Más allá del coronavirus

Por León Gómez Rivas | [email protected] 

Permitan que comparta con Uds., a través de este formidable Blog del Instituto Fe y Libertad, algunas reflexiones sobre la pandemia que nos asola.

1. A propósito del mensaje de Fth. Sirico, presidente del Acton Institute, me parece muy adecuado señalar las limitaciones en la subsidiariedad del Estado. Como bien nos recuerda, e insisten en ello otros autores de nuestro Blog, conviene tener muy claro ese carácter excepcional del mayor protagonismo que -razonablemente- asumen los poderes públicos en situaciones de grave crisis. Pero sin olvidar que debe ser una actuación temporal, para dar paso enseguida a las iniciativas de la sociedad civil (espontáneas, de cooperación y creatividad). A los «socialistas de todos los partidos» les encantaría aprovechar esta circunstancia para prolongar un control social-populista en los países, o reforzar los poderes de una supuesta autoridad mundial que nos dirija a todos como el Big Brother orwelliano.

2. Sin entrar a debatir las interpretaciones más o menos conspiranoicas sobre el papel de China en el inicio de esta plaga (algunos científicos hablan de una mutación artificial del virus), es claro que podemos hablar de negligencia en los inicios de la propagación de COVID-19. Y sin duda alguna existe una enorme responsabilidad en un país dictatorial, caracterizado por la falta de libertades en los medios de comunicación o en la gestión médica.

3. Frente a la obsesión por la sostenibilidad, el cuidado del medio ambiente, o tantos objetivos -legítimos, eso no lo cuestionamos aquí- de la Agenda de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la Organización de Naciones Unidas, convendría reflexionar cómo es el propio ser humano quien agrede con mayor virulencia contra sí mismo o la naturaleza. Pero no principalmente descuidando la ecología, sino mediante la manipulación genética o esa fantasía del transhumanismo; junto a al secuestro masivo de las libertades individuales que acabamos de denunciar. Esto sí que es un atentado contra la «madre tierra» y sus habitantes.

4. En épocas pasadas, los hombres miramos al Cielo -a veces con alguna superstición- cuando nos asolaron pestes, enfermedades u otros desastres naturales. En esa actitud hay una muy sabia percepción sobre la fragilidad del ser humano, o nuestra limitada capacidad de controlar todo lo que nos rodea. Por ello tiene sentido pedir ayuda a ese Alguien que trasciende lo natural, autor de una «muy buena» Creación, que el hombre corrompió por el misterio del pecado. La muerte, el dolor o la enfermedad resultan muy difíciles de entender, es cierto. Pero resultan del todo incomprensibles sin el horizonte de una vida más allá de tantas limitaciones como nos rodean, a la que estamos llamados por nuestra alma inmortal. La esperanza en el Redentor, además, nos lleva a confiar en la instauración de una «tierra nueva» aún durante nuestra vida temporal en el mundo.