Por Carroll Rios de Rodríguez | crios@feylibertad.org

Originalmente publicado en Contrapoder

¿El siglo XXI ha dificultado una salida, por puerta trasera, a los tiranos y dictadores?

Los nicaragüenses han sufrido más que suficiente. Ya se usan las palabras guerra civil para designar lo que allí ocurre desde hace meses. Evidentemente, una significativa parte de la población no tolera la dictadura sandinista de Daniel Ortega-Rosario Murillo. Ideal sería que el dictador y su esposa hicieran sus maletas y se fugaran, porque en la medida en que se aferran al poder, los francotiradores, militares y  policías seguirán apuntando sus armas a los civiles inconformes. Una vez fuera de escena la pareja gobernante, podrían buscarse soluciones como la que propone la Organización de Estados Americanos. Un diálogo nacional y elecciones anticipadas, u otros mecanismos pacíficos y tradicionales para transferir el mando del poder político, sólo tendrán tinte democrático y legítimo si se elimina esa mentalidad totalitaria que permea el régimen Ortega-Murillo.

Sin embargo, últimamente, son pocos los dictadores que optan por salir de sus países cuando las cosas se ponen color de hormiga. Históricamente, existen varios ejemplos.  Idi Amin huyó de Uganda a Libia, luego a Arabia Saudita. Mobuto Sese Seko fue de Zaire a Marruecos. Jean-Claude Duvallier se refugió en Francia. Ferdinand Marcos paró en Hawaii. Alfredo Stroessner murió en el exilio en Brazil.  La más reciente huida fue 21 de enero de 2017, cuando el dictador de Gambia, Yahya Jammeh, voló a Guinea Ecuatorial. A la fuga se contrapone la posibilidad de ser asesinados en la revuelta o en el exilio,  o ser juzgados y ejecutados, o morir cautivos.  ¿Podrá el Dictador Ortega barajar entre sus opciones la carta de desertar?
Según un interesante estudio por Daniel Krcmaric y Abel Escribà-Folch,

publicado en The Washington Post, sí ha descendido el número de fugas al exilio.  Los autores opinan que la historia nos muestra el exilio como una política útil para actores internacionales, para salir de malos liderazgos. Reúnen datos desde 1946: 52 diferentes países han albergado al menos a un dictador, desde Estados Unidos y Rusia han hospedado a más de cinco; Guatemala sale como habiendo recibido uno.

Saltan a luz dos datos interesantes respecto del lugar de exilio preferido por los dictadores.  Los ex dictadores eligen retirarse a países por criterios de proximidad geográfica y lazos de amistad. Además, evalúan si han recibido otros dictadores antes, si tienen poderío militar, vínculos coloniales, o poderío económico. Algunos dictadores de ex colonias en vías de desarrollo piden ir al país que ejerció poder colonial sobre ellos. Y, puede sonar lógico, los dictadores prefieren no ir a países democráticos, salvo que consideren dicha democracia como un poderoso aliado.

Los autores achacan al fin de la Guerra Fría y a la insistencia global en la justicia la causa del menor número de dictadores exiliados. Estados Unidos y el bloque soviético ya no compiten por poner y quitar gobernantes favorables a ellos, alrededor del mundo.

Más impactante es el impacto esta implacable sed de rendición de cuentas.  El caso de Augusto Pinochet es emblemático. Si el ex dictador va a ser juzgado pase lo que pase, aquí o allí, es menos atractivo el exilio. Y es más atractivo el atrincheramiento, cueste lo que cueste. Moammar Gaddafi peleó hasta la muerte, luego de que una corte internacional emitió una orden de arresto en su contra.  Los dictadores que han cometido atrocidades tienen mayores incentivos para  atrincherarse porque tienen más culpas que pagar; los que han sido benévolos podrían todavía optar por el exilio.

¿Sería eficaz destinar una isla perdida en el mar para ex dictadores y otros líderes anti-sociales? ¿Podría ser un proyecto multinacional, o privado? ¿Un servicio a la humanidad?


Foto La Prensa de Nicaragua

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