¿La intolerancia, el sello de la nueva izquierda?

Por Carroll Rios de Rodríguez | [email protected]

Publicado originalmente en la sección de Opinión de Prensa Libre.

¿Qué pasa con la izquierda en Europa y Estados Unidos? Pese a ser testigo ocular de la represión castrista, el senador Bernie Sanders alabó las brigadas de alfabetización de la Cuba. El otro precandidato demócrata, Joe Biden, se ha radicalizado notablemente: ofrece una mayor estatización de Obamacare y un gasto trillonario para llegar a cero emisiones de carbono. Además, ensaya un discurso más woke, es decir, delicado respecto de la justicia social y asuntos raciales. La diputada milenial de origen puertorriqueño, Alexandria Ocasio-Cortez, propone políticas socialistas, una tras otra.

A su vez, las universidades impiden expresiones disonantes. Manifestantes gritaron «las vidas negras importan» y agitaron frascos de vidrio llenos de fichas para torpedear el discurso de Dave Rubin en la Universidad de New Hampshire. Admirablemente, Rubin intentó hacerse oír y dialogar con los manifestantes, pero, enajenados, ellos parecían robots impensantes. Demostraron intolerancia, arrogancia e ignorancia al mismo tiempo. Rubin, de tendencia clásica-liberal, renunció al izquierdismo por actitudes como ésta. Rubin quiere llegar a la verdad disectando ideas mediante conversaciones civilizadas, pero sus opositores ni escuchan ni persuaden. Cabe agregar que Rubin podría esgrimir una de las banderas de víctima en el juego de la identidad y las minorías, pues es homosexual.

Rubin no es el único insultado, vilipendiado y silenciado. Peor aún, personas como Sir Tim Hunt —científico premio Nobel de Inglaterra—, Amy Wax —Universidad de Pennsylvania— o Bret Weinstein —Evergreen State— han perdido sus trabajos por expresar ideas que ofendieron a funcionarios de sus establecimientos u otras personas.

¿Cómo podemos explicar la intolerancia y el odio de la nueva izquierda? Una causa es que las universidades se han vuelto comunidades casi homogeneamente socialistas. En 40 universidades altamente competitivas, por cada 12 profesores seguidores del partido demócratas solo había un profesor republicano, según Econ Journal Watch (2016). El American Enterprise Institute constató que 18% de los docentes se autodescriben como marxista, mientras que solo 5% dice ser conservador. Se crea una mentalidad de masa tal que, por un lado, se radicalizan las posturas, y por el otro, las voces discrepantes son tachadas de inaceptables.

Segundo, la intolerancia se relaciona con el relativismo moral y con lo que Ralph Keyes llamó «la era de la postverdad». (2004) Las emociones se imponen, tanto sobre la verdad como de la moral. Ambas fueron desechadas. En cambio, las emociones son inapelables y tiránicas. Para controlar el discurso del odio, crear espacios seguros y prohibir las llamadas «microagresiones», entre otras cosas, se han creado políticas francamente draconianas y totalitarias. Supuestamente, buscan proteger el estado emocional de la víctima de daños psicológicos, pero han creado una cultura donde todos caminan sobre cáscaras de huevo. Todos son sospechosos de ser insensibles o agresores, aún por actitudes o expresiones involuntarias.

Tercero, Roger Scruton señala que desde los años 60 la izquierda se yergue como un movimiento crítico del status quo. Rechazan la propiedad privada, la tradición, la religión y prácticamente todo logro de la cultura occidental. Quieren desmantelar y destruir; incluso hasta desafían la naturaleza misma. Algunos, como los ambientalistas y las feministas radicales, consideran al ser humano la especie animal más destructiva.

Esta potente fuerza negativa —¿nueva religión?— parte del marxismo, pero lo mezcla con el postmodernismo y un igualitarismo absoluto: moldea actitudes hacia el sistema económico, la sexualidad, la étnica y la cultura.

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