PLUMA JOVEN
Viernes 3 de febrero del 2017
Por Juan Pablo Villatoro | juanpa.vb@gmail.com

A propósito del Comunicado emitido por la Conferencia Episcopal de Guatemala – CEG –, el 20 de enero del año que recién inicia, es necesario destacar ciertos puntos. Previo a ello, es oportuno invitar a todos los laicos y personas de buena voluntad a que lean con detenimiento este mensaje que abarca los temas que, a criterio de los obispos de Guatemala, son de gran trascendencia para el país; entre los cuales se destacan el matrimonio, la familia, los migrantes y la evangelización.

Uno de los puntos tratados en la Asamblea Anual Ordinaria de la Conferencia Episcopal de Guatemala, reunida en la tercera semana de enero, fue la reflexión sobre la contribución que se debe brindar en la interpretación y orientación de la vida social y política nacional a la luz de la fe. Los obispos están conscientes que los tiempos han cambiado. Ahora vivimos en una cultura que se seculariza y globaliza pero, que aún persiste una constante ineludible: las personas siguen teniendo la necesidad de encontrar sentido para sus vidas, orientación para sus acciones y esperanza frente a cualquier situación adversa.

Los purpurados reconocen que la Verdad libera al hombre y, es esta verdad, la única respuesta consciente y cierta a la crisis que la humanidad afronta. Por tanto, es fundamental la promoción de la conciencia y de la responsabilidad para actuar en las realidades de este mundo según la vocación propia de cada uno en los diversos ámbitos sociales.

Como laicos, tenemos la misión de tomar conciencia que somos la presencia de la Iglesia en las realidades temporales. En consecuencia, es misión propia de los laicos y de toda persona de buena voluntad, lograr que la familia, el mundo del trabajo y sobre todo las realidades sociales como la política, la economía y la cultura, estén al servicio de las personas y del bien común. Es oportuno recalcar que la persona es un fin en sí mismo y no un medio para usos de otros individuos, como lo sustenta el filósofo, Immanuel Kant.

En uno de sus mensajes, San Juan Pablo II se expresaba de esta manera con respecto a la relación existente entre la fe y la razón: “La fe y la razón son como dos alas del espíritu humano con las cuales se eleva a la verdad.” La fe que, por una parte, mira hacia la vida eterna como meta; por otra, se proyecta en el compromiso ético en medio de las realidades de este mundo. En otras palabras, el camino al cielo se hace en la tierra; es inadmisible la dicotomía entre fe y vida.

Las estructuras, mecanismos y organizaciones políticas, económicas y sociales están constituidas por personas y para el bien de la sociedad. Es la calidad ética y moral de quienes las constituyen la garantía de que éstas cumplan con sus fines. La misma estructura política del Estado necesita para su recto funcionamiento, la cultura ética de los ciudadanos. Nótese en esta afirmación que no solo incluye a los funcionarios y servidores públicos, sino a todos los ciudadanos de un país, sin exclusión alguna. Para el fortalecimiento de la cultura ética ciudadana, la CEG apunta hacia la formación de ciudadanos que, con sentido moral, actúen en las realidades temporales y en las organizaciones políticas y económicas para que promuevan el bien común, partiendo siempre a la luz de la fe.

La Doctrina Social de la Iglesia sostiene que el bien común no consiste en la simple suma de los bienes particulares de cada sujeto de la sociedad. Siendo de todos y de cada uno, es y permanece común; porque es indivisible y solo juntos es posible alcanzarlo, acrecentarlo y custodiarlo, también en vistas del futuro. El bien común es un deber de todos los miembros de la sociedad; miembros íntegros, rectos, confiables, coherentes y honestos; cuyo compromiso sea consciente y libre, pues ordenan su pensar y actuar al bien de la naturaleza humana.

Para concluir, resuena una palabra que con frecuencia se concibe como un anhelo lejano y poco realista en el mundo actual: la esperanza. Dios es nuestra esperanza. Él nos motiva para actuar con responsabilidad, rectitud y honestidad dentro de nuestro propio ámbito de incidencia. Nuestra esperanza se debe cimentar en los valores fundamentales de la vida social: la libertad, la justicia y la verdad. La libertad, como expresión de la singularidad de cada persona humana, quien realiza su propia vocación personal; la justicia como la constante y firme voluntad de dar a Dios y al hombre lo que le es debido; y la verdad, cuyo efecto social, es la convivencia de los seres humanos dentro de una comunidad ordenada, fecunda y conforme a su dignidad de personas.

El Papa Francisco nos lo recordó en su Audiencia General del 6 de diciembre del año pasado: “La esperanza es no tener miedo de ver la realidad por aquello que es y aceptar las contradicciones.” La Conferencia Episcopal de Guatemala ha resaltado algunos de los problemas que aquejan a nuestra sociedad, pero no son los únicos que existen. Cada uno de nosotros debe tener la valentía de conocer su realidad e indagar en su verdad. Con esa adecuación entre el intelecto y la realidad, cada uno, en su libertad, decidirá su forma de obrar. Para creer y recorrer el camino de la esperanza es necesario saber ver con los ojos de la fe. Así que no tengas miedo a reflexionar en la realidad social que te rodea, que no te sea indiferente el sufrimiento de tantos y muchos hombres en el mundo. La esperanza no defrauda, la esperanza de un mundo mejor es tan real como tú quieras concebirlo.

  • (1) Conferencia Episcopal de Guatemala. Mensaje al pueblo de Dios en Guatemala: a los sacerdotes, consagrados y laicos. Guatemala. 2017.
  • (2) Pontificio Consejo Justicia y Paz. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. Librería Editrice Vaticana. Ciudad del Vaticano. 2004.

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