Por Karen Cancinos, karencancinos@feylibertad.org

Como tradicionalmente en febrero se festeja el día del amor, vale la pena reflexionar sobre el vínculo que existe, si es que existe, entre la parafernalia alusiva a este mes y la misión del Instituto Fe y Libertad.

Permítanme presentar mi apreciación. Nuestra misión es impulsar el desarrollo humano promoviendo la libertad individual y los principios judeocristianos. Estos principios se compendian, precisamente, en el amor. Obviamente no estamos refiriéndonos al amor romántico, ni siquiera al filial o al fraterno, y no porque estos no sean sumamente importantes o deseables, sino porque el amor que subyace en el cristianismo –y los primeros cristianos fueron judíos– se refiere a la caridad. A la “caritas”, es decir, a procurar el bien del otro.

Ahora bien, caridad no debe confundirse con filantropía o con la actividad propia de las ONG. Es curioso cómo los términos se usan hoy como sinónimos, cuando en realidad fue la caridad cristiana la que desplazó a la filantropía pagana. En las sociedades precristianas, un filántropo (la etimología de la palabra significa “amor a la humanidad”) te ayudaba a cambio de que quedaras obligado hacia él de alguna manera. Muy parecido a lo que ocurre hoy con la “ayuda” internacional que condiciona a los gobiernos receptores, no siempre sutilmente, a seguir directrices y agendas del gobierno del país donante. Porque el que paga manda, ¿no?

Pero los nazarenos de hace dos milenios (el término cristiano no sería utilizado sino hasta tres siglos después) empezaron a ayudar a los demás, no solo a sus correligionarios, sin utilizar el criterio filantrópico de “te ayudo para en su momento obtener algo de ti”. Su motivación era totalmente diferente. Era caritativa, amorosa, en seguimiento del mandato de Jesús de amaos los unos a los otros como Yo os he amado.  

Así que los que recibían de cualquier ayuda material o espiritual ya no eran solo aquellos de quienes se podía conseguir algo a cambio de la misma: agradecimiento, lealtad o reciprocidad, sino todos. Incluso y especialmente aquellos que nada podían retribuir, es decir, los no nacidos, las viudas, los huérfanos, los esclavos, los muy ancianos o los muy enfermos, individuos perfectamente desechables en la mentalidad de aquellas sociedades paganas. Una mentalidad, infortunadamente, muy parecida a la que campea hoy en buena parte de las sociedades occidentales, y ante la cual el cristianismo, como entonces, enarbola una cultura completamente opuesta: la de la vida, es decir la del amor, que como hemos visto no es mera filantropía, y menos aún sentimentalismo santurrón.

De manera que, si el amor compendia los principios judeocristianos, y si junto a ellos promovemos la libertad individual, y si como tal libertad entendemos –así lo hacemos– esa facultad privativamente humana de elegir cursos de acción con basamento en racionalidad y sentido moral, entonces podemos afirmar que sí, que la misión del Instituto Fe y Libertad está totalmente vinculada con el amor. No con esa dulzona y agradable parafernalia de cupidos, enamoramientos, flores y chocolate que nos inunda estos días, sino con el amor cristiano, con la “caritas”, con ese colosal fundamento de nuestra civilización sin el cual ningún desarrollo humano es integral ni sostenible.

Así las cosas y por eso, ¡que viva el amor!

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