Silenciosa Semana Santa

Esta Semana Santa será distinta.

Por Carroll Rios de Rodríguez | [email protected]

Publicado originalmente en Prensa Libre.

Este año, echaremos de menos las tradicionales procesiones y las alfombras de aserrín. No escucharemos el redoblante que se adelanta a la melodía de las marchas solemnes. Las calles no olerán a coroso e incienso. Nuestras iglesias seguirán cerradas. No haremos cola para confesarnos. No nos conmoverá el lavatorio de los pies. Si cabe, la Sagrada Eucaristía nos hará aún más falta de lo que ya nos hace. Tampoco podremos socializar con amigos o hacer un poco de turismo local.

El vacío que deja la ausencia de estas apreciadas costumbres nos obliga a innovar. Año tras año, la cuaresma sirve para la reconversión. En los próximos días debemos crecer en fe, devoción y agradecimiento a nuestro Dios, pero sin la ayuda de algunas de las elaboradas manifestaciones públicas de piedad. En solitario, contemplaremos la Pasión de Jesucristo, y recordaremos que, por amor, el Hijo de Dios se encarnó, murió en la Cruz y resucitó por cada uno. Será una Semana Santa de introversión y silencio.

En los primeros días de la Semana Santa, Jesús les explicó muchas cosas a sus discípulos. Se agotaba el tiempo, y sus seguidores no terminaban de comprender que eran coprotagonistas de un momento único. Según la enciclopedia católica New Advent, el día antes de su entrada triunfal en Jerusalén, cuando fue reconocido como «el profeta de Nazaret de Galilea» (Mateo 21,9), Jesús comió en casa de Simón el leproso. Allí, María le ungió los pies. Jesús visitó Jerusalén el domingo, lunes, martes y quizás también el miércoles. El lunes maldijo a la higuera sin fruto, defendió el templo como «casa de oración», y expulsó a los mercaderes. El martes narró las parábolas de los dos hijos, de los viñadores homicidas y del gran banquete; habló sobre la destrucción del tempo y Su segunda venida. Los fariseos le preguntaron, con alevosía, sobre los tributos al césar y la resurrección de los muertos. El miércoles probablemente predijo la Pasión. Es más conocido lo que sucedió después: la Última Cena, la traición, el juicio, la crucifixión y la Resurrección. 

Esta semana, podríamos releer detenidamente estos pasajes bíblicos, e imaginar que somos un observador curioso, deseoso de escuchar al afamado profeta. Estemos atentos a lo que el Maestro nos diga al oído.

En La agonía de Cristo (1535), escrito desde la Torre de Londres, mientras esperaba ser decapitado, Santo Tomás Moro se pregunta: ¿por qué Dios Hijo quiso padecer angustia, tristeza, cansancio y dolor físico? Moro concluye que Jesús se hizo débil por los hombres más débiles, para mostrarnos que «todo el proceso de su agonía no parece haber sido delineado sino para dejar bien asentada toda una disciplina de lucha y un método para el soldado que, débil y temeroso, necesita ser empujado-por así decir-al martirio».  

Jesús modela cómo abordar las tribulaciones, como por ejemplo, las secuelas que deja desde ya el coronavirus en nuestras vidas. Intentemos rezar como Jesús, y no como sus amados pero adormilados discípulos. Esforcémonos por permanecer en Gracia y cerca del Señor, pues como escribe Francisco Fernández-Carvajal, «sólo existe un mal verdadero», el pecado. La Pasión y Resurreción del Señor «sanó la raíz de todos los males» y, sin ella, «el hombre jamás habría podido ser verdaderamente libre y sentirse fuerte ante el mal». El padre Mike Schmitz lo expresa claramente: para el cristiano, sólo hay sufrimiento desperdiciado o sufrimiento ofrecido. La fe y la oración convierten aparentes males en «tesoros» que nos unen a Cristo. ¡Pidamos que Dios nos siga acompañando y protegiendo en esta Semana Santa y en los meses venideros, y que permita que salgamos fortalecidos de la prueba que estamos viviendo!