Por Carroll Rios de Rodríguez

Enviado para publicación en ContraPoder

Uno de los malentendidos más relevantes en la sociedad moderna es que las personas de fe son anti-científicas, y que las personas de ciencia deben renunciar a cualquier tipo de creencia sobrenatural.

De allí la relevancia del segundo tomo de la revista académica Fe y Libertad, dedicado a explorar la relación entre ciencia, razón y fe. Señala el editor del tomo, el filósofo Moris Polanco, que buscamos participar de un diálogo permanente en el campo científico, visiblemente dominado por ateos. Los autores publicados en este volumen tienen en común que son creyentes, pues para ellos es importante conciliar su religión con el conocimiento científico. Abordan preguntas diversas. Además, sus profesiones son distintas y provienen de países diferentes en América Latina, Europa y Norte América. Por ejemplo, el premio Nobel en economía, Vernon Smith, pretende mostrar cómo la ciencia nos provee una evidencia indirecta de lo que no podemos ver, en tanto Jesús Huerta de Soto explora la posibilidad de que Dios sea “libertario”. Gabriel Zanotti propone que hoy el debate no es entre la ciencia y la fe, sino ético: tiene que ver con los “límites morales ante sus posibilidades técnicas”. Gonzalo Chamorro aboga por una actitud cristiana estudiada y racional, en contraposición a una práctica piadosa sentimental, mientras Carmen Camey argumenta que “el conocimiento científico-positivo no es el único conocimiento racional posible.”

Una lectura cuidadosa de la revista convence al lector de la capacidad intelectual de los autores. Como explica César Nombela, las personas tenemos sed de conocer la verdad. Y la ciencia y la religión son dos vías para acceder a ella. Quienes creen en Dios no desconectan su cerebro ni eligen suspender su propensión a pensar lógicamente: son perfectamente competentes para aprehender conocimiento y hacer ciencia.

Algunos ateos se hacen una caricatura de Dios y sus criaturas. Él es poco más que un mito fabricado por el hombre para darle una explicación a fenómenos naturales; en la medida en que el hombre encuentra explicaciones científicas a cuestiones como el clima y los terremotos, Dios debería ir desvaneciéndose de nuestras vidas, conforme nos transformamos cada vez más en seres seculares y, presumiblemente, racionales. Sin embargo, un cristiano puede perfectamente aceptar teorías científicas, incluyendo la teoría del big bang y de la evolución de las especies, sin renunciar a su fe.  Puede hacer caber las dos cosas en su cabeza. El saber científico no reduce las cualidades misteriosas o divinas de nuestro entorno, señala Vernon Smith. Con Einstein, Vernon Smith acota que “es la teoría la que primero determina aquello que puede ser observado”. “La religión no intenta suplantar a la ciencia,” explica Nicolás Jouve de la Barreda, “simplemente trata de dar una explicación a la causa primera de todo.” Lo que es más, es posible hablar de una ciencia de la religión, es decir, de una exploración sistemática y racional de la existencia de Dios y de lo que conlleva ser creyente.

En nuestra era, ha hecho daño la filosofía del cientificismo, el cual consiste en creer que la ciencia es el único vehículo para adquirir conocimiento. Así, se exalta soberbiamente la ciencia, y se intenta distanciarla de lo que se cataloga como pseudo-ciencia, así como de cualquier tipo de investigación que no se ajuste al método científico.  Enrique Moros aclara que la ciencia se practica dentro de un contexto social, dentro de un marco filosófico y cultural. La valoración social del conocer científico depende del sentir cultural del momento, y no viceversa. Y la ciencia positiva no proporciona criterios de la verdad y la coherencia que son necesarios para un diálogo abierto, agrega Moros.

La revista es un punto de partida para un diálogo en Guatemala sobre religión, razón y ciencia. Puede leerla en el sitio del Instituto Fe y Libertad.

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