Por Carroll Rios de Rodríguez | crios@feylibertad.org

Enviado para publicación en ContraPoder.

¿Ha sentido alguna vez que ciertos temas lo persiguen? El tema del perdón y la reconciliación nacional se me aparecen por todas partes en estos días.

 La reconciliación nacional y el perdón se mencionan en clase, en Facebook, en películas y más, convenciéndome de la necesidad de contemplar este antídoto a la conflictividad.

Navegaba por Facebook cuando el testimonio de la periodista española Irene Villa empezó a sonar. Es uno de esos vídeos producidos por BBVA, Aprendemos Juntos. “En el año 91, cuando yo tenía doce años, había una banda terrorista que ponía bombas. Aquel día decidieron masacrar Madrid…” Con ese preámbulo me enganchó Villa. Y con su elegancia y entereza. La bomba hizo estallar su carro. Madre e hija sobrevivieron el atentado de la ETA, pero ella perdió dos piernas y tres dedos de la mano, y su madre perdió un brazo y una pierna. Villa narra cómo su madre le dijo: “Hija, esto es lo que tenemos, y con esto vamos a vivir el resto de nuestras vidas.” La madre le aconsejó desterrar de su corazón el resentimiento, la amargura y el odio. “El perdón es la base de tener una vida plena y feliz,” prosigue la periodista, “yo no perdono por ellos (los terroristas)…yo perdono por mi paz interior.” Irene aboga por cortar el hilo invisible que nos une a quienes nos dañan: al perdonar, nos liberamos.  Bien decía el psiquiatra y sobreviviente de los campos de concentración nazis, Viktor Frankl, que “nuestra más grande libertad es la libertad de escoger nuestra actitud.”

Justo ese día habíamos leído un capítulo sobre la ética de la reconciliación en clase. Le pasé a mis alumnos el testimonio de otra valientísima mujer,  Immaculée Ilibagiza, quien milagrosamente sobrevivió la cruenta guerra civil de Ruanda (1990-93). Murió su familia entera, y aproximadamente un millón de Tutsis, asesinados con machetes, flechas, implementos agrarios y más por los Hutus. Un día, Immaculée comprendió que odiar a los asesinos Hutus la dañaba a ella.  “No hay que dejar que el odio crezca o supure, ” aconseja Ilibagiza. Ella visitó al asesino de su madre y su hermano en la cárcel y lo perdonó. Escribió un libro y da charlas por todo el mundo. El plan de justicia y reconciliación de Ruanda asigna un peso grande al ejercicio del perdón. Fomenta los encuentros entre victimario y víctima, donde los primeros piden perdón y lo reciben. Cada micro acuerdo de paz se sella con bailes, comida  y regalos. Quizás sea por este nuevo clima de confianza que la economía ruandesa crece aceleradamente.

Mis alumnos mencionaron la Iniciativa 5375, la cual propone aprobar el “día nacional del arrepentimiento, el perdón y reconciliación para la paz”. La iniciativa fue presentada por Juan Manuel Díaz-Durán, Juan José Porras y María Eugenia Tabush, y calzada con las firmas de varios otros diputados. El pleno la conoció el 25 de enero de este año.  La iniciativa cita los casos de Uganda, Sudáfrica, Australia y Bulgaria como antecedentes. La propuesta concreta es que cada 21 de septiembre el presidente de la república, quien representa la unidad nacional, diga unas palabras pidiendo perdón, “porque… la reconciliación de Guatemala contribuirá a restaurar el tejido social…”. Además, se realizarán actos conmemorativos en las escuelas ese día.

Aprobar la Iniciativa 5375 sería intranscendente si se queda en mero gesto político. El tejido social sólo se restaurará si dejamos de predicar el odio y el revanchismo. Hundir al enemigo enjuiciándolo, o hacer justicia a secas, inflama el resentimiento y el odio y nos aleja de un clima de confianza mutua. Una vez restaurada la confianza mutua, tenemos que ver hacia delante, no hacia atrás. El florecimiento humano requiere del otro un respeto pleno a mi vida, libertad y propiedad.  Requiere de un Estado de Derecho y de una seguridad institucional tal que la persona decida innovar, crear, y soñar.

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