Por Carmen Camey | carmencameym@gmail.com

Hace algunas semanas terminó la cumbre del Vaticano contra los abusos sexuales. Como católica, no puedo sentir más que profundo dolor y vergüenza ante los sufrimientos de las víctimas. Me dan ganas de decirles a todos que esto no es así, que no es así como la Iglesia quiere ser, que nos den otra oportunidad. Pero también sé que las segundas oportunidades hay que ganárselas y por eso veo este momento, donde por fin las cosas parecen hablarse en claro y sin escrúpulos, como una oportunidad de crecimiento para la Iglesia católica y para todos sus fieles.  

Para esto, lo primero es dimensionar e identificar el problema. Sabemos que estamos viviendo una crisis social, esto no ocurre solo con los sacerdotes sino casi en todos los lugares en los que los adultos han podido estar en contacto con los niños sin supervisión: otras denominaciones religiosas, escuelas, entrenadores deportivos, campamentos, etc. Para la Iglesia ha sido un problema grave, pero no lo es solamente en ella. Es un problema más amplio y, lamentablemente, más difícil de solucionar.

Para muchas personas la respuesta es sencilla: los sacerdotes han abusado sexualmente de otros porque se les obliga a vivir un celibato que, de alguna manera, reprime sus instintos sexuales hasta que explotan. Esta visión tiene, desde mi punto de vista, el defecto de culpar al estado y no a la persona. El decir que los sacerdotes han cometido estos abusos porque son célibes los exculpa y traslada la culpabilidad al estado en el que viven, como si no hubieran tenido la libertad de actuar de otra manera, como si en el momento en el que decidieron ser célibes estuvieran en «peligro» de explotar tarde o temprano. Esto no tiene sentido. Cada una de estas personas ha tenido la libertad de tomar sus decisiones y, aun en las circunstancias más adversas, podrían haber elegido otra cosa.

El celibato es un estado, una vocación como el matrimonio y, como el matrimonio, conlleva sus dificultades propias. Sin embargo, tanto a unos como a otros la doctrina cristiana les exige vivir la castidad, cosa esforzada en ambos estados. Por eso me parece que el problema no es el celibato, sino el celibato mal vivido, como el matrimonio mal vivido puede llevar también a oscuras consecuencias. El matrimonio no «cura» los instintos desviados, es una vocación que también exige lucha y fidelidad.

Enfocarnos en un estado o circunstancia tal como que los sacerdotes son célibes, es desviar el problema. El problema es la acción, el desprecio que tiene nuestro tiempo por la virtud de la castidad, la visión negativa de la sexualidad ordenada que está hoy generalizada. Para un católico, el celibato es un don, no una contención innatural de los instintos, es una entrega positiva para el reino de Dios. ¿Requiere esfuerzo? Sí, como el matrimonio. Pero así como el matrimonio puede ser una preciosa historia de amor, el celibato también puede serlo: una aventura completa, llena de alegría y fidelidad. Por eso, la solución a este problema es complicada, aunque esperanzadora. El problema no es que los sacerdotes sean célibes, sino que fueron infieles.

Está en el corazón de cada uno de los hombres vivir bien la castidad. Las normas, los cambios en los seminarios, los castigos y las penas endurecidas ayudarán y son absolutamente necesarios y urgentes, pero en el fondo, solo cuando la Iglesia logre transmitir a sus fieles la alegría de la virtud, de la vocación y de la entrega tendremos un nuevo clero. Solo cuando los sacerdotes quieran cumplir sus promesas por amor y fidelidad a Cristo, superaremos esta crisis tan dolorosa.


Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad exclusiva del autor.  El Instituto Fe y Libertad abre este espacio para dialogar e impulsar el florecimiento humano promoviendo la libertad individual y los principios judeocristianos.

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