Por Carroll Rios de Rodríguez | crios@feylibertad.org

Originalmente publicado en ContraPoder

Un prestigioso equipo de docentes procedentes de la Universidad de George Mason, ubicada en Virginia, impartió un seminario sobre el Taller de Bloomington en Guatemala.

Durante la semana del 6 de agosto, catedráticos de la Universidad Francisco Marroquín pudimos conocer más a fondo los aportes de la pareja de esposos Ostrom, quienes cambiaron la forma de hacer ciencia: Vincent (1919-2012) y Elinor (1933-2012). No es exageración afirmar que este equipo, conformado por Roberta Herzberg, Paul Aligica y Jayme Lemke, es “heredero” del taller de los Ostrom. Los esposos fueron sus mentores. Los profesores visitantes nos transmitieron la importancia para Guatemala de incorporar esta metodología a la exploración de los problemas sociales que nos inquietan.

A pesar de que Elinor fue una politóloga por entrenamiento, es la única mujer que ha ganado el Premio Nobel en Economía. Lo recibió en el 2009 con su amplia sonrisa y admirable sencillez. Durante su carrera profesional demostró una profunda humildad. Esta virtud, y predisposición, moldea su forma de hacer ciencia. La pareja instaló un taller para el aprendizaje interdisciplinar. El taller, por definición, nivela a los investigadores: todos aportan al proyecto mediante sus preguntas, su curiosidad intelectual, su cuidadosa investigación bibliográfica, y los conocimientos dispersos que cada uno posee merced a sus diversas formaciones.  Con apertura de mente, las explicaciones teóricas son retadas y retroalimentadas por evidencias de todo tipo: filosófica, empírica, estadística, y más.

Tanto Vincent como Elinor hablan de ser artesanos frente a la ciencia social. Su mente interdisciplinar constituyó un arma de conciliación y encuentro.   Explicar la verdad, la realidad tal y como la percibían, era tanto su motivación como un imperativo.  De allí la centralidad para Bloomington del trabajo de campo: no se limitan a elucubraciones teóricas, quieren ver qué es lo que los sujetos estudiados realmente hacen.

Los Ostrom partían de la premisa que existe una “naturaleza humana”, objeto de estudio de las ciencias sociales, pero intuían que cada persona es única e irrepetible. Las personas aprendemos y nos adaptamos, podemos ser creativos o destructivos. Cómo reaccionamos en una situación depende en gran parte de las normas sociales y los marcos institucionales en vigor, así como de la cultura de confianza que forjamos con quienes interactuamos.

Por eso, la escuela de Bloomington se resiste a las generalizaciones tipo aplanadora, y a las soluciones panacea.  No se puede decir que la intervención gubernamental siempre va a ser la mejor forma de combatir la deforestación, por ejemplo.  Cuando sobre-simplificamos, perdemos de vista la capacidad de las personas de generar soluciones específicas dentro de su comunidad.  Cuando las normas sociales incentivan la confianza mutua y la reciprocidad, las personas colaboran efectivamente.  Y cuando los arreglos institucionales funcionan, intervenir hace daño.

Los Ostrom sugieren que es preferible pensar en órdenes policéntricos, es decir, distintos arreglos que coexisten unos con otros.

El taller que operaron los esposos Ostrom intentó cultivar un ambiente acogedor, para así fomentar la cooperación y la reciprocidad, pero al mismo tiempo cuidando el rigor intelectual.  El taller creció más de lo que los Ostrom imaginaron.  Una primera aproximación a la escuela de Bloomington en Guatemala podría ser a través del estudio de distintos arreglos institucionales para el manejo de bienes tenidos en común por ciertas comunidades, como por ejemplo bosques, ríos, o recursos ambientales que se administran comunitariamente.  Pero intuyo que la metodología da para muchos estudios más. Además, los hallazgos producto de aplicar esta herramienta arrojarán luz a la forma en que se diseña la política pública.

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