Por Carroll Rios de Rodríguez | crios@feylibertad.org

La corporación Disney tomó la riesgosa decisión de crear una continuación a un inigualable clásico de 1964. El Regreso de Mary Poppins (2018) protagoniza a Emily Blunt, la institutriz que vuelve para rescatar a los niños Jane y Michael Banks, ahora ya adultos, así como a los tres hijos del recién enviudado Michael. Disney utiliza la receta exitosa de décadas atrás; con fantasía y realismo, salvaguarda los mensajes a favor de la familia y del trabajo bien hecho.

La narrativa no defiende el libre mercado per se. Los banqueros y las personas adineradas son «algo malos», y las personas de clase media-baja «algo buenos». El trabajo y salario del señor Banks depende del capricho del empleador. Kate, ya adulta, es una activista sindical, dando a los obreros formas de hacer valer sus intereses por la vía política. A pesar de esta tendencia, Mary Poppins exige excelencia en todo lo que se hace, y exalta el trabajo bien hecho. Debemos divertirnos cumpliendo con nuestras tareas, así sea limpiar una chimenea u ordenar un cuarto.

El mensaje más relevante, sin embargo, es que debemos estar afectivamente disponibles para los demás. A veces no sabemos expresar amor. Al principio de la película original, el padre se ha tornado distante y autoritario. Quiere que la familia Banks luzca funcional hacia fuera, pero está totalmente desconectado de los sueños y las emociones de sus hijos y esposa. También está como desconectado de su propio corazón. La esposa, a su vez, invierte su tiempo en un estimulante movimiento sufragista, mientras en casa es calculadoramente deferente con su esposo. Y los niños, enojados y tristes, son rebeldes. Padres e hijos viven vidas paralelas. En la siguiente generación, Michael se distancia de sus tres hijos por las penas financieras y la tristeza de perder a su esposa. El barrilete se convierte en un símbolo de cercanía y distancia. Al principio de la película original, el señor Banks se rehúsa a reparar y volar el barrilete con sus hijos. Al final, la familia, unida otra vez por el cariño mutuo, sale junta a volarlo. El barrilete vuela hasta donde el aire está limpio, y eleva el espíritu. En la nueva película, el apesadumbrado Michael tira el viejo barrilete a la basura, como si ya no reconociera su valor simbólico, pero sus hijos lo encuentran. Y el barrilete trae a Mary Poppins desde el cielo.

Mary Poppins hace que los adultos se reconecten con el asombro, la belleza y el despreocupado gozo de la infancia, y recuperen el sentido de humor. Poppins es estricta y querendona. Los adultos debemos ser realistas, responsables, éticos, y productivos, pero no amargados o viciosos. No podemos dejar que las presiones de la «vida real» nos impidan disfrutar la vida. No debemos dejar enfriar los lazos familiares y de amistad, porque esto es lo que da sentido al día a día. Vendrán penas y tristezas—en 1910, 1930 o ahora—pero las sobrellevamos mejor con optimismo. Como canta Mary Poppins, una cucharada de azúcar nos ayuda a tragarnos la medicina.

Cuando atendemos las necesidades afectivas de los hijos, los padres también nos beneficiamos. Amarnos implica estar allí los unos para los otros. El ensimismado señor Banks ni siquiera logra ver cómo su impaciencia y exigencias deprime a su familia. Mary Poppins trae alegría a ambas generaciones de los Banks. Gracias al buen trato que reciben de su niñera, Michael y Jane se portan bien y el ambiente en la casa mejora. Los hijos de Michael aprenden que el amor que sienten por su madre fallecida no acaba. Mary Poppins les canta que existe un lugar para cosas perdidas: «Los recuerdos que has mudado/Desvanecidos por siempre, temiste/Aún están alrededor de ti/aunque han desaparecido/Nada realmente se ha ido/Ni se perdió sin rastro/Nada se va para siempre/Sólo está extraviado» (traducción propia).

Mary Poppins no idealiza la institución familia. Naturalmente, las personas nos podemos desesperar, disgustar y hasta hacer daño unos a otros. Pero en lugar de desintegrar el núcleo familiar, podemos luchar por repararlo. Hasta los niños pueden iniciar el proceso de reunificación. Y cada miembro puede levantarse de tropiezos y fracasos. Nuestra lucha implica caer, pedir perdón, recomenzar. El amor que nos brindan nuestros familiares es tanto aliciente como premio: ¡vale la pena amar!

Así como sana el amor familiar, sana el amor de Dios. Las películas de Disney no son religiosas. Se ha propuesto que Mary Poppins es una historia de inspiración bíblica, o bien exalta el humanismo secular o la magia negra. Sin embargo, Dios aparece entre líneas. En un obituario de The Independent dedicado a la creadora del personaje, la escritora australiana P.L. Travers (1899-1996), cuentan que ella afirmó que Mary Poppins había «bajado hacia mi para divertirme, quedándose lo suficiente como para que yo escribiera sobre ella». Travers creía que su pluma era un instrumento en manos de Dios. Travers no practicó el cristianismo al pie de la letra y exploró diferentes tradiciones religiosas, incluyendo el budismo zen. Pero en la última página de Mary Poppins Regresa, escribió “Gloria in Excelsis Deo”.  Era creyente a su manera. Y no es difícil imaginar que emanando del hogar de la Sagrada Familia, se escucharan risas y canciones, buen trato y sentido del humor.


Foto: LA Times

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