Por Juan Pablo Villatoro | juanpa.vb@gmail.com

A simple vista, el disentimiento se ubica en polos opuestos: los buenos y los malos; los pro-reformas y los anti-reformas. Los comentarios abundan en críticas, reclamos, rechazo, apoyo, exigencias, ataques, protestas… en fin, en un vaivén de opiniones que no dejar de ser, en su mayoría, expresiones sin sustento. A diario nos vemos bombardeados por distintas y variadas publicaciones de los diferentes medios de comunicación escritos, televisivos, radiales y digitales, que actualmente existen en Guatemala. El tema en común: la discusión y aprobación del proyecto de reformas constitucionales.

No obstante, la discusión es más profunda, analítica y reflexiva; su impacto será trascendental para el país. A continuación, abordaré el comentario redactado por el reconocido e ilustre constitucionalista guatemalteco, el doctor Jorge Mario García Laguardia, con relación al análisis del proyecto pro-reforma de modificación de la Constitución Política de la República en el año 2009.

El Estado Constitucional Moderno se fundamenta en dos principios. En primer lugar, el principio político democrático, que implica que el pueblo es el titular de la soberanía y a quien corresponde el ejercicio del poder constituyente. En segundo lugar, el principio jurídico de la supremacía constitucional, que considera que la Constitución es una ley superior que obliga a todos los miembros de una nación, sin excepción alguna.

En su artículo 28, la Constitución de Francia de 1793 dio, en su momento, respuesta al tema de la reforma constitucional, afirmando que: “Un pueblo tiene siempre el derecho de revisar, reformar y cambiar su constitución. Una generación no puede someter a sus leyes a las generaciones futuras”.

Al tenor de esta afirmación, caben resaltar los dos principios básicos de una reforma constitucional. Por un lado, la realidad política que una constitución regula es cambiante en forma permanente; y, por el otro, la aceptación de que la norma constitucional debe adecuar la realidad jurídica con la realidad política. El no hacerlo, cuando los requerimientos de la realidad lo exigen, significaría distanciar la normativa constitucional de la vida política, generando confrontaciones e inconvenientes sustanciales.

Sin embargo, esta adecuación a la que se hace mención no debe poner en peligro la continuidad jurídica ni el espíritu ideológico que la Constitución ha construido o tratado de preservar desde su promulgación. La reforma constitucional no debe ser un medio de destrucción, sino un medio de adecuación hacia una prevista nueva realidad jurídica.

Es oportuno considerar que la Constitución no debe ser reformada con frecuencia. Su permanencia en el tiempo, la fortalece y genera un reconocimiento por parte de la comunidad, creando un sentimiento de constitucionalidad entre los ciudadanos, administradores de justicia y funcionarios públicos. La necesidad de una reforma surge, solamente, cuando es absolutamente indispensable para su subsistencia.

Por tanto, los actos de reforma constitucional tienen la característica esencial de dar continuidad jurídica al ordenamiento constitucional. Pedro de Vega sostiene que “la reforma no debe interpretarse como un capricho político, sino como una necesidad jurídica.”

Ahora bien, ¿a qué viene este breve análisis doctrinario sobre la reforma constitucional? Como joven, presente y futuro de este país, te invito, como muchos ya lo han hecho, a que no permitas que un capricho político sea la razón de una reforma constitucional. No es aceptarlas o rechazarlas, es estudiarlas a profundidad y con juicio crítico propio, formar una opinión personal fundamentada. Al final de esta revolución política que, cada día se acerca más a la esfera jurídica, nos sentiremos tranquilos al reconocer que hemos obrado sabiamente y con libertad, razonando con inteligencia y reflexionando hasta en sus entrañas más recónditas.

Sobre la prudencia y la reserva:

“No censures antes de averiguar, reflexiona primero, y luego reprocha. No respondas antes de escuchar y no interrumpas cuando el otro habla. No discutas sobre lo que no te corresponde ni te entrometas en las disputas ajenas.” (Eclo 11, 7-9)

En síntesis, la clave radica en el diálogo respetuoso, crítico, analítico y positivo. El estudio y la reflexión son elementos fundamentales para una verdadera opinión.


Foto del Blog de Luis Figueroa:  http://luisfi61.com/

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad exclusiva del autor. El Instituto Fe y Libertad abre este espacio para dialogar e impulsar el florecimiento humano promoviendo la libertad individual y los principios judeocristianos.

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