¿Más paganos que ateos o cristianos?

Por Carroll Rios de Rodríguez | [email protected]

Un columnista y bloguero del New York Times, Ross Douthat, causó una gran polémica cuando escribió The Return of Paganism. Con honradez intelectual, dice que pone en duda la tesis de su libro escrito seis años antes, en 2012, Bad religion: how we became a nation of heretics, el cual buscaba explicar cómo Estados Unidos ha gradualmente sucumbido a una gran diversidad de ideas heréticas y al secularismo. Douthat, por cierto, es católico; se convirtió con su familia del cristianismo pentecostal. Hemos de asumir, por tanto, que la fe es una parte importante de su vida y que quisiera ver a más creyentes a su alrededor. 

En octubre del año pasado, el centro de investigación Pew confirmó con una encuesta lo que Douthat percibe: entre el 2009 y el 2019, el número de personas que se autodefinen como cristianos decreció de 77% a 65% de los encuestados. Asisten menos a la iglesia a ofrecer culto a Dios. El grupo de personas que no están afiliados a ninguna religión recibe el apodo de «nones» o «ningunos», y ha crecido a casi un cuarto del total de personas encuestadas.  Los agnósticos y ateos se cuentan entre los «nones» en este estudio, y curiosamente, aunque sus números aumentan, lo hacen levemente—parece haberse instalado entre 4-5% desde el 2015. 

La realidad invita a un conclusión ligera: el secularismo avanza en comparación con un pasado dorado en que todos los caminos y todas las veredas convergían hacia un eje central, el cristianismo ortodoxo.  Podríamos suponer que el mundo se fue al traste gracias a la revolución hippie, los métodos anticonceptivos, el irrespeto a la autoridad, el rechazo a la guerra de Vietnam y el auge de la teología de la liberación. Pero como señala otro autor católico, Michael Sean Winters de New Republic, ni el pasado era tan dorado, ni el presente y futuro es uniformemente malo.

Douthat alzó la cabeza y vio: esos compañeros que lucían, a primera vista, como descreídos y seculares, realmente sí valoran la dimensión espiritual de sus vidas. Y practican una especie de religión. Cita un estudio de Gallup de los años 2000: arriba de 40% han tenido «un despertar o una experiencia profundamente religiosa», a pesar de que no se adhieren a una religión «organizada».  Douthat escribe «quizás hace más sentido hablar de la fragmentación o personalización del cristianismo» que de secularización. La gente tiene una nueva religión. Los rasgos paganos de esta nueva religión estadounidense, afirma el autor, incluyen la noción que «la divinidad está fundamentalmente dentro del mundo y no afuera de él, que Dios o los dioses o el Ser son parte de la naturaleza…».  

Aquí, Douthat aparentemente coincide con el Papa Francisco en su crítica a la posmodernidad. La política, y la cultura popular, sustituyen la centralidad del cristianismo, y se convierten en religiones profanas y mesiánicas, pero sin tendencias trascendentes. Se trata de un «moralismo inmanente». Reflexiona Douthat: «en la práctica popular religiosa no siempre podemos trazar una línea clara entre la religión inmanente y la alternativa trascendente…». Es posible identificar a personas que hoy adoran a la naturaleza (Gaia y otros dioses naturales), o que guardan reverencia religiosa por símbolos patrios y nacionalistas.  

Algunas de estas creencias son compatibles, supongo, con el cristianismo ortodoxo. Dicho de otra forma, si las personas experimentan un despertar religioso, y se inician como consecuencia en algunas prácticas paganas, podrían brincar posteriormente al cristianismo. El paganismo puede ser una puerta o un puente de entrada hacia una fe más robusta, si se quiere. La pregunta es si este proceso puede ocurrir a un pagano que cree que no cree nada; que se considera a si mismo como un ser liberado de todo vestigio mitológico y religioso por el cientificismo o la filosofía racionalista o por Richard Hawkins.

Esta exploración nos permite también comprender un poco más el fundamentalismo o fanatismo secularista.  El secularismo, entendido como una religión pagana, puede llevar a algunos sujetos a suspender el uso de la razón y a agredir a quienes no piensan como ellos. Impiden que conferenciantes cristianos hablen en las universidades, prescriben unas materias, imponen su lenguaje aceptado por medios totalitarios y hasta queman iglesias. Estos nuevos fanatismos nada tienen que ver con el Dios que es razón, o Logos, del cristianismo.