Miércoles, 1 de febrero del 2017
por Carroll Ríos de Rodríguez /crios@feylibertad.org
Publicado originalmente en Canal Antigua el miércoles 26  de enero del 2017

El presidente Donald Trump tomó por sorpresa al establishment político del mundo entero. Se muestran entre perplejas y asqueadas las élites intelectuales, incluyendo a analistas políticos de la talla de Moisés Naím y Mario Vargas Llosa.

Algunos intentan explicar el fenómeno describiendo (despectivamente) a su base de votantes como trabajadores de clase media y baja que se sienten ninguneados por las élites tradicionales. Agregan que Hillary Clinton es una esnob que no supo rebajarse, o congraciarse, con ellos.

A los latinoamericanos nos puede incomodar que el presidente Trump sea descrito como populista. ¡Nosotros somos expertos en populismo! Sin embargo, asociamos con esa práctica a figuras como Juan Domingo Perón, o más recientemente, a Hugo Chávez, Rafael Correa y Cristina Fernández. No millonarios empresarios, sino fogueados políticos con tendencias socialistas.

 

¿En qué sentido es Donald Trump populista? Primero, su discurso es exaltado y radical: con frecuencia lo aplaudimos, pero otras veces nos sacude. ¿De verdad dijo eso?, pensamos al escucharlo. Capta efectivamente la atención de los medios; se mantiene vigente.

Pomposamente, Trump habla de nuncas y jamases. Hizo muchas promesas en su discurso inaugural, promesas por demás difíciles de cumplir. Quizá mañana podrá ofrecer algo levemente distinto, con igual vehemencia, y no pase nada.

La verborrea, las estadísticas falsas y las promesas románticas fueron el sello de Fidel Castro y Hugo Chávez, por ejemplo. Entre más hablan los políticos, menos peso tiene cada una de sus palabras, y menos fiables son. No siempre hacen lo que ofrecen, y eso provoca incertidumbre. Segundo, Trump se posicionó claramente como el reformador venido de fuera de Washington, D.C. Es un antipolítico.

El pueblo gobierna a través suyo, dijo en su discurso inaugural. Está desplazando a los que se aislaron dentro del Beltway y sirvieron sus intereses personales más que “el interés nacional”. ¿Existe un interés nacional único, o deberá Trump atender las demandas de votantes con preferencias disímiles?

El gobierno no es una corporación de su propiedad, con metas claras, sino una lenta maquinaria cargada con un gigantesco déficit y capas burocráticas. ¿Podrá Trump operarla, o por lo menos, generar mecanismos de descentralización que permitan conquistas parciales?

AP Photo/Eduardo Verdugo

Tercero, Trump identifica al enemigo externo contra el cual defenderá al pueblo estadounidense. En su caso, son los inmigrantes indocumentados y los competidores comerciales quienes, a su entender, “roban” empleos y bienestar a sus compatriotas.

Su visión antiglobalización también caracteriza a los populistas europeos. Aquí se equivocan gravemente los populistas del primer mundo: el comercio internacional enriquece a las partes involucradas.

A diferencia de nuestros populistas, Trump quizá no está dispuesto a saltarse las trancas del Estado de derecho. Trump goza de una aplanadora en el Congreso y el Senado que le permitirá avanzar su agenda legalmente, y esperamos que se inhiba de copiar la tendencia de Obama de gobernar autoritariamente por decreto.

El Rule of Law es parte integral de su cultura. La institucionalidad republicana de pesos y contrapesos blinda a la ciudadanía estadounidense de los abusos del poder. Erosionar esos límites acarrea la sobrepolitización de la sociedad y la “populización” de la democracia. ¿Se mantendrán movilizadas las masas, ejerciendo presión de grupos sobre los representantes? ¿Se idealizará a las mayorías, a tal punto que las básicas garantías a la libertad individual sean aplastadas? Espero que no, y que esa sea una verdadera diferencia entre el populismo latinoamericano y el estadounidense.

 

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