Por Moris Polanco | mpolanco@feylibertad.org

Originalmente publicado en La Hora

En mi columna anterior manifesté mi adhesión a la tesis de Christopher Dawson que sostiene que “el secularismo ha venido a ser la nota característica de la cultura occidental moderna, y lo que distingue a ésta de la cultura occidental cristiana”. Soy consciente de que es una tesis fuerte, que tiene serias implicaciones y que interpela la conciencia de quienes se consideran modernos y cristianos. Sin que ello signifique que esté completamente seguro de la validez de esta tesis, pretendo aquí, propter argumentum, aportar razones a favor de la misma. En una tercera parte abordaré el problema de sus implicaciones, sobre todo para los cristianos, y presentaré una propuesta de solución.

Comencemos por lo que se afirma. Dawson sostiene que el secularismo es la característica dominante de la cultura occidental moderna. ¿Qué entendemos por cultura occidental moderna? No hay pleno acuerdo entre los historiadores de la cultura, pero grosso modo podemos decir que abarca el período que va del Renacimiento hasta nuestros días. (Algunos sostienen que “la modernidad” ha llegado a su fin y que estamos ahora viviendo en la posmodernidad, pero creo que podemos ahorrarnos esa discusión.) ¿Qué se entiende por “secularismo”? El secularismo es el intento de edificar el mundo de lo humano excluyendo a Dios y lo trascendente, o relegándolo a un lugar secundario, al nivel de las creencias personales, y sin ninguna pretensión de orientación social y cultural. ¿No podría ser otra la nota característica de la modernidad? Pienso que tenemos un número reducido de candidatos: la democracia y el liberalismo económico y político, y la ciencia, junto con la técnica.

No creo que sea la ciencia la nota característica de la Modernidad. La ciencia es más bien un producto de fuerzas espirituales, de maneras de pensar y de condiciones políticas y económicas. Ciertamente, cuando uno piensa en el siglo XX no puede concebirlo sin los adelantos científicos y tecnológicos. Éstos han configurado nuestro mundo. Pero la ciencia, insisto, es un producto de la Modernidad: el medio para construir la Ciudad Terrena. ¿Podría haberse dado el despegue científico y tecnológico en la Edad Media? Pienso que sí, y hay varios autores que sostienen precisamente que la Revolución científica se originó en las universidades medievales, fundadas y sostenidas por la Iglesia. No existe incompatibilidad entre ciencia y fe, entre  la tecnología y las prácticas religiosas, por mucho que nos resulte chocante encontrar capillas en el interior de centros comerciales (Boston) o en los pisos bajos de los edificios de apartamentos (Pamplona).

El liberalismo, la democracia y el capitalismo son buenos candidatos para ser considerados la nota característica de la Modernidad, pero aquí también tengo reparos. Son medios, formas de vida, orientadas a la cooperación social para lograr el máximo desarrollo económico. Pero desde el momento en que su fin es la Ciudad Terrena queda al descubierto su inspiración más íntima: el secularismo. En el mejor de los casos, el liberalismo se ha limitado a tolerar la religión, y algunos autores (Mises y Hayek, por ejemplo) la consideran como “muy importante” para el mantenimiento del orden y la estabilidad social. Pero el fin sigue siendo la ciudad terrena: Dios y la religión al servicio del hombre y de su felicidad.

En conclusión: para mí el secularismo sí es la nota característica de la modernidad, lo que más distingue a este período de la historia de la Edad Media o de la Antigüedad occidental. Para algunos, los frutos del secularismo son excelentes: la ciencia y el progreso técnico, la expansión de la democracia y de las libertades individuales. La pregunta que queda flotando es si para lograr esto había que rechazar la inspiración cristiana de la cultura, o “relegar la dimensión religiosa a la esfera privada”. Posiblemente no, pero aquí entramos en el campo de la ficción. Otro punto es si por ser estos logros hijos del secularismo son necesariamente malos. Yo creo que no, como tampoco lo fueron los frutos de la Antigüedad Clásica grecorromana, que los Padres de la Iglesia supieron sabiamente aprovechar. Pero aquí ya estoy adelantando mi solución.

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