Uno de mis villancicos favoritos es el de John Henry Hopkins Jr., “Somos tres reyes de Oriente”, compuesto alrededor del último tercio del siglo XIX. Lo encuentro muy hermoso, especialmente la letra. Hoy es 2 de enero de 2018, y precisamente estoy escuchándolo, en una versión cantada en inglés por Jennifer Avalon. La melodía dulce y devota me hace pensar en esos personajes con quienes me identifico, aún sin saber si eran tres como dicta la tradición, si eran magos, si eran sabios, si eran astrónomos, si provenían de Persia o de algún otro lugar. La cuestión es que me siento representada por ellos. ¿Por qué?

magos

“Viajamos desde muy lejos cargando regalos”, comienza el villancico. Los reyes de Oriente emprendieron un viaje accidentado y muy probablemente largo, buscando La Verdad. Quizá no sabían que la hallarían en el más inusitado lugar, en la forma más inesperada. Pero la encontraron debido a su perseverancia: “atravesamos arroyos, planicies y montañas”. Y porque, con todo y su sapiencia, conocían la humildad: “vamos siguiendo una estrella”. Por eso se les considera sabios, porque no se ensimismaron en su propia sabiduría ni se envanecieron ante la hondura y amplitud de sus alcances. Permitieron que les guiase algo que les trascendía. No en vano a las estrellas se las ha descrito, poética y bellamente a mi juicio, como luces de esperanza. Y es que una estrella, en el contexto de la búsqueda de La Verdad, o lo que es lo mismo, de Aquél quien ES la verdad, no necesariamente es un astro. Puede aparecérsenos en un mentor, un libro, una experiencia, una pieza musical, una obra de arte, una escena de la Creación que nos sobrecoge por su hermosura. “Estrella de asombro, estrella de belleza majestuosa, guíanos hacia tu luz perfecta”, hace Hopkins cantar a los reyes de Oriente.

Uno de los tres se inclina ante la realeza de Aquél que los ha llevado hasta Belén, y dice refiriéndose al presente que trae consigo para Él: “traigo oro para coronarlo de nuevo, Rey eterno, reine sobre todos nosotros por siempre”. Otro habla sobre lo que tiene para ofrecer a Dios encarnado: “incienso, para adorar al Altísimo”. El tercero, honrando lo cruento de la Redención que a la humanidad traerá el recién nacido, le obsequia mirra: “su perfume amargo exhala tristeza, pesar, sangre y muerte”. Saben los tres, sin embargo, que aquella historia que empieza en una gruta no acabará en “una fría tumba de piedra”, como menciona el villancico, sino en la gloria de la Resurrección, y por eso cantan gozosos: “Vean levantarse al Rey, Dios y Redentor. La tierra responde al cielo: ¡Aleluya!”

Así que hoy, iniciando un nuevo año y escuchando el relato musical de aquella larga jornada de los tres reyes de Oriente, pido que se nos conceda a los buscadores de La Verdad, sobre todo a quienes trabajamos con ideas y palabras, la generosidad de aquellos peregrinos: dieron lo que tenían, desde su tiempo hasta regalos materiales, pasando por sus fuerzas físicas y mentales. Que se nos brinde su disposición a emprender, a perseverar y a corregir si es menester: aquellos sabios evitaron volver a Herodes al darse cuenta de las intenciones perversas que tenía. A mis colegas en la vida académica deseo que los reyes de Oriente les alcancen, nos alcancen, la honestidad intelectual, la sujeción de las emociones a la razón, la libertad interior y esa humildad que solo hace posible la elegancia de espíritu.

© 2018 Instituto Fe y Libertad Guatemala, Guatemala 01010

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