Por Carroll Ríos de Rodríguez | crios@feylibertad.org
Publicado originalmente en ContraPoder

“Aquel ya solamente en tuc-tucs se desplaza”, “¿Viste cómo puso de coqueto su comedor la Fulana?”, “¡Quién diría que iba a pegar su negocio!”. Podemos leer las tres opiniones anteriores con tono de admiración o con un tono envidioso y resentido.

El bien ajeno nos puede alegrar y estimular, o amargar. Tristemente, la segunda reacción es común. Además de enfermar al que así se siente, puede ser móvil de acciones y hasta de políticas públicas empobrecedoras en el largo plazo.

Resentir es revivir, una y otra vez, un enojo o malestar. “El resentimiento es como tomar un veneno y esperar que se muera la otra persona,” sentenció con humor Malachy G. McCourt, un actor, escritor y político irlandés-estadounidense.

Coincide con este criterio el filósofo alemán Max Scheler, quien describe el resentimiento como “una autointoxicación psíquica”.

Una 
persona puede hacer o
 dejar de hacer algo que
 objetivamente me ofende,
 pero también puedo exagerar o imaginar el mal 
causado. No podemos
 controlar los actos de los
 demás, pero sí podemos 
esforzarnos por dominar 
nuestras reacciones, a fin 
de evitar envenenarnos 
nosotros mismos. Recomiendan los psicólogos alinear nuestra voluntad e inteligencia, para no dar cabida a la afrenta, perdonar y olvidar.

Es tiempo de que los guatemaltecos desterremos dos resentimientos: el racial y el antiempresarial. ¿Cómo podemos catapultar a nuestra sociedad pluricultural, plurilingüe y multiétnica, partiendo de la desconfianza mutua? ¿Cuánto acuerdo productivo hemos dejado pasar, por suponer, sin evidencia alguna, que la contraparte es aprovechada, racista, vengativa, malintencionada o deshonesta? ¿Es realista o sano rotular a los pequeños, medianos y grandes emprendedores como seres voraces y codiciosos, que se benefician a nuestra costa?

Somos inocentes de los crímenes cometidos hace cinco siglos: han nacido casi veinte generaciones de guatemaltecos desde 1542. Paralelamente, todo actor económico incursiona en un juego de suma positiva, el mercado, que es ciego e imparcial.

Al mercado le es indiferente nuestra ascendencia, estatus social, nivel educativo y más. La creación de riqueza puede ser desencadenada por el arduo trabajo y la creatividad de cualquier sujeto esforzado. Si producimos bienes y servicios demandados por consumidores libres, y suscribimos contratos voluntarios, entonces nuestros actos no vulneran los derechos del prójimo. Cuando cooperamos socialmente y en paz, nos conducimos como personas responsables en igualdad de derechos. Aceptamos las consecuencias de nuestros propios actos y respondemos por nuestras faltas.

El respeto a la vida, a la libertad y a la propiedad enmarca nuestro proceder. Constituye un obstáculo al progreso, la noción de que la propiedad privada es un artilugio para la explotación, y peor aún, que necesitamos una revolución para abolir dicha institución social. Incluso quienes hoy aspiran llegar a adquirir propiedad, se benefician de que este derecho sea fielmente garantizado y reconocido.

El florecimiento humano parte del acceso libre a los mercados, a los contratos, a los empleos y a la propiedad.

En contraste, apilamos injusticia sobre injusticia cuando tomamos a la fuerza lo que pertenece a otros, aún cuando nos justificamos, y revestimos la medida con el lenguaje florido de la “redistribución social”, “carga tributaria progresiva”, o “justa retribución”.

El Gobierno ostenta el poder monopólico de coaccionar adultos, y mal hacemos como ciudadanos cuando aceptamos que ese poder sea abusado con el objetivo de destruir lo que otros han construido, violar el derecho ajeno o dar rienda suelta al resentimiento.


Foto: Luis Soto- Contrapoder

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