El silencio de los niños

Por León Gómez Rivas | [email protected] 

A finales de marzo comenzamos a publicar en esta web (y en tantos otros lugares) las primeras impresiones sobre el impacto de la pandemia en nuestra vida personal, económica o social. Han pasado más de cuarenta días, y -la verdad- no han cambiado muchas cosas: escasa capacidad de respuesta desde nuestros gobernantes, trabajo y entrega admirables por parte de sanitarios, fuerzas del orden o empleados de los servicios abiertos al público, mientras la mayor parte de los ciudadanos seguimos confinados en nuestras viviendas.

En España hemos asistido hace unas semanas a una titubeante política respecto a la posible salida de los niños a la calle: ciertamente, resultaba esperpéntico ver pasear a los perros por las aceras, mientras los pequeños de la casa se subían por las paredes. Por supuesto, hay que ser extremadamente cauteloso para evitar cualquier contagio, dada la gravedad del virus. Pero les quería escribir cómo echo de menos los gritos de los patojos al jugar, sus risas o sus lloros cuando iban por la mañana a la escuela, la algarabía de la vuelta al hogar… Ahora empiezan a salir, acompañados de un adulto, ambos con mascarilla y respetando las distancias: aunque ya no es lo mismo.

Otras cosas han cambiado, y no sabemos hasta dónde o por cuánto tiempo; el presidente español Pedro Sánchez habla de una «nueva normalidad» que también despierta opiniones encontradas. Como ya venimos escribiendo en estos foros, una gran preocupación es la defensa de la libertad frente a posibles tics autoritarios, o excesivamente partidistas de una mayor intervención del Estado. Les citaba aquí mismo algunas declaraciones de Robert Sirico, que completo ahora con otras de Vargas Llosa en un Manifiesto de la Fundación Internacional por la Libertad. También el Instituto Acton en Argentina insiste en los límites de la subsidiariedad del poder público: la realidad económica está demostrando que la gestión de las empresas privadas, por ejemplo en los suministros esenciales, funciona mucho mejor que la provisión de material sanitario por parte de algunos gobiernos. Esta desconfianza me atrevo a extenderla a los organismos internacionales: lean Uds. todo lo que se escribe sobre las negligencias de la OMS (y su peculiar Presidente) en la crisis del COVID-19.

Los ciudadanos estamos cansados también del confinamiento espiritual: no nos dejan acudir a los templos; y es razonable extremar las medidas de salud. Aunque tampoco podemos acostumbrarnos a lo que ha calificado el papa Francisco, con su peculiar lenguaje, «viralizar la Iglesia». Estamos viviendo una experiencia religiosa doméstica, imposibilitados para recibir sacramentos o participar en liturgias comunitarias: lo cual es muy extraordinario, y conviene ser conscientes de ello. Porque es importante regresar enseguida a esa antigua normalidad que tanto anhelamos. En esta situación, sin embargo, me sorprende el excesivo mensaje caritativo proclamado desde la propia Iglesia: está muy bien que se ayude materialmente a tantas personas necesitadas (y seguimos con el lenguaje papal: las periferias y los descartados). Pero, atención: no se trata de suplantar a las ONG. Como también hemos escuchado, «Esto no es la Iglesia»: conviene recordar, y poner en primer lugar, esa tarea espiritual de salvación de las almas en un ejercicio personal de relación con Dios.

Termino con dos ideas más breves. Como siempre ha insistido la Escuela Austriaca de Economía, hay que ser prudente y humilde en el uso de los datos y las estadísticas. Ningún ejemplo mejor que ahora: nos invaden con montones de porcentajes sobre escaladas, curvas o picos, totalmente inútiles porque no son completos ni homogéneos. Además, en todas esas pesadísimas ruedas de prensa parecen olvidar que detrás de cada fallecido, ingresado en la UCI, etc. hay un ser humano. Quizás podamos sacar algo positivo de esta terrible situación: un mayor respeto a la dignidad de toda persona; y particularmente de los ancianos, que en tantos países europeos sufren la amenaza de esas inicuas leyes sobre la eutanasia.