Por Moris Polanco | mpolanco@feylibertad.org

¿Cómo hace un católico para ser fiel y obediente al papa y a la doctrina y a la vez ser libre para pensar lo que quiera?

Antes de responder a esta pregunta hace falta hacer unas cuantas aclaraciones. Sí, un católico le debe fidelidad, amor y obediencia al papa, sea quien sea. Porque es su padre espiritual. Pero nuestro padre espiritual también se puede equivocar, también puede cometer errores. Y en ese caso, debemos obedecer a Dios y a nuestra conciencia antes que a él. Uno nunca puede actuar en contra de su propia conciencia bien formada, eso está claro.

Afortunadamente, en la Iglesia católica distinguimos entre lo que es materia de fe y lo que es opinable. El papa y el Magisterio pueden indicarme qué debo creer y profesar si me quiero llamar católico romano. Pero ese es un mínimo. Los dogmas se cuentan con los dedos de las manos, y sobran: la Santísima Trinidad, la Encarnación, muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, su presencia real en la Eucaristía, la Inmaculada concepción de María, la divinidad de los sacramentos, la infalibilidad del papa en materia de fe y de costumbres… y pare de contar. En todo lo demás, los católicos podemos pensar y creer en lo que queramos —menos en el marxismo y demás ideologías ateas, claro está—. Podemos ser socialistas o liberales, naturalistas o platónicos, pacifistas o promilitaristas. No nos dicta la Iglesia qué debemos creer en materia teológica, ni filosófica, ni política, ni económica. Esa es la riqueza de la Iglesia católica: la enorme variedad en la misma unidad (unidad que da la comunión de los santos).

Pero, ¿puede un católico pensar lo que quiera? ¿Puede leer a Nietzsche, a Marx, a Freud y a Marcuse, al Ché y a Mao? Por supuesto que puede. ¿Y si esas lecturas hacen tambalear su fe? Pues puede cambiar todo su sistema de creencias, si su conciencia así se lo demanda. Pero, normalmente, lo que sucede es que los católicos (y los cristianos, y los musulmanes, y los masones) tratan de ser coherentes, y eso de estar cambiando de fundamento es tremendamente… costoso. Yo no cambio de religión como me cambio de calcetines, a pesar de que tengo la libertad de hacerlo. ¿Por qué? ¡Porque tendría que cambiar de vida! Lo que cualquier persona no puede aguantar es llevar una doble o triple vida. No ser coherente.

¿Conformismo? ¿Comodidad? Una persona madura o ya mayorcita no tiene tiempo para andar experimentando con nuevas creencias, a no ser que tenga una crisis muy fuerte en su vida. Pero incluso en este último caso, uno trata de encontrar sentido a la crisis dentro de sus sistema de creencias. Pero cambiar de cabeza, de forma de pensar, es muy radical. Además, quienes confiamos en nuestras creencias, en el fondo tenemos una visión un tanto humilde de la verdad: sabemos que no tiene sentido buscar «el fundamento de todos los fundamentos», «la verdad última desde donde todo se explica», «el lenguaje pretendido por la naturaleza», porque ¡solo lo conoceremos en la otra vida! Aquí, lo más que podemos hacernos es un refugio, desde donde ver e interpretar la vida. Decía Wittgenstein:

«Trabajar en filosofía —como trabajar en arquitectura en muchos sentidos— es como trabajar en uno mismo, en la propia interpretación, en la propia forma de ver las cosas (y en lo que uno espera de ellas)».

De manera que ni conformismo ni comodidad, sin el trabajo de ser coherentes, de vivir lo que pensamos y de pensar lo que vivimos.

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