Por Moris Polanco | mpolanco@feylibertad.org

Editor de la revista Fe y Libertad

El anciano cardenal Zen Zkium, obispo emérito de Hong Kong, ha dicho en su blog, el 5 de febrero de 2018, que «Los hermanos y las hermanas del continente chino no tienen miedo de ser reducidos a la pobreza, de ser encarcelados, de derramar su sangre; su mayor sufrimiento es verse traicionados por los “familiares”». Y tiene razón.

Pongámonos por el momento en el lugar de estos obispos, sacerdotes y laicos que han sido fieles a la Iglesia católica romana. Desde el triunfo del marxsimo-maoísmo en China, han sido perseguidos y martirizados por ser fieles a la religión católica. Se les pedía lealtad al partido comunista. Pero ¿cómo puede un católico jurar lealtad a un partido y un gobierno ateos? Los que juraron lealtad al partido y formaron la llamada iglesia patriótica no eran católicos: eran apóstatas, incluyendo obispos y sacerdotes. No se puede ser católico y comunista.

El 22 de septiembre la Santa Sede firmó un acuerdo con la República Popular China «que supone el reconocimiento por parte del Vaticano de los Obispos nombrados por las autoridades comunistas» (Aciprensa). ¿Qué necesidad había de firmar ese acuerdo? El Director de la Sala de Prensa del Varicano, Greg Burke, ha dicho que «el objetivo del acuerdo no es político, sino pastoral, permitiendo a los fieles tener Obispos que estén en comunión con Roma y, al mismo tiempo, que sean reconocidos por las autoridades chinas» (Aciprensa). ¿Significa eso que los obispos que habían sido nombrados por el gobierno ya no son fieles al régimen? Esos obispos, ¿son comunistas o son católicos?

Por otra parte, ¿es que los diplomáticos del Vaticano desconocen el punto número 20 del decreto sobre el ministerio pastoral de los obispos Christum Dominus, del Concilio Vaticano II? Este taxativamente dice

Puesto que el ministerio de los Obispos fue instituido por Cristo Señor y se ordena a un fin espiritual y  sobrenatural, el sagrado Concilio Ecuménico declara que el derecho de nombrar y crear a los Obispos es propio, peculiar y de por sí exclusivo de la autoridad competente.

Por lo cual, para defender como conviene la libertad de la Iglesia y para promover mejor y más  expeditamente el bien de los fieles, desea el sagrado Concilio que en lo sucesivo no se conceda más a las autoridades civiles ni derechos, ni privilegios de elección, nombramiento, presentación o designación para el  ministerio episcopal; y a las autoridades civiles cuya dócil voluntad para con la Iglesia reconoce agradecido y  aprecia este Concilio, se les ruega con toda delicadeza que se dignen renunciar por su propia voluntad, efectuados los convenientes tratados con la Sede Apostólica, a los derechos o privilegios referidos, de que disfrutan actualmente por convenio o por costumbre.

Y sobre esto, ¿qué dice el papa? En un mensaje dirigido a los católicos chinos y a la Iglesia universal, el 26 de septiembre, Francisco expresa su «sincera admiración […] por el don de [su] fidelidad», a la vez que pide a los católicos fieles «caminar juntos»; esto es, confraternizar con quienes se consideran católicos, pero han jurado lealtad al partido y al gobierno.

El papa quiere la unidad de los católicos en China. Pero esa carta está dirigida a los católicos de la clandestinidad, a los que han conservado la fe y le han sido fieles. Aparentemente, les pide que perdonen a los católicos de la iglesia patriótica y que perdonen a su gobierno. Todo, «Con el fin de sostener e impulsar el anuncio del Evangelio en China y de restablecer la plena y visible unidad en la Iglesia». Me pregunto: ¿es que los «católicos patriotas» están buscando la unidad? ¿Van, acaso, a jurar fidelidad a la Iglesia? ¿Por qué el papa no se dirige más bien a estos «católicos» y les pide que vuelvan a la fe y que salgan en defensa de sus hermanos perseguidos?

El papa dice que el fenómeno de la clandestinidad «no es normal en la vida de la Iglesia». Pero ¿acaso la iglesia no nació en las catacumbas y se mantuvo en la clandestinidad por más de trescientos años? ¿Acaso no han dicho los últimos papas que hay muchos más mártires hoy que en los siglos pasados? ¿Debemos, acaso, transigir en la fe para no vivir en la clandestinidad? ¿Qué sentido tiene, entonces, el martirio?

Francisco dice haber «experimentado gran consuelo al constatar el sincero deseo de los católicos chinos de vivir su fe en plena comunión con la Iglesia universal y con el Sucesor de Pedro». ¿Y qué habrá experimentado al escuchar decir a esos mismos «católicos» lo siguiente: «seguiremos el camino de adaptación a la sociedad socialista» (diario El País)? ¿O es que el papa considera legítimo que un católico busque adaptar su fe al camino del socialismo?

En la película Silencio, de Martin Scorsese, un jesuita joven decide apostatar públicamente para salvar la vida de un grupo de católicos japoneses. ¿Qué ejemplo dio a sus hermanos? ¿Qué puedo renunciar a mi fe para salvar mi vida terrenal? Ese parece ser el mensaje que ahora se transmite a los católicos chinos: salven su vida, cedan en su fe. Con otras palabras: «¡ríndanse!».

El sufrimiento del cardenal Zen en comprensible. No es de extrañar que se sienta traicionado y que piense que el Vaticano está vendiendo la Iglesia católica en China. Dios quiera que ese «acuerdo provisional» no dure.

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