Por Carroll Rios de Rodríguez | crios@feylibertad.org

El domingo 14 de octubre de 2018 la Iglesia nombró santos a siete personas: papa Pablo VI, Monseñor Óscar Romero, Francisco Spinelli, Vicente Romano, María Catalina Kasper, Nazaria Ignacia de Santa Teresa de Jesús March Mesa y Nuncio Sulprizio. Durante la misa de canonización en la Plaza de San Pedro, el papa Francisco dijo que el papa Pablo VI «testimonió de una manera apasionada la belleza y la alegría de seguir totalmente a Jesús». Él y los otros fieles elevados a los altares supieron vivir «sin tibieza, sin cálculos, con el ardor de arriesgarse», para seguir al Señor.

Tres de los santos son italianos. Nuncio Sulprizio (1817-1836) murió de 19 años porque contrajo tuberculosis ósea. Huérfano de padre y madre, pasó al cuidado de un tío que le exigió fuertes trabajos manuales. Murió en el hospital.  Vicente Romano (1751-1831), de Nápoles, fue un sacerdote que ejerció un liderazgo moral y material luego de una violenta erupción del volcán Vesuvio, y que enfocó su labor principalmente en niños y jóvenes. Ambos fueron beatificados por el papa Pablo VI. Francisco Spinelli (1853-1913), a su vez, fue beatificado por Juan Pablo II. Él nació en Milán y fundó el Instituto de las Hermanas Adoratrices del Santísimo Sacramento.

Las dos mujeres, Nazaria Ignacia de santa Teresa de Jesús March Mesa (1889-1943) y María Catalina Kasper (1820-1898), son fundadoras de instituciones de la iglesia al servicio de los pobres y la mujer. Nazaria, quien nació en Madrid pero vivió en México y Bolivia, organizó la Congregación de Hermanas Misioneras Cruzadas de la Iglesia. Kasper, procedente de Dernbach, Alemania, empezó las Siervas Pobres de Jesucristo.

El papa Pablo VI (1897-1978), fue antecesor de Juan Pablo I y san Juan Pablo II, y sucesor de san Juan XXIII.  Nació en Brescia, Italia, y fue bautizado como Giovanni Battista Enrico Antonio Maria Montini. Sacerdote desde los 24 años de edad, laboró en la Secretaría de Estado del Vaticano a partir de los 40 años y se convirtió en pontífice a los 63 años. Dio continuidad al Concilio Vaticano II, convocado por su antecesor. Acogió a los perseguidos por el nazismo. Trabajó arduamente en el diálogo ecuménico con otras iglesias cristianas. Su encíclica más famosa, Humanae Vitae (1968), hace una defensa del matrimonio y la familia. Leer esta encíclica hoy es impactante porque anticipa muchos de los debates en Occidente relacionados con anticonceptivos, el aborto, la naturaleza de la familia y más.  

Es por tanto hermoso el hecho que los dos milagros requeridos por el proceso de beatificación y canonización tengan que ver con la salud de bebés no nacidos. El primer milagro ocurrió en California en los años noventa. La madre encomendó su embarazo  a Pablo VI luego de que los doctores le aconsejaron abortar al niño que parecía tener daño cerebral. Éste nació sano. El segundo milagro ocurrió en Verona, Italia: un embarazo puso en riesgo la salud de madre e hija. Tras recibir el consejo de abortar, la madre viajó a Brescia donde pidió a Pablo VI su intercesión. A los meses nació una niña sana.

En nuestra región, la canonización más sonada es la de Óscar Romero (1917-1980), Arzobispo de San Salvador a partir de 1977. Él fue asesinado mientras celebraba la misa el día 24 de marzo de 1980.

La curación inexplicable de Cecilia Flores, de 36 años, llevó a Romero a los altares. Durante un complicado tercer parto, Cecilia fue diagnosticada con un daño irreparable en el hígado y los riñones. Estaba a punto de morir. El esposo rezó ante la imagen de monseñor Romero, a quien por cierto no tenía particular devoción, y al día siguiente ella se había recuperado.

El significado de monseñor Óscar Romero para la región será largamente debatido. Su figura está íntimamente ligada al conflicto armado e ideológico de los años ochenta. En El Salvador, el grupo guerrillero marxista-leninista Frente de Liberación Nacional Farabundo Martí (FMLN) tomó las armas en busca del poder político. Luego de años de guerra, el cese al fuego se firmó en 1992, en Chapultepec. El FMLN se convirtió en un partido político; su candidato Mauricio Funes ganó las elecciones y accedió a la presidencia en 2009.

La canonización de Romero se debe a que vivió en grado heroico las virtudes humanas, permaneció fiel a las enseñanzas de la Iglesia y murió trágicamente defendiendo la fe. El Vaticano no «premia» con este acto a la ideología marxista-leninista, ni tampoco respalda a la revolución violenta, por mucho que los grupos izquierdistas reclamen como «su» santo a Romero. Es cierto que Romero habló a favor de los pobres y en contra de los ricos apegados a sus bienes materiales, los soldados serviles y la represión gubernamental. En el fondo, Romero rogó al gobierno salvadoreño por la paz y el esclarecimiento de la muerte de personas como el sacerdote jesuita Rutilio Grande, su amigo. En su carta pastoral sobre la iglesia y las organizaciones políticas populares (1978), Romero enfatiza que la política y la fe no deben confundirse. No hay que creer con fe religiosa en los fines de la organización terrenal, ni afirmar que sólo participando en estas organizaciones podemos manifestar nuestra fe. Siguiendo los lineamientos del documento producido por el Consejo Episcopal Latinoamericano en Medellín (1968), el Arzobispo distingue entre violencia institucional, represiva, espontánea, de defensa personal, y terrorista o sediciosa. Él no excusa unas formas de violencia al condenar otras—aboga por la no confrontación a secas.

Eric M. Johnson (2000) escribió que «el arzobispo Romero no fue marxista, ni fue principalmente un animal político, aunque su trayectoria sugiere que pudo haber terminado así. Al final, demandó que las manifestaciones no profanaran las iglesias, y fue por todos los relatos un excelente pastor para su pueblo (…)»

Aun si fuera el caso que estuviésemos en polos ideológicos opuestos, políticamente hablando, de los seguidores más entusiastas del nuevo santo salvadoreño, podemos aprender de él. «El martirio es una gracia de Dios que no creo merecer. Pero si Dios acepta el sacrificio de mi vida, que mi sangre sea la semilla de libertad y la señal de que la esperanza será pronto una realidad», dijo una vez. Encontramos aquí un ideal común: nos esforzamos para comprender cómo «la semilla de la libertad» es vital para la vida de piedad y para el florecimiento humano. 

 

Foto AFP

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