Por Moris Polanco | mpolanco@feylibertad.org

Originalmente publicado en La Hora

¿Qué implicaciones tiene para un cristiano aceptar la tesis que sostiene que la modernidad es hija del secularismo? ¿Significa esto que debe rechazar de plano la modernidad? En la primera columna de esta serie escribí que “El laicismo (no necesariamente equiparable al “progresismo”) es parte de un fenómeno más amplio que se conoce como secularismo, el cual —según Christopher Dawson, interpretado por Verduzco— ‘ha venido a ser la nota característica de la cultura occidental moderna, y lo que distingue a ésta de la cultura occidental cristiana’. Si esto es cierto, yo no soy moderno; soy occidental, pero reniego de la cultura moderna”. Un amigo, al leer esto, me dijo: “tú no puedes querer decir eso; al fin y al cabo estás hablando de tú mundo”.

Un par de aclaraciones: en primer lugar, sostengo la tesis de que la tendencia espiritual dominante del mundo moderno es el secularismo. Tal vez este punto quede más claro si comparamos la mentalidad del hombre moderno con la del hombre medieval. “Para el hombre de este tiempo [el medieval] las fuerzas que realmente regían al mundo no eran las finanzas, ni las armas, ni la política, sino los poderes del mundo espiritual” (Dawson). Para el hombre moderno, en cambio, es justamente lo contrario, y esto por influjo del secularismo, que en la columna pasada definía como “el intento de edificar el mundo de lo humano excluyendo a Dios y lo trascendente, o relegándolo a un lugar secundario, al nivel de las creencias personales, y sin ninguna pretensión de orientación social y cultura”.

En segundo lugar, admito que éste es mi mundo, y que, posiblemente, yo mismo sea tan moderno como cualquier hijo del siglo XXI. ¿Qué camino me queda? ¿Qué camino nos queda a los cristianos que no podemos aceptar el secularismo pero que, de cualquier forma, vivimos en el mundo y lo construimos día a día con nuestro trabajo y nuestras ideas?

Primero: considero necesario reconocer abiertamente que el proyecto moderno y el proyecto cristiano son muy distintos. No sé si diametralmente opuestos, pero algunos casos (pienso en Europa) me traen a la mente la visión de San Agustín: “Dos amores fundaron dos ciudades, a saber: el amor propio, que llega al desprecio de Dios, fundó la terrenal; y el amor de Dios, que llega hasta el desprecio de uno mismo, fundó la celestial”.  Muchas de las ideas que Pío IX incluyó en el  “Índice de los principales errores de nuestro siglo” (1864) hoy son parte de lo que podríamos llamar el patrimonio común de ideas compartidas y aceptadas por el hombre moderno. Por ejemplo: “el Estado, como origen y fuente de todos los derechos, goza de cierto derecho completamente ilimitado”; “la doctrina de la Iglesia católica es contraria al bien y a los intereses de la sociedad humana”; “las leyes de las costumbres no necesitan de la sanción divina, y de ningún modo es preciso que las leyes humanas se conformen con el derecho natural, o reciban de Dios su fuerza de obligar”; “no se deben de reconocer más fuerzas que las que están puestas en la materia, y toda disciplina y honestidad de costumbres debe colocarse en acumular y aumentar por cualquier medio las riquezas y en satisfacer las pasiones”.

Segundo: una vez advertida esta diferencia, un cristiano no será tan ingenuo como para apoyar proyectos culturales, sociales o políticos que, en el fondo, están minando las bases de una civilización cristiana. Por poner un ejemplo clarísimo: un cristiano nunca debería apoyar el marxismo, hijo abanderado del secularismo y la más pura expresión de la ciudad terrena a la que se refería San Agustín.

Tercero: con lo que he dicho, creo que mi “solución” al dilema sobre si un cristiano puede ser moderno ha quedado expuesta. No lo puede ser en cuanto ello implique una aceptación indiscriminada de los supuestos del proyecto de la modernidad, a saber: construir la ciudad terrena de espaldas o en oposición a Dios. Pero esto no implica que el cristiano no se apropie de los frutos legítimos de la modernidad, de manera semejante a como en el pasado nuestros ancestros cristianos se apropiaron de los frutos de la civilización grecorromana. No fue un proceso fácil: hubo luchas y disensiones, y el proceso tomó varios siglos, pero finalmente se logró la síntesis que floreció en la Edad Media. ¿Seremos capaces los cristianos del siglo XXI de salvar lo que se pueda salvar de la modernidad, para entregarlo, ya purificado, a las generaciones futuras y lograr una nueva síntesis cultural?

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