Por Juan Antonio Solares | jasolares@feylibertad.org

Originalmente publicado en el blog Navegante

A todos nos gustan los dulces, ya sean tartaritas, canillitas de leche, camote en dulce, bolitas de miel, mazapán, colochos, nuégados… Pues una vez, yo tenía una cajita que compré con mi dinero. Me lo había ganado barriendo una tiendita que habían puesto unos parientes en una feria. Yo tenía seis años y me pagaron diez Quetzales. Yo era millonario con diez Quetzales y compré mis dulces, como cualquier persona sensata haría a los seis años. No contaba con que mis dulces fueran considerados propiedad pública y mi mamá y mis hermanos decidieran que querían disfrutar también del fruto de mis labores. No es que no compartiera, pero yo tenía planes para esos dulces: quería llevarlos al colegio y compartirlos con mis amigos. Eso no fue posible, claro, debido al desvanecimiento veloz de mi capital de dulces.

En mi caso, la planificación a futuro no fue posible: si yo no podía contar con mis dulces, si yo no podía saber cuándo iba a tenerlos, no era posible tampoco planificar algo que yo quisiera hacer con ellos en el futuro. Nadie puede hacer proyectos ni hacer planes a largo plazo si no se le garantiza que en el futuro tendrá lo que ahora tiene. En una sociedad, pues, sucede lo mismo: la propiedad privada es necesaria para cualquier sociedad que quiera salir de una existencia de subsistencia porque sin planes de largo plazo no podemos imaginarnos la creación de instituciones o de grandes obras de cultura. En Guatemala, el tipo de sociedad a la que aspiramos es una donde todos pueden desarrollarse a su máximo potencial: intelectual, social, físico y espiritual. En esta sociedad, es indispensable que haya propiedad privada: el derecho que tiene cada persona al fruto de sus labores, a sus pensamientos y movimientos. El buen funcionamiento de esta sociedad, pues, depende de que se conserve al menos este principio. Hay muchas opiniones acerca de lo que significa que una democracia esté bien gobernada, pero todas las filosofías democráticas coinciden con el siguiente principio: como condición básica para una democracia, podremos afirmar que está bien gobernada si las autoridades que hemos designado usan el poder para que se respete la propiedad privada.

Sin embargo, para que esto suceda, los ciudadanos deben tener ciertas cualidades que les permitan elegir bien a sus gobernantes, tratarse con respeto y vivir en sociedad. Estas cualidades son como herramientas del buen vivir y no podemos vivir bien en una sociedad si no las tenemos. Sería absurdo pedirle a un carpintero que nos fabrique un mueble sin sus herramientas. Pues de igual manera es absurdo pedirle a una persona que sea un buen ciudadano en una democracia sin las cualidades correctas y estas solamente la educación puede dárnoslas. La persona que sabe vivir en una democracia sabe: respetar a los demás, cuidar los bienes propios y ajenos, no dejarse llevar por las pasiones sino que entender antes de juzgar y sabe educarse para velar por el bien común.

La mayoría de nosotros entendemos educación como la asistencia a una institución que otorga títulos. Si bien esto es cierto, no es todo: la educación es un proceso, no un título. Consiste en la formación de la razón de una persona. Podemos decir que los seres humanos son los únicos seres en este mundo que nacen sin saber lo que es bueno para ellos. Si nos perdiéramos en la selva no sabríamos por instinto qué comer o cómo orientarnos, situación con la que no se enfrentan otros animales. Pero las personas nacemos con la capacidad de razonar.

¿Qué es razonar? La razón, en su definición más básica, es la capacidad que tiene una persona de identificar los diferentes objetos que le rodean en el mundo y describir lo que hace que ese objeto sea ese objeto. Es decir, la razón nos permite ver un árbol, designarle características y separarlo de una piedra. Sabemos que esta última no sirve para hacer un fuego que nos permita cocinar nuestra comida. El uso de la razón es lo que nos permite tener sociedades tan complejas y, al compartir lo que descubrimos con otros miembros de nuestra sociedad, vamos adquiriendo una razón colectiva: un cuerpo de conocimiento compartido que llamamos cultura, ciencia, artes, etc.

Sin embargo, la razón, como cualquier otra capacidad, puede usarse bien o mal. Muchos hemos tenido la experiencia de observar cómo un niño se lleva a la boca objetos que no deben ingerirse o llevarse cerca de la boca. Esto sucede porque el niño, a diferencia de nosotros, no ha identificado que un objeto tiene un propósito o que se puede utilizar bien o mal. Nuestra razón tiene la capacidad de identificar cuando hacemos algo bien o mal. Pero para ello, debemos educarla. La educación es, pues, el proceso de enseñarle a la razón a identificar bien los objetos y descubrir qué es lo que hace que un objeto sea ese determinado objeto y no otro.

La educación es la formación de la razón. En una sociedad democrática, la educación forma a la razón para que pueda discernir cómo vivir en sociedad y cuál es la mejor forma de proteger la propiedad privada. Esto es lo que llamamos cultura: los ciudadanos deben crear hábitos de: valor por el aprendizaje, la curiosidad intelectual, el respeto por las ideas ajenas, el cuidado del prójimo, así como dice el manifiesto de #RespetoYa:

Queremos una libertad de acción para que todos los guatemaltecos podamos buscar la felicidad en una sociedad donde se respete la propiedad privada (las ideas de cada persona, los frutos de su trabajo y su capacidad de ser cada día mejor), donde se le facilite a las personas ser mejores cada día y donde puedan encontrar el apoyo necesario en las dificultades que enfrentan.

Buscamos construir una sociedad donde la norma sea que todos los guatemaltecos vivimos como hermanos, buscando apoyar a nuestro prójimo: la familia, los amigos y nuestros conciudadanos.

Nos comprometemos con vivir según los siguientes valores:

  • Cariño: actuamos con cortesía hacia los demás, intentamos mostrar un sincero afecto hacia las personas por ser personas, no porque nos vayan a tratar mejor o esperando algo a cambio.
  • Compromiso con la verdad: no hablar mal de los demás y entender bien la situación antes de actuar; intentamos informarnos lo mejor posible acerca de las situaciones políticas, sociales, económicas que afectan nuestro entorno.
  • Respeto: nos esforzamos por honrar a los mayores, cuidar los bienes que se nos han encargado, cuidar al medio ambiente y velar por los derechos de los demás.
  • Coraje: nos esforzamos por luchar por los derechos de los demás, proteger al débil y decir siempre la verdad aunque signifique sufrir rechazo o calumnia.

Creemos en los siguientes derechos:

  • Propiedad privada: cada quien tiene derecho al fruto de sus labores, a sus ideas y locomoción, a buscar proteger su propiedad.
  • Derecho a la vida: existe el derecho a vivir, a que no nos quiten la vida arbitrariamente.

Si tenemos una educación (un proceso, no una institución) que forme a los ciudadanos en estos valores, será la mejor garantía de que se proteja la propiedad privada y que todos podamos vivir en paz y armonía. Nunca olvidaré las palabras talladas en piedra por encima de la entrada a la biblioteca pública de Boston:

The Commonwealth requires the education of the people as the safeguard of order and liberty [La Comunidad requiere la educación del pueblo como resguardo del orden y la libertad]

Las personas deben creer firmemente en los valores democráticos para que la sociedad democrática se sostenga. Sin un correcto uso de la razón, los seres humanos no podemos aspirar a lo mejor de nosotros mismos. La razón se usa correctamente solamente después de un proceso educativo riguroso y que sigue a lo largo de toda la vida. Somos personas y, como tales, vivimos en sociedad. Esa sociedad debe ser el mejor ecosistema para que podamos alcanzar nuestro máximo potencial intelectual, social, espiritual y físico. Creemos que la democracia es el mejor sistema para lograr esa meta noble, pero debe ser una democracia que proteja la propiedad privada.

© 2018 Instituto Fe y Libertad Guatemala, Guatemala 01010

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