez productivos y solidarios. La mayoría de días, en la mayoría de transacciones, las personas toman en cuenta el bien del prójimo. Somos muchos los que operamos día a día con la intención de respetar el principio de solidaridad.

¿Es solidario el Estado?

Los gobiernos hacen uso frecuente del término solidaridad para referirse a sus iniciativas. Rotulan así sus programas sociales domésticos y sus programas de cooperación internacional. Unos gobiernos le piden a otros gobiernos (más ricos) que sean solidarios con ellos, es decir, que les hagan regalos o préstamos.18  

El vocablo a veces se usa de formas creativas. «Estos son tiempos de ciencia y solidaridad,» expresó Antonio Guterres, el secretario general de la Organización de Naciones Unidas. «Haciendo causa común por el sentido común y los hechos, podemos derrotar a COVID-19—y construir un mundo más sano, y más equitativo, resiliente y justo».19 En este discurso, solidaridad es sinónimo de hacer todos lo mismo, o acuerpar un único plan centralizado que emana del cuerpo multinacional que él dirige. A primera vista, podríamos pensar que Guterres hace eco de lo escrito por Benedicto XVI y Francisco respecto de la “familia humana” que comparte un destino común debido a la globalización. Ambos pontífices hablan del planeta como nuestro hogar común, y Francisco advierte que debemos de evitar la “indiferencia globalizada”. Sin embargo, a diferencia de Guterres, los líderes religiosos querrían ver emerger formas de interrelacionarnos que sean efectivas y respetuosas del bien común y de la dignidad de cada persona. 20 La Iglesia no parece sugerir la imposición de soluciones de talla única que se implantan de arriba hacia abajo, a la fuerza.  

Otro ejemplo es el proyecto de “esperanza y solidaridad” emprendido por el pueblo suizo de Zermatt, con ocasión del COVID-19. Las autoridades comisionaron al artista Gerry Hofstetter para que proyecte las banderas de distintos países sobre la montaña Matterhorn con la idea de «mostrar solidaridad con el pueblo» cuya bandera es exhibida. Han proyectado las banderas de Francia, Esatdos unidos, India, Japón, Alemania, Portugal, España y, el 24 de abril, le tocó a Singapur.21 Este gesto destina fondos del erario público a una entretención efímera. Seguramente los promotores del espectáculo se llenan de sentimientos altruistas hacia otros pueblos, y los ciudadanos de los países cuyas banderas son exhibidas también experimentan sentimientos positivos.  El acto no genera beneficios tangibles para los habitantes de las naciones favorecidas ni los suizos. ¿Basta con evocar emociones para vivir el valor de la solidaridad? Este gesto, aparentemente vacío, ¿encaja con los matices y las luces de los textos eclesiásticos?

No son manifestaciones de solidaridad la intención de crear un único gobierno mundial, al estilo de la caricatura Pinky y Cerebro, ni tampoco el gesto publicitario sobre el Matterhorn. ¿Qué hay de programas redistributivos estatales? En general, las acciones gubernamentales difícilmente se ajustan al principio de solidaridad. Las razones principales son dos: son acciones que se revisten de coacción, y no involucran la donación personal.

Para poder dar, y darse, debemos ser libres y, además, reconocidos como los titulares de aquello que damos. Ester puede regalar a sus vecinos su talento, porque le pertenece. Y porque ella ostenta un derecho socialmente y generalmente reconocido a su chelo y a su balcón. Juntos, Job y sus empleados generan unas utilidades legítimas, a las cuales tienen derecho, y las cuales pueden destinar a diferentes gastos, e incluso hacer aportes a una caridad. Solo se puede disponer de lo propio. Las transacciones comerciales son, en esencia, intercambios de derechos. En palabras de Novak, «La justicia social es una virtud que puede ser ejercitada únicamente por individuos…no por el estado benefactor».22


Desde que se popularizaron los Gobiernos Benefactores, incluso en el mundo occidental y en sistemas democráticos, los gobiernos hacen transferencias y redistribuyen recursos. «El Estado Benefactor institucionaliza lo que el economista francés Frederic Bastiat llamó la “expoliación pública”», escribe Tom Palmer, «[O]pera como unos comunes, y está a la vista la tragedia. En un Estado Benefactor, todos tienen el incentivo de actuar como un pescador irresponsable que puede pescar lo que quiere del lago, excepto que el recurso expoliado somos los unos por los otros».23 En la mayoría de países, estas transferencias que Bastiat llamó expoliatorias ocurren legalmente: los gobiernos están autorizados a confiscar algunos de los recursos que pertenecen a los tributarios. 

Las tasas tributarias varían mucho de país en país, pero en sistemas con aparatos benefactores abultados, como por ejemplo Italia, un trabajador promedio se queda únicamente con la mitad de lo que gana; en Canadá se queda con el 58%, en Turquía con el 64%, y en Arabia Saudita con el 97%.24 La organización Tax Foundation, de Estados Unidos, calculó que los ciudadanos de ese país trabajan hasta el 16 de abril exclusivamente para pagar la suma de impuestos federales, estatales y municipales debidos.25 La mayoría de los ciudadanos se resignan a pagar impuestos, esperando recibir algunos servicios gubernamentales a cambio, principalmente seguridad y defensa nacional. Existen algunos estudios que intentan medir la eficiencia con que los estados satisfacen dicha expectativa y surten bienes y servicios de calidad a los contribuyentes. Por ejemplo, el gobierno de Italia obtuvo un punteo de 0.85 en el índice de eficiencia del sector público elaborado por Fraser Institute, siendo 1.0 la nota promedio, en tanto gobiernos más eficientes, como Luxenburgo y Japón, obtuvieron punteos cercanos a 1.5. Además, dichos países tienen un sector público de menor tamaño en relación al Producto Interno Bruto del país, y una carga tributaria menor que Italia.26 Del caso de Italia podríamos destilar la hipótesis que una elevada carga tributaria no necesariamente se traduce en servicios públicos de calidad. El manejo de la crisis por el COVID-19 por el sistema de salud pública en Italia será motivo de estudios serios a futuro, pero desde los años noventa se revelan ineficiencias. «En Italia, la decadencia [del sistema de salud pública] ha enfatizado las idiosincrasias de una tierra donde los partidos políticos corruptos se han inmiscuido en cada rincón de la vida de las personas,» escribió Alan Cowell de The New York Times.27 Para empeorar las cosas, si un italiano miente o se equivoca en su declaración de impuestos (que por definición son impuestos), puede ser condenado hasta a 6 años de prisión.28 

Los gobiernos tampoco se caracterizan por ser agentes productivos. Los gobiernos que participan en economías mixtas no han sido eficaces productores de bienes y servicios. En sistemas centralmente planificados, de inspiración marxista-leninsta, maoista y otros, los gobiernos pretenden abolir la propiedad privada y suplantar los mecanismos de producción por monopolios estatales. El gobierno se convierte en el único empleador, y los trabajadores se deben al jefe Estado. Sin embargo, estos esfuerzos fracasaron en crear riqueza. Vietnam, la Unión Soviética, Corea del Norte, Cuba y otros países que ensayaron con economías centralmente planificadas nunca eliminaron la pobreza. Los datos económicos generados por la Cuba totalitaria no son de fiar, pero hay un acuerdo bastante generalizado de que Cuba tenía uno de los niveles de ingresos per cápita más elevados de América Latina antes de 1959, y que hoy es un «país pobre hecho más pobre por el socialismo».29 A juicio de economistas como Ludwig von Mises, el principal problema de este modelo de producción centralizada es que las autoridades políticas no pueden hacer el cálculo económico. El sistema de precios en una economía abierta recoge información dispersa porque resulta de las acciones de miles de oferentes y demandantes actuando libremente. «Quien quiera emplear el cálculo económico no debe mirar los asuntos a la manera de una mente despótica. Los empresarios, capitalistas, terratenientes y asalariados de una sociedad capitalista pueden usar los precios para calcularlos», escribe Mises.30

Los gobiernos típicamente se sostienen cobrando impuestos, contrayendo deuda y causando inflación. De allí que solo pueden repartir lo que previamente han quitado a otros. Por eso, lo que hacen es una transferencia a secas, independientemente de las buenas intenciones del funcionario. Supongamos que el gobierno tomó un porcentaje de los ingresos de Ester para dárselos a Quique. No diríamos que Ester es solidaria con Quique, porque esta transferencia no es una iniciativa voluntaria de su parte. Tampoco diríamos que el recolector de impuestos, que quita y reasigna, actúa solidariamente. Dada la forma en que organiza el quehacer político, e indistintamente de la buena voluntad de las partes, difícilmente se aplica a este tipo de relaciones el concepto de solidaridad.  

Podríamos llamar solidaridad a la decisión de un funcionario público de repartir lo propio: de darse.  Recientemente trascendió que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, donó su salario del último trimestre del 2019, un monto de U.S.$100,000.00, al ministerio de salud de su país, para contribuir al combate del coronavirus.31 ¿Es un acto de solidaridad? El reportero de Forbes insinúa que quizás el presidente quiera pagar menos impuestos, y si él tuviera razón, entonces Trump dona su salario para ayudarse a si mismo más que para ayudar al prójimo. ¿Cómo saberlo? 

Por otra parte, algunos programas estatales generan dependencia, no interdependencia. Si son programas paternalistas, pueden vulnerar la dignidad del supuesto beneficiario y reducir las posibilidades del recipiendario de valerse por si mismo a futuro. Esta realidad fue constatada hace siglos: Alexis de Tocqueville escribió sobre los efectos nocivos en los pobres de las Leyes de Pobres (1587-98) en Inglaterra. Tocqueville señaló que «una sexta parte de los habitantes del próspero reino viven a expensas de la caridad pública,» lo cual, a su entender, desincentivaba el trabajo e incrementaba el número de pobres.32 Un ejemplo más actual es el subsidio a madres solteras en Estados Unidos. Alrededor de 2008, el gobierno federal y los gobiernos estatales erogaban aproximadamente $150 mil millones al año para sostener a madres solteras, pero gastaban tan solo $150 millones en tratar de impedir los embarazos fuera del matrimonio y el divorcio, que son dos de las causas más claras de la pobreza de las madres solteras y sus hijos. El bienestar de los niños aumenta dramáticamente cuando es criado por dos padres. De igual forma, cuando los padres permanecen unidos, disminuyen las probabilidades de que los niños se involucren en crimen, sean abusados, usan drogas o cometan suicidio. Conforme adquieren dependencia sobre las transferencias estatales, en lugar de buscar establecer un hogar estable, las madres optan por no casarse, y por tener más de un hijo ilegítimo. Trágicamente, estos regalos condenan a la mayoría de estas familias monoparentales a una vida de pobreza.33

Tratar al otro como víctima, o considerarse uno mismo una víctima, tiende a restar dignidad y disminuir del sujeto.  «Para mí, la línea brillante y amarilla entre un programa de bienestar que nutre y otro que destruye debe trazarse entre esos puntos en los cuales el benefactor crea dependencia en los adultos hábiles y sanos, o que de otras formas corrompen su habilidad para tomar decisiones prácticas por sí mismos y cargar con la responsabilidad de sus actos».34 O, volviendo al escrito de Tocqueville sobre el pauperismo, «la caridad legal afecta la libertad del pobre tanto como su moralidad».35

Si la solidaridad es incompatible con los programas de redistribución emprendidos por los gobiernos en sociedades medianamente democráticas y libres, es totalmente anátema en los regímenes totalitarios y en economías centralmente planificadas. Es falsa la expectativa que, una vez eliminada la propiedad privada, la libertad individual y el dinero, las personas se transformarán en ángeles sin intereses personales, sin egoismos, ambiciones o diferencias. El homo comunista, prometen autores como Trotsky y Ernesto Ché Guevara, nacerá de adentro de las personas una vez establecido el nuevo régimen. No explican cómo o porqué esto debe ocurrir, pero en un orden creado por un puñado de personas, desde arriba, los valores se imponen y al individuo no le queda alternativa más que “caber” o perecer.  En las sociedades libres, en cambio, «el individuo tiene ascendencia. El fin es un orden social en el cual los hombres y las mujeres son libres».36

El super hombre comunista jamás brotó espontáneamente del hombre viejo y capitalista. Los vicios, incluidos el odio, el resentimiento y la codicia, persistieron en las sociedades centralmente planificadas. Y los hombres perdieron su libertad, no solo económica, sino política, religiosa, social—total. Y fueron enviados al gulag, ejecutados, desaparecidos, encarcelados y fusilados: La «fuerza era la única herramienta restante. El hombre tenía que ser cambiado para caber en la utopía colectivista, que se convirtió en vez en una tumba masiva».37 Millones de personas disidentes fueron asesinados por los regímenes comunistas del siglo XX. 

Eliminada la arena económica libre, todas las transacciones pasan a ser de carácter político y obeden a los incentivos políticos, que pueden ser deleznables. En un régimen comunista, sin propiedad privada ni libertades ni derechos, los ciudadanos son esclavos. Las posesiones de las cuales pueden disponer son ínfimas, y de esa cuenta, su capacidad para ser solidarios se ve mermada. Es mucho más difícil, bajo estas circunstancias, practicar la caridad en libertad. Cuesta volcarse en la atención del otro porque todos son igualmente miserables y vulnerables frente a los poderes políticos que los someten.

¿Existen gobiernos que operan con un mínimo de coacción, y que podrían llegar a incorporar dentro de sus operaciones actitudes solidarias? En este sentido, nos abren una pequeña ventana los estudios que realizaron los esposos Vincent y Elinor Ostrom respecto de la gobernanza común al nivel local, pues ellos, siguiendo los lineamientos trazados por el análisis de las decisiones públicas, identificaron instancias en las cuales la comunidad, a veces en conjunto con sus autoridades locales, acordaban reglas para el uso de bienes tenidos en común. Estos acuerdos reducen los elementos coactivos en el ámbito político-económico, ya que las personas voluntariamente se suman al arreglo institucional.

Explica Sirico: «En el sentido más estricto del término, la más genuina y meritoria solidaridad no es coaccionada. Históricamente, la solidaridad coaccionada niega la libertad responsable y funciona como una afrenta a la dignidad humana. Uno no puede forzar, por medios políticos, la aceptación de nuestras responsabilidades compartidas de unos por otros, desde el amor».38 

Conclusión

Una vez superada la pandemia provocada por el COVID-19, sería maravilloso reencontrarnos en una convivencia más humana y solidaria. Ese loable deseo pasa por reconocer la vital importancia de preservar intacta nuestra libertad y responsabilidad individual, así como el derecho a la propiedad privada. Es cierto que hay hoy, y habrán siempre, una minoría de personas antisociales que intentan aprovecharse de los demás y que pisotean el derecho ajeno. Son la minoría. El mercado no nos convierte en malvados hombres-lobo o en egocentristas que solo ven al prójimo como un medio a utilizar y explotar. La mayoría de nosotros nos aproximamos al vecino con propuestas y oportunidades de ayuda mutua, basadas en el respeto, la empatía y hasta en la la caridad. Lejos de dañar al prójimo, el trabajo que realizamos conjuntamente refuerza nuestra naturaleza social y nos ennoblece; además, podemos ofrecer nuestro trabajo a Dios. La mayoría de personas busca al otro, conocido o desconocido, con el afán de servir. Dan, darás dicen las campanas. Las transacciones mercantiles libres y voluntarias se asemejan más a los actos de caridad verdaderos, que a la actividad redistributiva del gobierno. Solo se puede vivir la solidaridad en libertad y disponiendo de lo propio.


Notas y referencias.

  1. La cita es incluida el reportaje “Noam Chomsky: “Coronavirus pandemic could have been prevented””, AlJazeera, 3 de abril del 2020, recuperado de https://www.aljazeera.com/news/2020/04/noam-chomsky-coronavirus-pandemic-prevented-200403113823259.html
  2.  Bruce Y. Lee, “No, Coronavirus was not bioengineered. Here’s the research that debunks that idea”, Forbes, 17 de marzo del 2020, recuperado de https://www.forbes.com/sites/brucelee/2020/03/17/covid-19-coronavirus-did-not-come-from-a-lab-study-shows-natural-origins/#60e5fa6e3728
  3. Robin Wright, “How loneliness from coronavirus isolation takes its toll”, The New Yorker, 23 de marzo del 2020, recuperado de https://www.newyorker.com/news/our-columnists/how-loneliness-from-coronavirus-isolation-takes-its-own-toll
  4. Karen Shields Wright, “The principles of Catholic social teaching: A guide for decision making from daily clinical encounters to national policy-making”, The Linacre Quarterly, febrero, 2017, volúmen 84, No. 1, recuperado de https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC5375653/
  5. Encíclica citada por Karen Shields Wright, ibid. La encíclica puede ser recuperada en español de http://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_01051991_centesimus-annus.html
  6. Pontificio Consejo «Justicia y Paz», Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, recuperado de http://www.vatican.va/roman_curia/pontifical_councils/justpeace/documents/rc_pc_justpeace_doc_20060526_compendio-dott-soc_sp.html#VI.%20EL%20PRINCIPIO%20DE%20SOLIDARIDAD
  7. La expresión es de De caritate, por Santo Tomás de Aquino, citada por Martin Schlag, “Justice and partiality for the poor and marginalized”, Poverty, Injustice, and Inequality as Challenges for Christian Humanism, editado por Martin Schlag, Berlin, Duncker y Humblot, 2018, página 139.
  8. Robert Sirico, “Solidarity: the fundamental social virtue”, Religion and Liberty, Volumen 11, No. 5, 20 de julio del 2010, recuperado de https://www.acton.org/pub/religion-liberty/volume-11-number-5/solidarity-fundamental-social-virtue
  9. Martin Schlag, Op. Cit., página 139
  10. Rafael Termes, Un liberal cristiano: homenaje a Rafael Termes, España: Unión Editorial, 2018, página 111.
  11. Redacción, “El papa Francisco «la solidaridad no es una limosna social sino un valor social”, Zenit, 26 de mayo del 2013, recuperado de https://es.zenit.org/articles/el-papa-la-solidaridad-no-es-una-limosna-social-sino-un-valor-social/
  12. Ludwig von Mises, Human Action, Chicago, Henry Regnery Company, tercera edición 1966, página 241. Traducción propia.
  13. Ludwig von Mises, ibid. Página 257-8
  14. Hilary Arathoon, El pan nuestro de cada día, Tópicos de Actualidad, Centro de Estudios Económico-Sociales (CEES), año 20, no. 413, mayo de 1978, recuperado de http://www.biblioteca.cees.org.gt/topicos/web/topic-413.html
  15. Monseñor Fernando Ocariz, “El trabajo de cuidar al mundo”, Prensa Libre, 1 de mayo, 2020, recuperado de https://www.prensalibre.com/opinion/columnasdiarias/el-trabajo-de-cuidar-al-mundo/
  16.  Tom Orlik, Jamie Rush, Maeva Cousin y Jinshan Hong, “Coronavirus could cost the global economy $2.7 trillion. Here’s How, Bloomberg, 6 de marzo, 2020, recuperado de https://www.bloomberg.com/graphics/2020-coronavirus-pandemic-global-economic-risk/
  17.  Silvia Amaro, “IMF says the world will very likely experience worst recession since the 1930s”, CNBC, 14 de abril, 2020, recuperado de https://www.cnbc.com/2020/04/14/imf-global-economy-to-contract-by-3percent-due-to-coronavirus.html
  18.  Michael Novak, Paul Adams, Elizabeth Shaw, Social Justice isn’t what you think it is, New York: Encounter Books, 2015, página 51
  19.  Ver por ejemplo Yanis Varoufakis, “Solidarity is not what Europe needs”, PS, 20 de abril, 2020, recuperado de https://www.project-syndicate.org/commentary/eurobonds-must-be-based-on-self-interest-not-solidarity-by-yanis-varoufakis-2020-04
  20. Antonio Guterres, “COVID-19 Response”, Welcome to the United Nations, 14 de abril, 2020, recuperado de https://www.un.org/en/un-coronavirus-communications-team/time-science-and-solidarity
  21. Gerhard Kruip, “Ethical and Tehologocial Aspects of Poverty According to Pope Francis”, Poverty, Injustice, and Inequality as Challenges for Christian Humanism, editado por Martin Schlag, Berlin, Duncker y Humblot, 2018, página 44-5.
  22. “Singapore flag projected on Switzerland’s Matterhorn in show of solidarity during coronavirus”, The Strait Times, 24 de abril del 2020, recuperado de https://www.straitstimes.com/singapore/singapore-flag-projected-on-matterhorn-in-show-of-solidarity-during-coronavirus. Ver también el sitio https://www.goodnewsnetwork.org/swiss-village-projects-flags-onto-matterhorn/.
  23. Michael Novak, et. Al., Social Justice isn’t what you think it is, Op. Cit., página 51
  24. Tom G. Palmer, After the Welfare State, Atlas Network, 2012, página 5
  25. Ben Carter, “Which country has the highest tax rate?”, BBC News, 25 de febrero del 2014, recuperado de https://www.bbc.com/news/magazine-26327114
  26. Ver el sitio https://taxfoundation.org/publications/tax-freedom-day/
  27. Este tipo de estudio no es fácil de realizar y tampoco es fácil encontrar cifras para medir el desempeño a lo largo del tiempo. Fraser Alert, “Public Sector Efficiency: An International Comparison”, The Fraser Institute, marzo de 2007, recuperado de https://www.fraserinstitute.org/sites/default/files/PublicSectorEfficiency.pdf.
  28. Alan Cowell, “Italy’s Public Health-Care System is Doing Poorly”, The New York Times, 8 de noviembre de 1994, recuperado de https://www.nytimes.com/1994/11/08/world/italy-s-public-health-care-system-is-doing-poorly.html
  29. Arnone & Sicomo, “Tax Evasion in Italy: Is tax evasion a criminal tax offence?”, recuperado de https://www.mondaq.com/italy/Criminal-Law/832056/Tax-Evasion-In-Italy-Is-Tax-Evasion-A-Criminal-Tax-Offence
  30. Daniel Mitchell, “The economic cost of Cuban socialism”, Foundation for Economic Education, 2 de agosto del 2019, recuperado de https://fee.org/articles/the-economic-cost-of-cuban-socialism/
  31.  Ludwig von Mises, “Los límites del cálculo económico”, extracto del capítulo 12 de La Acción Humana, traducido y republicado el 21 de enero del 2020 en https://mises.org/es/wire/los-l%C3%ADmites-del-cálculo-económico
  32. Tony Nitti, “President Trump donated his salary to fight coronavirus: can he deduct the payment?”, Forbes, 5 de marzo, 2020, recuperado de https://www.forbes.com/sites/anthonynitti/2020/03/05/president-trump-donated-his-salary-to-fight-coronavirus-can-he-deduct-the-payment/#5c5f2e032ec7
  33.  Jane Shaw, “A Tocqueville Idea, Largely Ignored”, recuperado del blog “Jane Shaw takes on history”, 21 de abril del 2020, https://janetakesonhistory.org/2020/04/21/a-tocqueville-insight-largely-ignored/
  34. Jim De Mint, J.David Woodward, Why We Whisper, Restoring our right to say it’s wrong, Nueva York, Rowman & Littlefield Publishers, Inc., 2008, página 157, recuperado de https://books.google.com.gt/books?id=uGCd1lsN0sgC&pg=PA157&dq=single+mothers+subsidies+dependency+patrick+fagan&hl=en&sa=X&ved=0ahUKEwjl6-PX54npAhWCTt8KHflgBGcQ6AEIJTAA#v=onepage&q=single%20mothers%20subsidies%20dependency%20patrick%20fagan&f=false
  35. Michael Novak, et. Al. Ibid, página 51
  36. Esta vez, el texto es citado por Tom Palmer en After the Welfare State, Op. Cit. página 120
  37.  JW Rich, “Waiting for a Communist Superan: The intelectual roots of socialism’s “New Man”, Foundation for Economic Education, 5 de marzo del 2020, recuperado de https://fee.org/articles/waiting-for-a-communist-superman-the-intellectual-roots-of-socialism-s-new-man/
  38.  JW Rich, ibid.
  39. Robert Sirico, Op. Cit.