Por Carroll Rios de Rodríguez | crios@feylibertad.org

Originalmente publicado en ContraPoder

La palabra empresario evoca al Tío McPato, al Ebenezer Scrooge de Dickens, o al gordinflón de Monopoly. En realidad, desde el punto de vista económico, la distancia entre el emprendedor y el empresario es reducida. La actividad de emprender implica descubrir oportunidades que pocos han detectado, discernir la demanda no satisfecha de los consumidores. El emprendedor es innovador. Aprovecha recursos escasos y oportunidades; vende o comercializa aquello que produce. Según la Economipedia, «Por definición lingüística el empresario es aquel que posee o dirige una empresa, mientras que el emprendedor acomete un negocio con ideas innovadoras. No obstante, por la naturaleza de la actividad que desarrollan, la diferencia entre empresario y emprendedor a veces no es tan clara…»

El empresario, visto como alguien que tiene una empresa o un negocio, es un emprendedor, pues no podría mantener a flote a una empresa si no hubiese detectado una oportunidad de emprendimiento previamente. Y muchas veces, la gestión de una empresa requiere de un constante esfuerzo por mantenerse a la vanguardia, por prestar servicios de calidad, por satisfacer cada vez más la demanda del consumidor. Por otra parte, pasada la etapa inicial del proceso de innovación, un emprendedor inevitablemente para siendo empresario, porque le toca administrar aquella iniciativa que ha montado.

Tanto el emprendedor como el empresario buscan una ganancia. ¿Quién invertiría tiempo y recursos gerenciales, financieros y humanos, en una actividad destinada al fracaso?  Aun así, muchos emprendimientos quiebran. El empresario arriesga: puede leer correctamente el mercado, o equivocarse, y los costos de sus malas decisiones recaen directamente sobre sus hombros. Las ganancias no las tiene aseguradas. Para obtenerlas tiene  que servir bien a su clientela.

Ofrecer bienes y servicios en el mercado es, ni más ni menos, un servicio social. Mire a su alrededor: los objetos que lo rodean fueron ideados, producidos y comercializados por cientos de miles de personas que ni lo conocen a usted, pero que le brindaron un buen servicio.

Tanto el empresario como el emprendedor transforman los recursos naturales y les agregan valor. La riqueza no aparece de la nada; no crece en los árboles. Tampoco es un pastel que se rodaja y reparte. Es dinámica y crece en la medida en que las personas invierten, crean y trabajan.

Guatemala está inmersa en la «lucha contra la corrupción». Esta batalla ha retratado a los empresarios o a la actividad empresarial como los malos de la película. O por lo menos, como uno de los sectores protagónicos del «Pacto de Corruptos». Nada más dramático que ver a empresarios reconocidos pidiendo perdón por donar parte de sus ingresos (lícitos) para financiar el transporte a votantes, o para pagar viáticos a fiscales de mesa. ¡Cómo se deleitó la izquierda antimercado con esa escena!

En 1776, Adam Smith previó que si se juntan los empresarios con los políticos a puerta cerrada, podrían negociar carteles, proteccionismos, búsqueda de rentas, privilegios y monopolios artificiales. Se inventan el «capitalismo de amiguetes», o el «mercantilismo». El poder político puesto al servicio de intereses particulares limita la competencia de mercado.  Guatemaltecos: necesitamos de los emprendedores, de los empresarios y de la libertad. Pongamos nuestro empeño en limitar los poderes en manos de funcionarios públicos, a fin de ir transformando el sistema mercantilista en un sistema de libre mercado.

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